Conozca 'Casa Naranja', el único teatro del oriente de Cali

Abril 28, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Redacción El País

Desde hace seis años, también es una escuela gratuita de arte para niños de 'la otra ciudad'. En este lugar, literalmente, una entrada vale huevo. Sumate a iniciativas como ésta en #PorCaliLoHagoBien.

Esta es una historia sobre la terquedad. Sucede en una pequeña casa de dos pisos color naranja en el barrio El Poblado I, al Oriente de Cali.

Allá, en la periferia, en esa ‘otra Cali’ que pareciera contener todos los problemas, florecen tréboles de cuatro hojas: John Jairo Perdomo es uno de ellos. John es el inventor, fundador y constructor de Casa Naranja, el único teatro que hay en ese lado de la ciudad. 

No muchos sabrán entonces que durante los últimos seis años ese lugar también ha servido para que niños y niñas, jóvenes de todas las estaturas, se capaciten danza, música y técnicas de circo.

Pocos sabrán además que ese es el único teatro de Cali donde para pagar la entrada de una función solo basta con llevar un huevo de gallina. O una bolsa de pan. O una libra de arroz.

John es persistente. Desde que tiene memoria, su más fuerte sueño ha sido el de hacer teatro y no entiende otra manera de vivir que no sea aquella, cuando ocurre sobre las tablas del teatro callejero, teatro con la comunidad, como asegura entre risas.

John, un caleño de 48 años, licenciado en dramaturgia de la Universidad del Valle, que vivió su infancia en Siloé y aprendió a leer con las historietas de Arandú, Memín y Kalimán, desde los 90 ya formaba parte de diversos grupos teatrales de la ciudad como el Teatro Experimental Comunitario Abierto de Cali, Teca, y el Colectivo Espejos, el cual lideraba.

No obstante, si bien hacía teatro en donde fuera: algún garaje, su casa o cualquier espacio público, John quería que su gente tuviera un espacio propio donde pudiera acceder del arte. Era su sueño. Casa Naranja es eso: un sueño que se hizo realidad.

Pero para eso tuvo que hipotecar tres veces la casa materna, que es en donde funciona el teatro. En el primer piso, la sala, hoy está destinada como centro de costura; luego hay un corredor estrecho que se extiende hasta el fondo y sirve de estantería y clóset para móviles y disfraces; la cocina es también el camerino de maquillaje y hay un cuarto con dos camarotes habilitados para alojar a los artistas extranjeros o locales que cada tanto los visitan.

Al subir las escaleras, la magia: una sala con capacidad para 40 personas sentadas. Aunque pueden ser 60, si los más  adultos cargan a los más pequeños. La silletería y el escenario salieron de donaciones que John logró tocando puertas en entidades como la Cámara de Comercio o el extinto Teatro Imaginario de Cali. También tocando las puertas de su propio hogar:

“Si mi papá tenía cien mil pesos, echaba una tira de ladrillo; y así, hasta que levantó las paredes del teatro”, recuerda Kelly Perdomo, hija de John y ahora también profesora de Casa Naranja.

 “El arte es la puerta de entrada para que los muchachos se enteren de que hay todo un mundo por explorar. Somos un oasis en el Oriente porque nadie creía que era posible hacer una sala de teatro aquí. Hemos logrado construir un espacio pacífico en un sector donde hay muchas problemáticas. Nosotros desde hace seis años ya estamos viviendo el posconflicto”, dice John y su inmensa sonrisa.

En ese oasis, todos los sábados 8 profesores les enseñan a 50 pequeños y jóvenes clases de música de 7 a 9 de la mañana. Teatro de 8 a 10. De 10 a 12 hay clase de zancos, y las de circo y danza son de 2 a 4. Todo gratis. Y en la noche, a las 7, siempre hay función de teatro o de cine. Si el amigo, el amigo del amigo, el abuelo, la señora de la tienda o el pelado de la esquina quieren entrar, lo único que tienen que llevar es un huevo.

O si no va solo y tiene para más, un panal, una panela o una lata de atún. Lo que le nazca del corazón, ese es el costo de la entrada, que en Casa Naranja utilizan para la alimentación de los artistas, pero también para juntar los ‘mercados con amor’, que literalmente son eso y están destinados para la gente más necesitada del barrio.

Casa Naranja se llama así, explica John, porque allí lo que sobra es vitamina C: Comunidad, Convivencia, Cariño, Confianza, Carnaval y Cultura. Su sostenimiento es posible a través del servicio de voluntariado -que es como se suman algunos artistas-, al igual que mediante algunos contratos, como el que tienen con Delirio.

Los bailarines de ese espectáculo de salsa y circo con el que la Cali más festiva también se ha dado a conocer, son maquillados por John y su equipo, y entonces por su magia anaranjada que nació al Oriente de Cali. Además de persistente John sigue siendo un soñador. Ahora sueña con comprar la casa de al lado para ampliar el teatro. Así será más fácil de verlo. Por fuera todo naranja. Adentro, un trébol de cuatro hojas.

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