Burgos: Poeta, reportero cantor y ciclista

Burgos: Poeta, reportero cantor y ciclista

Mayo 13, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co I Por Medardo Arias

Álvaro Burgos fue un caballero del Siglo XVIII extraviado en Cali. Semblanza del amigo que se fue.

Pasó la mano por las ruedas de las bicicletas, para verlas girar. Eran sus juguetes favoritos dos ‘bicis’ europeas -una Bianchi Campagnolo y otra Peugeot-, con las cuales coronó en otros tiempos las metas de Estambul, Jamundí y la Recta a Palmira. Creo, había ido hasta Popayán en ellas, y lo creíamos, pues Alvarito tenía un corazón ancho, con un fuelle que le permitía no sólo correr como fondista, sino ‘entrenar’ como un piloto de carreras cada vez que iba a escribir una columna, una crónica, un poema, o a comenzar una novela.“¡Súbete, poeta!”, dijo animado en la terraza de su casa; había recibido ya el trasplante de riñón, y quería que pedaleáramos en esas bicicletas ahora estáticas. Debí estar 20 minutos ahí y descendí sudoroso, con el corazón a mil, mientras él avanzó por cuarenta minutos más, con el ojo puesto en el reloj, y bajó del galápago como quien corona el Alpe d’Huez en Francia.Habíamos tenido unos años 80 y parte de los 90 febriles; habíamos compartido fiestas, amores, aventuras, trasteos. Una de las experiencias más fabulosas era acompañarlo a un nuevo trasteo, en el cual indefectiblemente, debíamos cargar cajas y cajas de libros, circunstancias en las que aparecían poemas perdidos, originales de algún cuento, grabados y originales de pintores colombianos, óleos con las firmas de Édgard Negret, Cecilia Coronel, Lucy Tejada, Ómar Rayo.Conservaba las formas corteses de los viejos santafereños. Se esmeraba en el bien decir y el bien obrar, y mostraba con orgullo la callosidad del hombro salida en duras jornadas como carguero de la Semana Santa de Popayán. “Nunca la pedí -decía- aunque un día estuve a punto de explotar”. Pedirla, en buen payanés, es ‘rajarse’ en el carguío, pedir reemplazo, una de las peores cosas que puede ocurrir a un varón blasonado de tozudez en la procesión.Era payanés honorario. Ascendiendo por la calle de La Pamba nos deteníamos en las puertas, y Álvaro ponía sus nudillos en esa vieja madera de roble para saludar como si fuera un soldado del Lacio: “¡Pax vobis!” (la paz sea contigo), exclamaba. Desde adentro venían los abrazos como cascadas.La cocina como metáforaAl igual que Alejandro Obregón, que pretendía hacer un sancocho trifásico que se pareciera a una de sus obras, al menos en el color, Álvaro entraba en la cocina convencido de que ésta es una puesta en escena para las palabras. Sabía sazonar varios platos, pero el cimero era un pescado gratinado al que solía dorar en aceite de oliva. Mientras picaba cebolla y apuraba un vino, recitaba: “Sé que estoy vivo en este bello día acostado contigo… es el verano/ acaloradas frutas en tu mano/ vierten su espeso olor al mediodía./ Siento el sudor ligero de la siesta/ bebemos vino rojo./ Ésta es la fiesta en que más recordamos a la muerte…” En sus últimos días añoraba el tiempo en que fue hasta Chile en un carrito blanco. Visitó también Argentina, el pueblo de Santos Lugares, donde vivía su amigo epistolar, Ernesto Sábato. Sólo con las cartas que le enviaba el autor de ‘El túnel’ y muchos textos dispersos, podría armarse un libro póstumo en homenaje a este caballero del Siglo XVIII extraviado en Cali.La evocación de Santos Lugares, la memoria de un lugar en Buenos Aires llamado ‘El Palacio de la Papa Frita’ y la canción ‘Si vas para Chile’, lo ponían siempre al borde de las lágrimas. Bohemio, feliz, desmesurado, consciente de su talento, Álvaro cantaba bien y bailaba mejor. Le fascinaba el son cubano, y aun enfermo sentía cosquillas en los pies, cuando escuchaba ‘Hoy la rumba’, del Trío Matamoros. Una noche que aún recuerda mi madre, porque el eco llegaba hasta su habitación, escuchamos 36 veces ‘Niebla del riachuelo’, una tras otra, en varias versiones. Tuve la fortuna de vivir muy cerca de su casa, en sus últimos días, de comentar noticias, libros, películas. Antes del trasplante, su vida transcurría en medio de dolorosas diálisis. “Burgos Palacios… nacido en Bogotá…63 años…”, repetía hace tres un paramédico en su habitación, mientras alistaba la camilla para llevarlo de regreso al hospital. Lo vi descender llevado por los camilleros, escaleras abajo, repitiendo un poema mezclado con el delirio. “Llévenme a Nueva York”, pedía, “a Nueva York donde está el poeta…”, lo escuchaba con el corazón apretado, pues no sabía si volvería a verlo. La vida, la más de las veces, es tener con quién hablar. Extrañar es poco para referirme a Álvaro Burgos Palacios, inventor de la Cofradía de los ‘y Sojos’, el club de la entrañable amistad, en el que cabíamos todos sus amigos.Sin duda, un ser humano irrepetible, devorador de libros, enamorado de las liturgias más sencillas y significantes de la vida.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad