Crónica: Aracataca, el pueblo de García Márquez se estanca en el tiempo

Crónica: Aracataca, el pueblo de García Márquez se estanca en el tiempo

Diciembre 10, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros * Periodista de GACETA
Crónica: Aracataca, el pueblo de García Márquez se estanca en el tiempo

El Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez y su esposa, Mercedes Barcha, tras su llegada en un tren a Aracataca, Miércoles, 30 de mayo 2007, en su primera visita en 25 años a su ciudad natal.

Suena macondiano, pero es verdad: en la cuna del Nobel colombiano parece más fácil ganar una de las 32 guerras que perdió el coronel Aureliano Buendía que dar con el paradero de un libro de García Márquez.

Miguel Daconte le extiende, orgulloso, un ejemplar de ‘Cien años de soledad’ a una periodista española. El hombre, vestido de chanclas, camisa y pantalón claros, asegura que el libro está autografiado por “el mismísimo Gabito” y que fue una de esas ediciones que en 1967 imprimió editorial Suramericana. Lo que promete, cómo no, es oro en polvo: la primera edición de la novela cardinal del escritor colombiano. Los ojos de la joven reportera —que hasta hace poco parpadeaban de entusiasmo casi infantil— pronto comprendieron de qué se trataba todo: lo que sostenían las manos de tronco viejo de Miguel Daconte no eran otra cosa que un librito en pleno otoño, con las hojas a punto de desprenderse, con el lomo en ruinas y una impresión tan precaria y borrosa que nadie, por más realismo mágico que invocara, confundiría con un libro honrado. —Ah, sí, doña, el libro es pirata, pero léalo con toda confianza, ahí están las mariposas amarillas, la señora Úrsula, la bella Remedios, Melquiades y ‘Aurelio’ Buendía. ¡Esos cien años están completicos!..La escena ocurre, bajo la canícula dorada y aplastante del medio día, en el parque principal de Aracataca. En Macondo, como repetía a cada rato, jubilosa, la periodista europea. En Cataca, corregiría García Márquez si fuera niño otra vez. Mejor así: en el pueblo del Caribe en el que nació, hace 86 años, el único Nobel que ha tenido este país. Ese sitio en el que, sin embargo, es más fácil ganar una de las 32 guerras que perdió el coronel Aureliano Buendía que dar con el paradero de un libro escrito por el hijo del telegrafista. Lo admite con tristeza el profesor Simón Javier Bolívar, que transforma sin querer su desilusión de maestro en metáfora: allí donde trabaja, en ese colegio que lleva el nombre del hijo más letrado del pueblo, sus alumnos obtuvieron las más bajas calificaciones de las pruebas de Estado en el 2011. Es que la gran mayoría de esos muchachos bosteza ante la sola idea de enfrentarse a puño limpio con una novela de 400 páginas. De eso se queja el profe. Y cuenta más: varios de esos chicos, hace poco, le lanzaron piedras a una valla en la que el rostro de Gabo saludaba desde una esquina de Aracataca. Así que esta es la hora en que Simón, el maestro, se pregunta si aquello fue mera “travesura de pelaos” o la ‘prueba científica’ de que en la cuna del Nobel pocos en realidad saben que hay estirpes condenadas a la soledad de un siglo, que los patriarcas se consumen en sus otoños, que los coroneles pueden morir de viejos esperando cartas que no llegan, que las muertes ocurren después de anunciarse y que a veces el cólera da cobijo al amor.Es una verdad que a su manera repite la ‘seño’ Zulema Andrade, mientras transforma los guineos que penden de su cocina en ‘cayeye’, una de las delicias típicas de este pueblo del Magdalena, ubicado a una hora de Santa Marta y que —junto a Ciénaga, Fundación, Pueblo Viejo, Pivijay y Sitionuevo— hace parte de lo que Colombia, por cuenta de la sangre que corrió en una masacre legendaria, conoció como la Zona Bananera. La ‘seño’ habla sin levantar la vista de la olla que hierve a fuego alegre en frente suyo: “Hablar de los libros de Gabito es asunto de viejos, los pelaos de ahora andan más interesados en la parranda, en las cuentas que en los cuentos”. La ‘seño’ tiene 77 años y un rancho que queda a pocas cuadras de la Casa Museo Gabriel García Márquez, el mayor atractivo turístico de este pueblo que, como comentan todos con ironía, el escritor conoció en sus días mejores siendo un niño, a comienzos del siglo pasado. Durante los ocho años que alcanzó a vivir aquí Gabito para contarlo, Aracataca —gracias a la United Fruit Company— disfrutó de salas de cine que cambiaban su cartelera dos o tres veces por semana y de artículos que a lomo de tren dejaban a los pies de los cataqueros las grandes marcas que los ciudadanos del mundo consumían en Nueva York y Londres. Tampoco faltaba quien, en plena cumbiamba, encendiera las velas para el baile con billetes. En alguna época el municipio fue el segundo más importante del Magdalena. Hoy, en cambio, cerca de 53 mil cataqueros pueden contar su propia versión de ‘La mala hora’: no tienen hospital ni agua potable las 24 horas del día. Cerca de 2.000 ‘pelaos’ se quedan sin estudiar, tal como grita una secretaria poco amable desde el fondo de una oficina de la Alcaldía. Unos 1.500 desplazados duermen en las calles que alguna vez el Nobel recordó inundadas de guajiros y gitanos. Internet es ciencia ficción en este pueblo feudal. Las vías pavimentadas, un anhelo que pasa de generación en generación. La propia Zulema se queja de que aquí “no arreglan las calles porque entonces a los políticos se les acabarían las promesas de campaña”. A los cataqueros los ves caminar y andar en ‘ciclitaxis’ por el camellón, por la estación del tren, por la estatua de Remedios la Bella, por la Casa del Telegrafista, por el restaurante Gabo, por la plaza o a la salida de una misa de la iglesia San José, con la serenidad de la gente que se ha acostumbrado a la pobreza. Ser pobre —lo entiendes tras un par de horas en estas calles— es una costumbre que Aracataca no se ha podido quitar de encima.Muchos, como la negra Yolima Arrieta, aguardan por una segunda oportunidad sobre la tierra: ella tiene puesta su fe en la palma africana, que ha ido de a poco desplazando los extensos cultivos de banano que crecían a lado y lado de la troncal del Magdalena, única vía que conduce a la cuna del nieto de Tranquilina Iguarán y el coronel Nicolás Márquez.Es la increíble y triste historia de la Aracataca de estos tiempos. La que no puede enfermarse de gravedad, la que vive con sed. Han pasado treinta años desde que García Márquez puso a su pueblo en el mapa de las letras y del mundo gracias a un Nobel, pero treinta años no han alcanzado para que el pueblo disfrute de días más gratos. En este pueblo que parece abandonado por Dios la única riqueza que se reparten sus habitantes es el calor, los 41 grados que castigan hasta que el sol se marcha de aquí a las seis de la tarde. Es, ya lo dijimos también, la Aracataca que no lee. Es, nos falta contarlo, un pueblo en el que muchos de sus habitantes culpan del abandono no solo al Estado sino al propio García Márquez. “Es que ese Gabo es un ingrato”. Ahora quien habla es Gregorio Mercado, sentado a la sombra de un palo de caucho junto a gallinas flacas que picotean la tierra desnuda. 59 años, acordeón prestado. Gregorio es músico de oído, parrandero de oficio. Y dice que lee: “A Gabo, a Cortázar, a Vargas Llosa, a Neruda”. Lo que pasa —insiste— es que el Gabo se volvió mexicano. “A Cartagena le regaló una escuela de periodismo, a La Habana una escuela de cine (San Antonio de los Baños). Se ganó el premio Rómulo Gallegos y lo mandó pa' Venezuela, la plata de otro premio al Movimiento Socialista y a un comité de solidaridad de presos políticos. ¡Y pa' Aracataca ná! Y encima nos obliga a comernos el cuento ese de que es latinoamericano de cualquier país”.Puro embuste. Miguel Daconte, el viejo que se gana la vida vendiéndoles libros piratas de Gabito a los extranjeros, llama embusteros a quienes creen que el escritor cataquero ha sido desleal con su terruño. “Sino me cree, averiguéle al poeta Rafael; él le va a decir lo mismo que yo”. Todos saben en Aracataca quién es Rafael Darío Jiménez Padilla: el que conoce con certeza quién es quién en esa “aldea de 20 casas de barro y cañabrava”. Pregúntele por Fernanda del Carpio, por Mauricio Babilonia, por José Arcadio Buendía, por Úrsula Iguarán, por cada uno de los 17 Aurelianos. El undécimo mandamiento del poeta Rafael es amarás a Macondo sobre todas las cosas. Es además el director de la Fundación El Macondo que Soñamos, que trabaja —dice con absoluta convicción— por mejorar las condiciones de vida de este pueblo “que a diario pone a soñar a millones de lectores ‘garciamarquianos’ de todo el mundo”.Su misión, que se autoimpuso hace más de una década, consiste en lograr que los miles de turistas que al año llegan hasta Aracataca, rastreando “los orígenes del realismo mágico, sus personajes, sus almendros, sus jardines de begonias y sus rosales inundados de mariposas amarillas”, se lleven de regreso a sus países una imagen amable a pesar de que aquí no haya siquiera un hotel donde pasar la noche. “No es que García Márquez no quiera a su pueblo —asegura Rafael—. Lo que pasa es que él sabe que los recuerdos pesan más que los años y volver a estas calles lo llena de nostalgia. En sus memorias, nos cuenta que para él existía solo una casa en el mundo, la de sus abuelos en Aracataca, donde tuvo la suerte de nacer. Por eso para nosotros es Gabito a secas, nos pertenece”. No lo cree así el profesor de literatura Robinson Mulford Leyva, acusado también de ‘gabólogo’. “Aquí llega mucha gente de afuera confundida, pensando que en cada cataquero habita un escritor. Pero Gabo es casualidad, no regla. Gabo es un fantasma que estamos obligados a cargar”. Pero, ¿y los benditos libros? ¿Y si tanto quieren a Gabito por qué no lo leen con la devoción que uno esperaría? Suena macondiano, pero es verdad: el punto más próximo en el que es posible conseguir libros por montones de Gabo es Fundación, distante 15 kilómetros. Ni siquiera los venden en la Casa Museo de García Márquez, reconstruida en su totalidad por el Ministerio de Cultura pues las llamas de la mala suerte la consumieron en los años 50. Inaugurada el 25 de marzo de 2010, la vivienda contiene pistas sobre cómo transcurrieron esos años en los que el hijo del telegrafista vivió al cuidado de sus abuelos. Pistas sobre cómo el corazón de escritor que palpitaba en Gabo desde chico entendió que en esa casa la realidad andaba suelta sin saber qué hacer, a la caza de un autor dispuesto a contarla. Hay todo eso sí, pero no hay un solo libro del Nobel. Son casi las 3 de la tarde de este viernes y ya he repasado varias páginas en blanco desde que llegué a Aracataca buscando libros del escritor. Y mientras el sol sigue castigando con su imperio aquí, Tim aan't Goor conversa en la plaza en un español sin tropiezos. Es holándés, no tiene más de 30 años y sí más de 1.90 metros de estatura. El tipo metió un día en su mochila de trotamundos su deseo de conocer el origen del autor de María Dos Prazeres, cuento traducido al holandés que cayó en sus manos mientras vivía en las Islas Canarias. De esas líneas conserva una imagen poderosa: una en la que la protagonista le enseña a su perro cómo dejar flores en su tumba. Fue el antes de un después en la historia de este europeo: su curiosidad se convirtió en tiquete de avión y varias horas de bus por media Colombia desde Bogotá. Y véanlo aquí —rebautizado por los cataqueros como Tim Buendía— haciendo esas cosas para las que solo tiene permiso el bendito realismo mágico: comiendo guineo cocido con queso y pastel de arroz, dejando su piel de marfil a merced de un calor insolente y terminando la construcción de la tumba del gitano Melquiades. “A veces —dice— tienes la impresión de que los turistas y los extranjeros sabemos más de Gabo que ningún otro en Aracataca. Aquí todo está por hacer. Tal vez por eso, porque la gente está más preocupada por inventarse la vida diaria, es que no les queda tiempo para leer libros. Ni siquiera los de García Márquez”. Eso no se notó el 30 de mayo de 2007, la última vez en que el escritor estuvo en su pueblo: fue recibido poco menos que como héroe bíblico. Sucedió como si Gabo lo hubiera presagiado desde 1962 cuando escribió ‘Los funerales de la Mamá Grande’: “El anciano y enfermo presidente desfiló frente a los ojos atónitos de las muchedumbres que lo habían investido sin conocerlo y que solo ahora podían dar testimonio de su presencia”.Le pregunto a la ‘seño’ Zulema si ella fue uno de los cataqueros que salió a la estación del tren para saludar al hijo del telegrafista esa tarde. “Qué va, ya los huesos no me dan pa’ tanto. Yo mejor espero a que Gabito haga de eso un libro”.

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