Crónica: Damas Grises llevan 50 años aliviando el dolor humano

Crónica: Damas Grises llevan 50 años aliviando el dolor humano

Octubre 06, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera | El País
Crónica: Damas Grises llevan 50 años aliviando el dolor humano

Fabiola Pineda de Villegas, ex presidenta nacional y actual presidenta seccional, lleva 37 años de voluntariado con las Damas Grises de la Cruz Roja.

Ni el ingreso de la mujer al mercado laboral ni los avances en atención en desastres acabaron el voluntariado como pasó en otros confines.

La explosión de camiones llenos de explosivos en la Estación del Ferrocarril del 7 de agosto de 1956 había traspasado fronteras. Un avión Hércules venía de Estados Unidos con ayudas y las señoras que iban a colaborar en logística carecían de un distintivo que las identificara como voluntarias de la Cruz Roja. Solo alcanzaron a comprar delantales blancos de empleadas del servicio y a ponerse una pañoleta con una cruz roja en la frente.Seis años después, Clara Restrepo de Delgado cristalizó la idea: 27 caleñas se consagraron el 13 de julio de 1962 como Damas Grises de la Cruz Roja unidas por una misión: aliviar el dolor humano. Por lo que trabajo no les ha faltado en los últimos 50 años a las ‘torcacitas’ como les llamó una niña alguna vez al verlas de impecable uniforme gris, delantales y togas blancas y una maletica roja, al estilo de las ‘Gray Ladies’ de los Estados Unidos.Hoy, orgullosamente Colombia es el único país donde aún existen Damas Grises. Ni el ingreso de la mujer al mercado laboral ni los avances en atención en desastres acabaron el voluntariado como pasó en otros confines. En un país de necesidades, ellas han reinventado sus funciones y hoy 2.350 damas grises hacen presencia en 27 de los 32 departamentos.Esas y muchas historias se agolpan en la mente de Gloria Rengifo de Uribe, una de esas 27 fundadoras de las Damas Grises en Cali. Ella viajó desde Medellín para conmemorar las bodas de oro del voluntariado con más de 200 colegas de todo el país.Tenía 15 años y estudiaba en el Liceo Benalcázar cuando su amiga, Nora Valli, que se iba a casar, le pidió reemplazarla en la secretaría del Comité de la Cruz Roja. Con la venia de sus padres y sin saber redactar un acta, aceptó. Y ese 7 de agosto descubrió cuál era su misión en la vida.“Luego de la explosión vi hasta brazos colgando en las cuerdas de la luz. A los tres días, con el padre Hurtado Galvis, nos teníamos que tapar la nariz con un kotex –aún no existían tapabocas–. No estábamos preparados para una tragedia así y allí surgió la necesidad de organizarnos y capacitarnos”, dice Gloria, la única que no lleva 50 sino 61 años de trabajo voluntario.“Me casé primero con la Cruz Roja que con mi esposo, Carlos Uribe Arteaga”, dice risueña mientras sus ojos azules brillan de alegría. Luego de atender inundaciones en San Judas, incluso embarazada, y tener sus tres hijos en Cali, su esposo se trasladó en 1967 a Medellín. Allá, alguien le preguntó si estaba contenta. - Feliz, pero tengo un vacío. Me falta el trabajo social, dijo.“Como Dios hace caminos rectos con palitos torcidos”, dice ella, su interlocutor era un ejecutivo de la Cruz Roja en Medellín, que la invitó a una reunión de la entidad. Y así Gloria terminó fundando las Damas Grises de la seccional paisa, modelo que se fue replicando en todo el país. Hasta en Leticia, Amazonas, hoy hay Damas Grises y con voluntarias de Tabatinga, Brasil, que cantan el himno en portugués. En Riohacha lucen su uniforme largo, cual manta guajira, con sus collares y hablan wayú. Y en Timbiquí, Cauca, les brillan sus ojos y su sonrisa blanquísima en medio de su piel negrísima.Bien las conoce la presidenta seccional Valle Fabiola Pineda de Villegas, que, como presidenta nacional, recorría el país “para verificar ‘in situ’ que el voluntariado sí funciona”. Lo dice en su oficina rodeada de su colección de réplicas de damas grises en miniatura que le regalaban: trigueñas, rubias, crespas, lisas, articulada, con gafas, con overol azul y botas de rescatista, una Mafalda y hasta una dama ‘cuy’ que por supuesto, le obsequiaron en Pasto.Ella y su antecesora, Alicia Lourido de Iglesias, así como Bolivia Roca de Edery, Lucy Plaza de Borrero, Olga Lucía Garcés de Franco y muchas más de las 519 que han pasado por el voluntariado en 50 años y las 120 que tiene la seccional Cali hoy, hablan el mismo idioma: terremotos de Popayán y Armenia, avalanchas de Páez y Armero, inundaciones en Aguablanca y San Judas; siniestros como el de American Airlines, han marcado sus vidas, sus días, sus horas: a ellas ‘les pagan’ en horas de servicio y esa cifra brilla en un botón del delantal. Este trabajo de campo les apasiona y les duele no poder hacerlo como les ocurrió en El Calvario en 2010. Un día iban a hacer su tarea