Comienza la jubilación de los caballos carretilleros en Cali

Agosto 09, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País - Jorge Enrique Rojas
Comienza la jubilación de los caballos carretilleros en Cali

Rosa Hormiga dice no saber si asistirá al día de la entrega de Paquita o si le hará una última trenza. “De pronto la mando con mi sobrino, no se si vaya a ser capaz”.

Esta semana y para siempre, 22 equinos dejarán de ser carretilleros. ¿Cómo son los días previos a la jubilación, cuando la vida cabalga en cuatro patas?

¡Jum! Ni quiero pensar en eso…Adelante, con las orejas erguidas, Paquita jala la carreta mientras su dueña hace maromas para evitar la tristeza que también tiene al frente. En unos días esas dos dejarán de ser un mismo cuerpo. Cuando ella sea entregada como parte del proceso de sustitución de vehículos de tracción animal, será el fin de historias como la construida por la mujer y la yegua en los últimos seis años. El fin de los días de cascos rotos y herraduras extraviadas será también el fin de una especie que casi desde el principio de los tiempos estuvo detrás de la construcción y limpieza, de los trasteos y acarreos en la ciudad. Pero también de muchos maltratos. La mayoría se acostumbró a decirles carretilleros uniendo en una misma palabra llantas, remolque, aperos, relinchos y jinete. La palabra le dio origen a un mismo cuerpo. Un minotauro. En algunos casos, los destinos cruzados entre animales y hombres suena a invento de la mitología.Antes de Paquita fue Chapulina, una yegua blanca que un día, mientras rumiaba el aburrimiento, masticó un cable de energía y se electrocutó. A veces una catástrofe de rayos y centellas puede ser el inicio de un camino de nobleza y comunión como el que la dueña jura haber recorrido con Paquita desde que era una potranca que negoció por 250 mil pesos. En el tiempo que llevan juntas, la yegua no ha sufrido de moquillo ni nada más grave que un clavo enterrado en alguna pata, cuenta ella intentando mostrar con ese inventario de dolores ausentes que le ha dado buena vida. En efecto, Paquita es una yegua de músculos firmes que esconden sus costillas. Tiene casi el color del sol cuando se está marchando, una manchita blanca en la frente y un bautizo en honor al personaje de una telenovela que por los años de su nacimiento cabalgaba el rating nocturno contando las desventuras de una chica linda y triste nacida después de una tragedia: Paquita Gallego.La dueña de Paquita tiene 40 años y desde los 7 ha vivido sobre una carreta. Primero ayudándoles a sus hermanos a llevar material de construcción en un barrio que se levantaba al oriente. Luego como única opción después de abandonar el trabajo que de mesera había conseguido en un restaurante del centro donde no le daban permiso para llevar al médico a una hija enferma. La mujer tiene cinco hijas y gracias al rebusque en la carretilla todas estudiaron.La mayor es enfermera.Debajo de un tinte, la mujer tiene el pelo oscuro y algún día su piel debió ser blanca, pero ahora todo se ve rojizo y similar. Si es verdad que los animales se parecen a sus dueños o que los dueños se parecen a sus animales, alguien podría encontrar alguna familiaridad entre el color de Paquita y su dueña. La dueña se llama Rosa Hormiga y desprenderse del caballo parece dolerle tanto como la ponzoña de un insecto metida en una media: “¿Será que después de entregarla mandan fotos?”.Todos los días, cuando termina el trabajo en las calles, Rosa entra a su casa del barrio Belisario Betancur caminando con Paquita. Atraviesan la sala y van hasta el fondo, donde el animal duerme bajo el mismo techo de la familia. Paquita solo se deja bañar de Rosa. Rosa gasta todos los días ocho mil pesos en su mantenimiento.En parte por eso, Paquita ha tenido una suerte que no muchos caballos carretilleros conocen: es el vehículo oficial de la reina de un colegio que queda a pocas cuadras. Desde hace un tiempo, cada año la contratan para que la soberana se dé una vuelta por el barrio saludando desde el remolque mientras una hilera de niños persigue a una Paquita adornada con trenzas. Un par de horas de aquello significan cuarenta mil pesos en el bolsillo y quizás un día de descanso. “Ha sido el sustento de mi familia y de mis hijas. Ella es otra hija”. En los últimos meses Rosa dice que ha ido tres veces al sicólogo. Después de caer en cuenta de que muy pronto tendrá que separarse de algo tan suyo, de una parte suya, se ha descubierto llorando de pronto mientras la mira. ¿Y qué dice el sicólogo? Que lo entienda como una transformación de vida. Caminando por una calle del barrio Mariano Ramos mientras arrastra la carreta cargada con su dueña, el sobrino de la dueña, un periodista y un niño negro que pone arisca a Paquita, la yegua parece mover las orejas. Por las calles de Cali En Cali los carretilleros son tantos como para que todavía no acaben de ser contados. Tantos como para tener un sindicato. Gloria Hidalgo es su presidenta y por estos días varias cosas la tienen intranquila. La falta de un censo oficial es la primera. Gloria dice que en el 2006 Planeación Municipal hizo uno según el cual había 1148, incluyendo los que no estaban registrados. Cree que nadie sabe cuántos carretilleros han surgido desde entonces.En la calle los números del proceso de sustitución no le cuadran al gremio: en este momento hay 878 carretillas registradas ante la Secretaría de Tránsito y otras 173 que aparecieron sin placas, dice Gloria. La Administración, por ahora, tiene siete mil millones para distribuir entre 283 unidades de negocio que sustituyan igual número de caballos y carretillas. Como en Bogotá, la gente podrá elegir: una camioneta china para seguir trabajando en reciclaje o el equivalente en dinero para un negocio o mejoramiento de vivienda. “El antiguo Secretario de Tránsito me lo dijo: en esta Alcaldía solo se van a hacer esas sustituciones, no hay más plata. ¿Qué va a pasar con los otros 500 que no alcancen a recibir nada?”