Cien mil caleños duermen con hambre mientras se bota una tonelada de comida diaria en Santa Elena

Abril 03, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de El País

En la galería de Santa Elena, la más antigua de Cali y la que surte de frutas, carnes y verduras a cerca del 80 % de los caleños, el desperdicio de alimentos es una problemática sin solución a la vista.

La escena la ve a diario Viviana Asprilla en los alrededores de la plaza de mercado de Alameda: decenas y decenas de indigentes que desde las 6:00 a.m., incluso antes, hacen guardia para ser los primeros en desanudar las bolsas de basura que desechan los comerciantes de la galería. Lea también: En el Pacífico botamos más de un millón y medio de toneladas de comida a la basura

La mujer ha visto tomates, pepinos, lechugas y zanahorias que ella, sin dudarlo, almacenaría en la nevera de su casa.  Sin magulladuras, ni malos olores. Bananos, naranjas y mangos, algo maduros sí, pero que alcanzarían para preparar varias jarras de jugo. Y kilos enteros de  verduras que sus manos de mamá convertirían con acierto en una sopa saludable. “Tanta basura que no es basura”, se lamenta.

Viviana lleva años ganándose la vida  como operaria de barrido y limpieza en las calles y parques que transitamos a diario.  Y desde hace uno y medio, la empresa Ciudad Limpia —una de las cuatro encargadas del aseo en Cali— la designó para mantener pulcros los del barrio Alameda.

 Su turno arranca justo a la hora en que el día se hace día y se prolonga hasta las 12:00 m. Una jornada “en la que todo el tiempo veo gente buscando qué comer entre lo que desechan los dueños de los restaurantes y los comerciantes de la galería, sobre todo a lo largo de la Calle 8”.   

Parada a su lado,  Paola Andrea Bazán sigue con atención el relato de su compañera. La ‘zona’ que tiene Paola a su cargo son las calles aledañas a la plaza de mercado de Siloé donde su escoba ha tropezado “muchas veces con  manzanas, habichuelas, tomates, cebollas y mangos” que a ella, madre de dos hijos, le cuesta creer que alguien considere inservibles.

Es una realidad que no desconoce Miguel Ángel Muñoz, administrador de la galería más antigua  y que surte de alimentos al cerca del 80 % de los caleños: la Santa Elena. 

 En un día de mercado —digamos un martes, viernes o sábado— asegura  que el volumen de productos para la venta llega a ser tan alto que se mueven más de mil toneladas de alimentos. Sí, más de mil. De esa cantidad, reconoce sin pudor, se pierde una tonelada por día. Matemática elemental: 365.000 kilos al año.

 La razón luce simple. “No contamos con un plan de manejo de residuos que sirva para darle un uso o un destino distinto que el tarro de la basura a los alimentos que se desechan aquí. Pero esa es una tarea que no nos corresponde a nosotros sino al municipio, pero Cali no cuenta con una política de manejo de alimentos”, asegura Muñoz.

  Y dice que a veces, pocas, pero pasa, la tarea de darles un mejor destino a esas grandes cantidades de alimentos que se desechan corre por cuenta de los dueños de marraneras y criaderos de ganado que los recogen y utilizan para  darles de comer a sus animales.

  Otra parte de esta historia de una ciudad que no sabe qué hacer con la comida que desecha la escriben en los supermercados. Carlos*, —mercaderista de una empresa de carnes frías que por obvias razones no quiere aparecer con su nombre real en este texto— cuenta que delante de sus ojos han pasado piñas, tomates, papas, moras y un largo etcétera de frutas y verduras “en excelentes condiciones que van directo a las  canecas de basura de las grandes superficies”.

    Recuerda que hace un par de meses, a la salida de un supermercado en el barrio Ciudad Córdoba tropezó con un grupo de personas que sabía con exactitud la hora de llegada del carro de la basura para arrebatar, entre tantos desechos, “alimentos que se encontraban en buen estado, que ni siquiera se habían vencido. Otra vez, cuando un supermercado cambió de dueños y de razón social se desechó comida a la que le faltaban hasta diez días para su fecha de vencimiento”.  