de resocialización, hubo un tiroteo por un atraco. Una bala cruzó el vidrio trasero del taxi donde iban cuatro damas grises, pasó por en medio de dos de ellas y se incrustó en el timón. “Nunca más nos dieron permiso para ir”, dice Lucy. La consuela coordinar el proceso de readaptación a la sociedad de los internos e internas de la cárcel de Jamundí que están próximos a salir del penal. Su labor es prepararlos y darles la voz de aliento para que pierdan el temor al rechazo social y a no poder conseguir trabajo. “Ser Dama Gris nos da otra dimensión humana. Es encontrarse uno y el verdadero valor de las cosas”, reflexiona Fabiola al evocar una anciana que subió con perro y loro al techo de su rancho cercado por el agua dispuesta a no abandonarlo. Versadas en guardar la calma al apoyar a víctimas, pacientes, damnificados, se enfrentan a su propio dolor. Como aquel noviembre de 1985, cuando todas las Damas Grises del país habían llegado al Hotel Intercontinental de Cali para un encuentro nacional que jamás fue: el país se levantó con la noticia de la avalancha de Armero. Alicia Lourido de Iglesias, voluntaria y ex presidenta seccional de las Damas Grises, quien en 48 de estos 50 años ha visto el dolor con distinto rostro, no olvidará nunca la expresión de su colega de Armero al oír la noticia que la hizo presentir lo peor: la avalancha se llevó a su esposo, sus dos hijos pequeños y su mamá. “El impacto fue horrible. La acompañamos y allí donde el mundo vio morir a Omaira, ella halló el espaldar de la cama de su niña”, recuerda aún estremecida. Fue una tragedia sumada a otra tragedia.Un día no halló consuelo para una madre que perdió sus dos hijos en el río Cauca: “Fue tan traumático, que al otro día dije: ‘No vuelvo, no vuelvo’”. Pero ganó el amor y la entrega a los demás. “Es doloroso, nuestro actuar debe ser tranquilo, pausado al reconfortar a las víctimas, mal haríamos en portarnos como ellas así quedemos igual a ellas”, dice Lucy. Solo cuando llegan a casa es que se sienten derrumbar y a veces requieren apoyo psicológico y emocional para continuar. Gloria lo vivió en noviembre de 1996. Escuchó que una avioneta de Aces se había estrellado en Belén de Aguasfrías, (Ant.) y recordó que allí iban su hijo Carlos Alberto y su esposa. Él le ayudaba los viernes a cargar los viejitos del Ancianato Hogar del Desvalido de Medellín, a subirlos al carro y llevarlos al médico, a terapia, a paseo, a ver el alumbrado en diciembre, en fin.Con su otro hijo, una amiga y un trabajador, condujo el carro y luego subió a pie dos horas al cerro: halló sólo un pantalón. “Después me lo entregaron en una bolsa negra”, dice. ¿Cómo soportó este golpe bajo? Con Él, Él me da la fortaleza para eso y mucho más”, dice señalando con el dedo índice hacia el cielo.Es una vocación de servicio que les cambia la mirada de la vida: “La prioridad es cómo ayudar a los demás”, dice Fabiola. “Es dejar huella en la vida y no que la vida deje huella en uno”, dice Gloria. Así le cambió la vida a Alicia. Cuando su amiga y fundadora, Clara de Delgado, la invitó a sumarse a la causa, ella le dijo: “Yo hago el curso, pero con una condición: no me comprometo a quedarme”. Pero conoció los postulados cruzrojis- tas y se enamoró. Su esposo, Ramiro Iglesias, se puso celoso: cómo era posible que pasara todo el día allá. Hasta que lo puso a decidir: “Me voy a jugar cartas o a ayudar a la gente necesitada”. Él prefirió el voluntariado y hasta terminó en la junta directiva de la institución por varios años.¿Qué hacen ellas cuando no hay desastres? Se enfrentan a la tragedia diaria de los que nada tienen. Hace 50 años su programa bandera era Gota de Leche, para dar alimento a los niños de los barrios marginales, incluidos los de la guardería de la institución para los del barrio La Isla.Hoy van de barrio en barrio (han ido a 500) con su programa bandera Educación Comunitaria, recién certificado en calidad por Bureau Veritas. En él capacitan a las mujeres de comunidades vulnerables para que generen ingresos. “Ya no damos el pescado, enseñamos a pescar”, dicen ellas.En Cali hay 120 almas de gris y blanco, 40 captan sangre para el Hemocentro, otras reciben las víctimas del conflicto y de las minas antipersonas, otras alientan niños, ancianos o pacientes de diálisis o de VIH. “Nuestro trabajo no es visible, es profesional, pero callado, no trabajamos para mostrarnos, lo hacemos con la humildad de la violeta”, dice Fabiola. Gloria hasta olvidó llevar la cuenta de las horas. “Lo importante no es dar, sino darse uno; es su compromiso, su tiempo, su vida”, frase que le brota del corazón antes del acto de reconocimiento de estos 50 años en el que afloraron la gratitud, la admiración y el deseo de que el voluntariado perdure al menos 50 años más.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad