Conozca la historia de María Patricia, la mujer que vive entre los muertos

Noviembre 30, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Yesid Toro | Especial para El País
Conozca la historia de María Patricia, la mujer que vive entre los muertos

La casa de María Patricia Hoyos, ubicada dentro del cementerio Jardines de la Aurora, fue construida poco después de su matrimonio con un médico hace 30 años.

María Patricia Hoyos vive dentro del Cementerio Jardines de la Aurora, en el sur de Cali. Crónica de una mujer ‘del más acá’.

Todos los vecinos de María Patricia Hoyos están muertos. Siempre lo han estado. El ‘patio’ de su casa es un enorme terreno adornado con flores y marcado con lápidas y cruces. De hecho, como ella misma lo afirma, su casa es la “tumba más grande de Cali”. No es un cuento. Es la historia de esta bióloga y administradora de empresas que vive dentro del cementerio Jardines de la Aurora, en el sur de Cali. Su casa, tan organizada y bella como ella misma, es una herencia de su abuelo materno. Hace 30 años su familia vendió los terrenos que ahora son usados para enterrar muertos, pero sus padres decidieron quedarse allí. Y ella, junto con sus tres hermanos, creció en medio de sepulturas, bóvedas y flores de variados colores. Así que la muerte ha sido como una hermana más para Patricia.“Aprendimos a disfrutar de la paz que se siente al vivir dentro de un cementerio. Lo único que separa la casa del resto de este lugar son las matas de ‘chula’, que según dicen, protege de los ladrones”, cuenta esta mujer, mientras organiza unas matas en el amplio jardín de su casa. Fue en ese mismo sitio donde hace unos años su padre, don Guillermo Hoyos Jaramillo, le dijo que había visto a ‘La Pelona’. “Mi papá se me acercó y me dijo: mija, ‘La Pelona’ vino y me picó el ojo”. Un día después el patriarca de la casa sufrió una caída. Al día siguiente falleció. Finalmente María Patricia fue la única que se quedó en la casa, acompañando a su madre. Sus hermanos se fueron para el exterior. Pero su padre, aunque fallecido, también se quedó con ellas: sus cenizas fueron enterradas dentro de la casa.El hogar de Patricia es como una finca dentro de la ciudad. Hay árboles frondosos que se mecen en las tardes y frutales que alimentan con sus cosechas. Y muchas flores, muchas.La locura de vivir entre muertosSeñora, ¿a dónde la llevo?”, le dice el taxista. Patricia responde: “vamos por favor para el Cementerio Jardines de la Aurora”. El conductor, viendo que son las 9:00 de la noche, le recuerda a su pasajera que a esa hora el camposanto está cerrado. Ella insiste: “por favor vamos al cementerio que yo vivo allá”. Esta vez el chofer se queda mudo. Y se pone pálido, como si en la parte trasera de su carro llevara un espanto. Esta es apenas una de las tantas anécdotas que ha vivido Patricia. La cara de asombro también la ha visto reflejada en quienes van a llevarle domicilios. “Cuando les digo que el domicilio es en el cementerio, no me creen. Y aún viniendo muchos se van espantados”, recuerda María Patricia entre risas. Ella, separada y madre de un arquitecto que vive en los Estados Unidos, disfruta de las visitas de sus amigos, aunque no son muchos los que se aventuran a ir a su “mausoleo”. Una noche, cuenta, dos de sus amigos se tomaron unos traguitos de más. “Cuando salieron al balcón yo cogí un cráneo que tenía de material sintético, pero que parecía real, y le metí por dentro un bombillito rojo y lo puse cerca de donde ellos estaban, pero hacia el lado del cementerio. Y lo prendí: nunca olvidaré la cara de susto que pusieron”. Incluso, hay amigos que sólo van a verla de día, “pero a las 6:00 de la tarde se van, salen ‘corriendo’”, dice.María Patricia también se ríe de los policías que muchas veces le han preguntado por qué abre el portón principal del cementerio en las noches. “¡No ve que es el parqueadero de mi carro!”, les dice ella.La conexión con la muerte Vivir entre los muertos ha despertado en María Patricia un encanto especial por el más allá. Y no porque guste de las ciencias ocultas, sino que, como ella misma lo dice, “la muerte es como una continuación, como cuando se libera una mariposa de un capullo”.“Yo no veo espantos, me espanta la gente mentirosa, pero por fortuna los muertos no tienen esas mañas”. Lo único que en ocasiones altera la tranquilidad de María Claudia y de su madre son los entierros, algunos estruendosos. “A veces llegan echando bala. Creo que somos las únicas a las que todos los días nos toca serenata con mariachi y música de cuerda. Es más: nos botan las botellas de guaro en la cerca y en el patio”. Pero, además de esto, no hay nada que se robe la paz en esta casa. María Patricia, quien trabaja independiente, aprovecha la calma de su casa para leer, para arreglar el jardín y para cuidar a sus dos perras, una de ellas llamada ‘Perla’. A ambas las saca a pasear en las mañanas, luego de que ella misma camina y hace ejercicios en el circuito que rodea el camposanto. ¿Nunca ha tenido miedo de que algo le salga por ahí y la asuste? Ella sonríe ante la pregunta. “Los muertos no asustan, más bien algunos vivos que han tratado de meterse a mi casa, esos sí me han asustado, aunque los he tenido que llevar a la Policía”.El vivir con muertos le ha quitado tanto el miedo por la llegada de la parca, que Patricia ya está pensando en cómo será su ‘pijama de tablas’. Quiere mandar a hacer ella misma su ataúd para decorarlo. “Lo quiero pintar con flores amarillas y rojas y también con enredaderas. Algo muy colorido. No quiero irme en una caja negra o pálida”. Y aunque no reveló su edad, Patricia nos contó un secreto más: “ven esos dos huecos que están allá -señaló hacia el cementerio, a unos 50 metros- esa es mi tumba”.

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