 

Todo esto sucede en una ciudad en la que a diario, según el secretario de Bienestar Social, Esaúd Urrutia, unas cien mil personas se acuestan todos los días sin nada qué llevarse a la boca. Casi la población de un municipio como Tuluá. Y, si eso es así, ¿por qué en Cali se desecha casi una tonelada de comida diaria? 

 Desde su oficina del barrio San Nicolás, el padre Óscar de la Vega, director  del Banco de Alimentos, se hace la misma pregunta. La recita casi como una oración. Él, que cada mañana madruga a coordinar el destino de los 8 camiones que recorren la capital del Valle en busca de caleños solidarios que deseen donar comida, se pregunta por qué si tanta gente pasa hambre, él solo puede aliviar la fatiga de unas 36.000 personas. “Deberíamos llegar al menos a unas 60.000”, dice con decepción. 

Cuenta que de las cerca de 300 toneladas de alimentos que le entregan cada mes, el Banco logra rescatar unas 8 diarias que le sirven para apoyar a las 120 fundaciones y entidades (varias de ellas comedores comunitarios) que dependen de lo que ellos logren recoger. Pero ese esfuerzo no impide, sin embargo, que cada mes se desechen unas 19 toneladas debido a su mal estado.

La Central de Abastecimiento del Valle del Cauca, Cavasa, tiene  estrategias para sacar el máximo provecho de los alimentos que no se comercializan: se usan para abono orgánico o se regala a fundaciones.

 Ya lo había dicho Ruby Castellanos, la nutricionista del área de seguridad alimentaria de la Secretaría de Salud: “en Cali no hay escasez de comida, lo que pasa es que está mal distribuida”.

 Lo que ocurre también es que en Colombia, según Castellanos, no existe una normatividad que reglamente —como sí sucede en Francia— el manejo de la comida que se desperdicia. “Porque el decreto 3075 de manipulación de alimentos contempla otros aspectos como la fabricación, el procesamiento, la preparación, el almacenamiento, el transporte o la distribución”.   

El padre de la Vega cree que, más que leyes, lo que le hace falta a una ciudad como Cali, con tanta gente que pasa hambre, es una Mesa de Seguridad Alimentaria. “Porque aquí se hacen unos esfuerzos particulares, algunos del sector público, otros del sector privado, de ciertos supermercados y empresarios; pero no existe una política clara para manejar el tema del hambre,  de quiénes son realmente esas personas que no tienen comida, saber dónde viven, de qué edades son. Uno escucha a muchos indigentes decir que en un mismo domingo reciben hasta seis desayunos, pero muchos otros caleños de la periferia  se lamentan de tener que pasar el día con apenas un vaso de aguadepanela”.

El sacerdote es claro en decir también que a veces  la caridad en esta ciudad parece más una pose: “gente del común que reparte comida ciertos días solo para tomarse foto y subirla a una red social. Entonces, a muchos les queda la sensación de que en Cali las cosas están bien, que no es necesario articular los esfuerzos para evitar que tantas personas no vean en el día ni un solo plato de comida”. 

Tantas personas como Rafael, un habitante de la calle de 54 años que en la mañana del pasado viernes paladeaba un trozo de sandía que había rescatado entre las sobras de una bolsa negra de basura, en una de las aceras de la galería Alameda. Ya en su mochila de trotamundos había empacado una mandarina de color verde brillante, algunas uvas moradas y un recipiente de icopor cuyo contenido era una sopa de pastas y verduras que alguien, seguro, había botado intacta. Sin siquiera haberla destapado.

      Tanta basura que no es basura, como  bien decía Viviana, la veterana operaria de aseo. Tanta comida en el lugar equivocado.

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