.Este martes, está anunciado, serán entregadas los primeros 22 carros para que 22 caballos pasen al Centro de Zoonosis donde hay más de 400 solicitudes de adopción. Sus nuevos dueños, explica la veterinaria Paola Rodríguez, deberán tener un predio campestre en una zona vecina a Cali porque el estado de salud de los animales será monitoreado cada tanto y es necesario que estén cerca. Además de contar con los papeles en regla del lugar, tendrán que demostrar sus intenciones en una entrevista. Más que una adopción, se trata de la jubilación: la idea es que los caballos tengan una nueva vida alejada de los trabajos y del sol que dejó de ser sol para convertirse en castigo. Aunque no es el caso de todos, las historias de las bestialidades de las que han sido víctimas algunos caballos son ya conocidas. Hubo días en que los excesos a los que fueron sometidos dejaron huellas de sangre en el pavimento o que los ecos de todo eso se convirtieron en leyendas que hablan de violaciones sexuales, infartos en la vía y chuzones en los testículos para apurar la marcha. Liliana Ossa, directora de Pazanimal, ha visto cosas como esas.La Fundación Defensa Animal adelanta un plan para recordarlo basándose en el mismo concepto que hace un tiempo pintó en las calles estrellas amarillas resaltando los sitios donde los peatones han perdido la vida en accidentes de tránsito. Ahora, en memoria de los caballos caídos, también habrá estrellas negras. De acuerdo con Defensa Animal, solo el pasado 28 de julio decomisaron cinco animales maltratados en Cali; por esos días lo vieron suceder de nuevo: bajo el puente de los Mil Días, un caballo que recién había sido liberado de la carga inhumana que remolcaba en una carreta se desmayó del cansancio. Rodrigo Cardona, un veterinario de Zoonosis que lleva ocho años revisando caballos carretilleros, dice que cuando pasen a su nueva vida necesitarán tiempo para adaptarse a lo que en un principio será muy raro: El silencio. O correr porque sí. “Es todo distinto, están acostumbrados a que le pongan agua en un balde y no a tomarla del río. Pero ellos se adaptan”.La adaptación del animal. Ese es uno de los asuntos que por estos días ocupan las conversaciones de Hugo Castrillón, 69 años, carretillero desde los 18 y propietario de Comino, un caballo blanco que cuando acaba el día duerme en un corral armado en el patio trasero de la casa de su dueño.Hugo dice que lo hierra dos veces al mes y que es muy buen animal, noble y paciente. “Otro hijo”. Que lo tiene desde que era pequeñito y llegó como reemplazo de un caballo que después de cinco años ya no quiso caminar. Si tuviera un amigo de cuatro patas, sin embargo, Comino no podría invitarlo a pasar la noche en su cuarto. La extinta imponencia del animal agacha la cabeza tras un portón de guadua que deja ver que apenas hay sitio para él. Hugo, en todo caso, dice que no le falta nada. “Y es de lo más educado: cuando tiene ganas de orinar le pega a los palos y yo le pongo una vasija”.Hugo vive con su esposa María Patricia y William, un hijo de crianza a cargo de una congregación cristiana que predica la palabra de Dios a seis metros de donde duerme el caballo. También están su cuñada Adriana, su nieta Sara, dos perros, uno bravo, uno muy manso, y dos gatos: Muñeco y Miss. Hugo tiene un pecho ancho y fuerte como el de los minotauros dibujados en la imaginación por la mitología. Aunque dice que Comino es parte de la familia, por estos días está contento de recibir una camioneta a cambio: ya cotizó y va a mandar a ampliar la puerta para hacer un garage. En su risa delantera apenas queda un diente que se esconde cada que sale su reiterada preocupación: “¿Quién le va a poner la vasija para orinar?”.Todos los días, Hugo y Comino recorren la calle desde las seis o siete de la mañana hasta las tres o cuatro de la tarde. A veces hasta después. Comino fue capado y tiene una salpicadura de lunares grises que vistos de lejos también podrían leerse como el imborrable beso de un aguacero. Hugo es de Salamina, Caldas, donde vivió una infancia campesina. Estando pequeño perdió el ojo derecho cuando se atravesó en la trayectoria del machete que un hermano utilizaba para afilar un palo. Afuera de la casa, bajo un sol flaco y de manos cortas, la familia posa para una foto junto al caballo. “El último adiós”, dice alguien que pasa y se queda mirando. Comino, mientras la cámara apunta y la gente habla, parece mover las orejas. Su dueño, sonriente, no lo alcanza a ver.

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