¿Cómo se vive en las unidades residenciales de Cali?

Junio 14, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera / Reportera de El País

Dos investigadoras se asoman a la ventana de las relaciones al interior de las unidades residenciales caleñas y con el entorno.

El  conjunto cerrado es una nueva organización social y de gobierno, equivalente a un municipio chiquito, donde el administrador es el alcalde.

De ahí que las instancias de  gobierno al interior de la unidad residencial no se puede limitar a mejorar el ornato. Debe contemplar  la forma de ejercer ese gobierno, si dificulta o facilita la participación ciudadana, si se reconoce a los voceros, si se tienen en cuenta sus opiniones, si se aceptan las persidades.

Esa es una de las apreciaciones de María Teresa Rincón, coordinadora del grupo de investigación Convivencia y Ciudadanía de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad del Valle, quien lideró  un estudio sobre cómo es vivir en copropiedad horizontal, en 45 unidades residenciales de  los seis estratos en Cali.

Esta es una de las múltiples ventanas de la realidad a la cual se asoma un buen número de caleños que optaron por el nuevo estilo de vida del conjunto cerrado, las unidades residenciales y los edificios multifamiliares, impulsados por el anhelo de tener más seguridad.

Expectativa que se cumple, dice la investigadora, con ventajas  como la de poder dejar los niños (grandes)  y adolescentes bajo la supervisión de  vecinos y vigilantes, sabiendo que de allí no van a salir y les da mucha tranquilidad a los padres y madres de familia que trabajan.

Marta Lucía Echeverry Velásquez, directora de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad del Valle y coautora del estudio, observa ventajas como que  las  asambleas de coopropietarios son una especie de “feria de la democracia”, en la cual  los niños aprenden cómo resolver conflictos y llegar al consenso por las vías del diálogo y  a participar en las decisiones por medio de las votaciones. 

“En la asamblea se sigue un orden del día,  se exponen argumentos, hay una deliberación, es un aprendizaje  para formar buenos  ciudadanos y con una mejor forma de relacionarse con lo público”, dice Martha Lucía. 

Experiencias así   muestran cómo les cambió la vida a los caleños desde que las unidades residenciales, los multifamiliares y los conjuntos cerrados se convirtieron en una alternativa de vivienda. 

Pero también hallaron casos en los que hay aspectos por mejorar.  Por ejemplo,  una unidad residencial donde el reglamento tiene un amplio capítulo sobre el uso de la piscina, pero la piscina no existe. El  proyecto incluía planos donde aparecía el recuadro azulito, pero después se decidió  levantar otra torre de apartamentos sobre ese espacio. 

“Era impactante ver cómo los niños y los adolescentes hablaban de la piscina como un sueño o una frustración. Ellos la pintaban en los talleres que realizamos  y decían: ‘aquí va a quedar la piscina’, porque así se las ofrecieron”, cuenta la investigadora Martha Lucía.

En otro conjunto con 340 apartamentos y solo 170 parqueaderos, vieron que los dueños deben acordar cómo turnarse los sitios de parqueo, pues cuando  se construyó no se consideró que todos los propietarios pudieran adquirir carro.

O administraciones  que les tienen listo el reglamento a los futuros residentes del conjunto, copropietarios que se enfrentan a normas hechas sin participación comunitaria, o que son incompatibles con la realidad de su condominio porque las copian de otros.

Por ejemplo, un ingeniero  cuenta  que al comprar su apartamento en un edificio de estrato seis, jamás se le ocurrió preguntar si además de la administración, había un gasto extra. Cuando ya lo había adquirido, se enteró de que había que pagar una cuota adicional porque dos años antes llamaron a un trabajador para arreglar el ascensor y el hombre se cayó y se mató. “La esposa demandó al edificio, ganó y nos toca pagarle una pensión vitalicia. Sin pensar terminamos cargando ese muerto”, dice este profesional.

 “Este tipo de situaciones se presentan porque las personas compran el proyecto desde una maqueta y de un momento a otro se encuentran con normas preestablecidas o viviendo con gente desconocida que tiene  limitaciones para vivir en comunidad”, opina Martha Lucía.

