¿Cómo se siente físicamente un ataque de pánico?

Noviembre 23, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Catalina Villa | El País.

Descritos como miedos súbitos, sin causa aparente, los ataques de pánico pueden desestabilizar la vida de quien los padece. Diez de cada cien personas tendrá un episodio una vez en su vida. Perfil de un caso promedio.

Son las 7:45 de la mañana y te diriges a clase en la universidad. Te sientas en la fila de atrás, como siempre, con tus amigos de siempre. Abres tu iPad, miras el tablero, escuchas al profesor; el tipo te aburre. Entonces diriges tu mirada hacia la ventana y dejas vagar tus pensamientos. Al cabo de unos minutos sucede algo anormal. Súbitamente sientes que tu cuerpo es hiperreal. De un momento a otro tienes una elevadísima conciencia de ti misma, pero al mismo tiempo sientes que no haces parte de ese mundo. Es como si estuvieras dentro de una película. Entonces un miedo aterrador se apodera de ti. Tu corazón se desboca. Presientes náuseas y un posible desmayo. Estás inmóvil. Fría. Pasan dos, tres minutos antes de que reúnas las fuerzas necesarias para salir del salón y refugiarte en el baño. Cierras los ojos, duro, con fuerza. Te agachas como intentando esconderte y no despegas tus manos heladas de tu cara. Pasan siete, ocho, nueve minutos. El episodio parece desvanecerse. Acabas de sufrir un ataque de pánico, pero no lo sabes. Quedas desconcertada el resto del día. Te preguntas una y otra vez qué diablos pasó. No se lo cuentas a nadie. Ahora solo esperas que no se repita. Pero las estadísticas están en tu contra. Son precisamente las mujeres jóvenes, entre los 17 y 35 años, las más propensas a sufrir estos ataques. Tienes 19. Y las cosas podrían empeorar: de cada diez personas que sufren uno de estos ataques, entre una y tres los experimentará de manera repetida.Tu vida sigue normal. Eso crees. Pasan tres meses. Estás en tu casa viendo una película. No llegas ni a la mitad cuando empiezas a sentir esa cosa extraña en tu cuerpo. Tratas de concentrarte en la ‘peli’ pero no puedes. Miras a tu alrededor y otra vez sientes que tu cuerpo no es tuyo. Estás atravesando un episodio de despersonalización, una sensación de desdoblamiento que suelen experimentar los consumidores de sustancias psicoactivas. Pero tú jamás las has consumido. El pánico se apodera de ti. Tiemblas. Corres al baño y te echas agua fría en la cara. El corazón te late con fuerza. ¿Por qué sientes miedo, así, de la nada, sin causa aparente?, te preguntas. Al día siguiente decides contárselo a tus padres. Te llevan al médico general. No saben que en realidad deberías ir al psiquiatra. Pero a todos les pasa igual. Interpretan estos síntomas como un posible infarto, una falla cardíaca. Cuando llega la cita y te hacen los exámenes de rigor el médico te da un diagnóstico desconcertante: no tienes nada. Pero para entonces tú ya le tienes miedo al miedo. ¿Estarás enloqueciendo? Tras el tercer ataque tus padres intuyen que el asunto es mental. Una vez en el psiquiatra el diagnóstico es claro: sufres un trastorno de pánico, un problema de ansiedad caracterizado por repetidos episodios de terror sin razón aparente. Las causas no son claras. Pueden ser genéticas, o por una mayor suceptibilidad al estrés o alteraciones en sustancias del organismo que disparan ese tipo de reacciones. Entonces te recetan un tranquilizante menor durante dos meses que aliviará tus síntomas. Y un antidepresivo. Pero los medicamentos solos no serán suficientes. Los deberás combinar con una terapia cognitiva conductual que te enseñará a identificar lo que ocurre en tu cuerpo durante un ataque de pánico, a eliminarle el significado catastrófico de los síntomas y, por lo tanto, a no perder el control. Si sigues las indicaciones, en un año los ataques podrían desaparecer. Te enteras de que los pacientes que no reciben tratamiento pueden volverse alcohólicos o dependientes de la droga. Y en casos severos, aislarse de la sociedad. Entonces sientes que has corrido con suerte. Y te dedicas a erradicar el pánico de tu vida.

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