Diana María López, una comunicadora con más de doce años dedicada a administrar propiedad horizontal, confirma que la principal motivación de la tendencia al encierro es  la seguridad. Aunque más de un administrador admite que no faltan las   “garroteras”.

Conflictos tan elementales, pero tan comunes como el manejo de las mascotas. “Administré un conjunto de 88 apartamentos y en 60 tenían perros. Entonces, eran casi 60 quejas por el perro que se hizo al frente de su puerta o de su zona verde. Eso desgasta, toma tiempo, hay que conciliar, es bastante complicado”, reconoce Diana María.

Pero si hay un ventanal por donde se alcanza a apreciar la mayor fuente de conflicto, es la falta de pago de la cuota de administración por parte de uno o más vecinos. “Ese es el meollo de todo”, sentencia esta administradora, quien varias veces ha tenido que “hacer milagros y acomodar el presupuesto” para el ornato, pago de servicios y otras obligaciones. Entonces en las asambleas, dice ella, el sentir general de los demás es que “si no tiene cómo vivir aquí, entonces que se baje de estrato y se vaya para otra parte”, comenta.

Apreciación que cobra sentido cuando la percepción de los residentes es que sí se sienten de mejor estrato por vivir en conjunto cerrado, pues eso les da sensación de prestigio y ascenso social, así su origen sea de otro más bajo.

Otro elemento destacado de la investigación es que la vivienda en condominio altera el concepto de privacidad, ya sea porque se reducen los espacios, las zonas sociales son comunes y porque la modernidad usa cada vez materiales más livianos y las paredes son medianeras (una sola para dos apartamentos o casas).

Así  se está expuesto a ruidos cotidianos como vaciar el baño o las discusiones de pareja. Y si estas pasan de tono, con mayor razón. Un ejecutivo  revela que tuvo que soportar largo tiempo una pareja vecina con una relación tormentosa: primero se peleaban a los gritos y los golpes –una vez se encontró en el ascensor a la mujer reventada– y después de esa película de terror, pasaban a la telenovela de la reconciliación y los sonidos del éxtasis sexual.

En ese sentido, las trabajadoras sociales revelan  que siempre se asume que todas las familias son tradicionales: heterosexuales y con hijos. Uno de los   administradores confirma que  hay poca tolerancia cuando la pareja es gay, a lo cual  les aclaran que siempre y cuando no hagan escándalos, no se les puede excluir del condominio. 

A todas estas,  muchos residentes no permiten hablar mal del conjunto, porque lo consideran como hablar mal de la familia. “Es afectar para la compra y venta del predio, hay un patrimonio qué proteger”, enfatiza Martha Lucía, aclarando que no se cuida solo al bien material sino a un bien intangible  en donde crecen y socializan los hijos.

En ese sentido, creen que hace falta trabajar desde la perspectiva de la convivencia, la tolerancia y la persidad, los valores, la comunicación con participación y el compromiso. “Porque muchos residentes  asumen que si pagó la administración, ya compró la convivencia y no es así”, anota María Teresa.

También se ha visto que la relación de quienes habitan en la unidad residencial con su entorno no es la más cercana. “El encerramiento aisla a sus residentes del resto del barrio y de la comuna y al salir solo se encuentran sanitarios de perros que ensucian el espacio que los separa”, comenta una de las investigadoras. 

“Se pierde esa conexión con la comunidad que no deja que se piense como ciudad. Allí hay que tender puentes y no perder el uso del espacio público y la visión de ciudad”, afirma Martha Lucía.

De hecho, uno de los cuestionamientos de las trabajadoras sociales es que si la inseguridad fue la que motivó el auge de los conjuntos cerrados y seguimos viviendo en ciudades inseguras, ¿quién va a resolver las fracturas sociales entre los que viven encerrados y los que no?

O  ¿qué va a pasar con los niños que crecen en  encerramiento? Esta  nueva generación está creciendo alejada de la realidad, los chicos no saben qué es un desplazado que llame a su puerta a pedir comida, ropa o ayuda y mucho menos qué es el conflicto. “Es la socialización burbuja”, concluye María Teresa.

 

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