Barbería Nueva York, una vida en la cabeza de Cali

Agosto 24, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas
Barbería Nueva York, una vida en la cabeza de Cali

José Evis Toro, junto a una de las sillas profesionales Koke donde se corta el pelo en la barbería Nueva York. En el primer piso, el salón puede ser tan grande como un apartamento moderno.

Este lunes, se supone, se celebra el día del peluquero. Historia de la Barbería Nueva York, donde quedan varios peluqueros eternos y una ciudad detenida en el filo de unas viejas tijeras.

Cuando José Evis Toro aprendió a peluquear, Cali explotaba en llamas que salían corriendo de diez camiones cargados de dinamita que reventaron en la Calle 25 con Primera. “Fue como si el cementerio hubiera saltado al aire”, dijo un piloto que sobrevoló la ciudad ese día, el 7 de agosto de 1956. Más o menos por ese tiempo, con 18 cumplidos, en la peluquería que su hermano tenía montada en el barrio Cristobal Colón, José Evis atendía otros desastres que por ese momento también ocupaban la cabeza de los caleños. El corte Humberto era uno de ellos, un peluqueado espantoso que se había puesto de moda y consistía en tusarlo todo dejando un cogollo de pelo que sobre la frente y generalmente de medio lado, las víctimas peinaban en forma de mota. Un corte tan feo que no tenía riesgo de trasquilada y que el muchacho, necesitado en una casa con 16 hermanos, aprendió a hacer en una sola mañana despachando la fila de gente que había afuera del negocio y con la que se arriesgó luego de que el peluquero de la familia le entregara unas tijeras envueltas en una frase que rebanó cualquier miedo de principiante: “Eso no tiene ciencia. Cuando acabe cobra 80 centavos”. El 29 de mayo José Evis cumplió 76 años. Cortando pelo ha levantado cuatro hijos profesionales: dos abogados, un administrador de empresas y una licenciada en pre-escolar. Ha viajado fuera del país y pagó su casa. También se jubiló. Pero todos los días, sin embargo, sigue llegando a las siete de la mañana a los bajos del edificio Zaccour, Carrera Tercera con Once, pleno centro caleño, para cumplir con un turno que empezó hace 55 años, cuando consiguió trabajo en la Barbería Nueva York. No hace mucho una fonoaudióloga le dijo que tal vez por todo ese tiempo escuchando el aullido de los secadores y los ventiladores con que antes se espantaba el sofoco, es posible que desarrollara un principio de sordera. José Evis usa audífonos y dice que dejar de ir a trabajar es una idea que no le suena: “Tengo un cliente que empecé a peluquiar cuando tenía un año y ya tiene 53. Se llama Andrés”.En un artículo que escribió para la revista El Malpensante hablando de las peluquerías y los taxis como fuentes de historias, el escritor mejicano Juan Villoro dijo que “el ritmo narrativo de una ciudad depende de estas profesiones, que en forma complementaria ofrecen los relatos que se les ocurren a los sedentarios y los que se les ocurren a los nómadas”. Desde hace 68 años, la Barbería Nueva York funciona en Cali como una cápsula del tiempo donde entre afeitadas y bigotes despuntados se pule el recuerdo de una ciudad extinta, que cerca de 50 clientes diarios insisten en mantener viva cuando van a sentarse a alguna de las sillas Koke dotadas con cenicero en el apoyabrazos y dispuestas para el corte con los cojines casi tan abullonados como cuando llegaron en barco desde los Estados Unidos.El corte de pelo que hace 55 años costaba dos con cincuenta hoy vale nueve mil pesos. Carlos Molina, de 52 años, que va cada quince días para que le hagan la manicura, dice que la fidelidad de los clientes se explica por razones más importantes que el esmero que ponen en sus uñas: “Es un ambiente serio, de personas maduras y buen trato”.A las cinco y diez de la tarde del pasado jueves, la Nueva York, con dos cortes y una pedicura andando, no olía a lo que suelen oler las peluquerías de esta era donde algo salido de una mezcla de fijadores, cremas alisadoras, quita-esmalte, alcohol y pelo chamuscado, siempre tiene el mismo tufo. A esa hora, bajo un aire acondicionado ligero pero suficiente para olvidar el calor del día, olía al lejano humo del tinto que Patricia Arango, la administradora, le compró caliente a una señora que pasó vendiendo. A las gotas de ambientador y desinfectante del trapeador con que cada treinta o cuarenta minutos una aseadora repasa las baldosas de cerámica gris con vetas blancas sobre las que todas las sillas rojas (9 de corte, 4 de manicura, 3 de pedicura, 4 de la sala de espera) resaltan como gotas de sangre en una mota de algodón. Olía al olor de mi abuelo recién afeitado, regándose por todo el salón cuando José Evis terminó el corte de un cliente especial con dos toques de spray de Hugh Parsons, perfume inglés con aroma a limón y a madera, pero sobre todo a una época en que las rasuradas eran un ritual que se aprendía de generación en generación y no a través de futbolistas que mientras se afeitan sonríen en comerciales Full HD. Lo único que adentro de la barbería riñe contra el tiempo detenido es un televisor de pantalla plana que a esa hora en la pared cuelga apagado. En el aire limpio de laca, en vez de música estilizada o baladas de Yuri, suenan boleros. A las cinco y quince, Dos Gardenias para ti. La voz cubana que canta en el parlante parece ser la de Antonio Machín.Arturo Laverde, un quindiano de 70 años que trabaja desde hace 54 en la Nueva York, dice que aunque allí también se hacen cepillados para damas, tintes, pedicura y mascarillas, la especialidad de la barbería son cortes clásicos que desde su nombre anticipan la seriedad del estilo: El Argentino, El Militar y El Desvanecido, son el sello de un lugar donde la ciudad que afuera se dibuja en las crestas y cabezas rapadas de estos tiempos no acaba de acomodarse en el local. “Aquí ha pasado: la otra vez vino un tipo para que le hicieran tres rayas en la cabeza, se estuvo una hora y lo que le hicieron no le gustó. No pagó”.José Evis, con el pelo gris y esponjoso como nube de aguacero, dice que ya nada es como antes. Hace 40 años llegó un hombre con una solicitud urgente que para ese momento fue una extrañeza de patillas largas y copete inflado: quería el corte de Elvis Presley. “Pero ahora vienen pidiendo que los tusen a los lados, que les dejen una cola y uno lo hace porque a mí me gusta prestar el servicio, el corte de pelo es presentación. Lo que pasa es que vea, la otra vez vino un muchacho y me dijo que le metiera la cuchilla dos de la máquina eléctrica a los lados; yo le hice caso y cuando se vio, dijo que estaba muy bajito y me preguntó que cómo iba a quedar. Me tocó serle franco: pues peluqueado con la dos”.Eleonora, manicurista desde hace 40 años en la barbería, cuenta que por ahí, antes, pasaba toda la sociedad caleña. Vestida de delantal blanco impecable, los labios rojos y una pulsera tres-vueltas de perlas nácar en la mano derecha, Eleonora conversa sentada en los escalones que conducen al segundo piso, donde queda la sala de pedicura. En los tiempos de apogeo eso no era posible, a veces cerraban la puerta a las ocho o nueve de la noche y todavía quedaba gente en la calle esperando a ser atendida. En la Nueva York se arreglaba el alcalde y su familia. Dada su cercanía al antiguo hotel Alférez donde se alojaban los célebres visitantes, allí se cortaron el pelo El Cordobés y casi todos los artistas que llegaban a la Feria de Cali. Pastor López fue cliente así como el Negro Palomino, Pardo Llada, Pacheco, el actor Julio César Luna en su etapa de galán, el notario Cadena Copete y el arquero Miguel Calero, que en paz descanse. Por allí también pasaron los traquetos: El Grillo, Los Rodríguez y otros innombrables algunas veces dejaron generosas propinas en agradecimiento por haber limpiado sus manos de callos y dejado sus uñas brillantes. “Ahora la clientela es la gente de las oficinas de por aquí, abogados prestantes, pero después de las cinco se acaba el movimiento. Abrimos de lunes a sábado”, dice Eleonora mientras espera que aparezca un cliente.María del Carmen Godoy, de 62 años y 27 de servicio como peluquera, recuerda turnos de 12 horas y las consecuencias que ella cree le ha dejado tanto tiempo trabajando parada; en su caso, tres operaciones de juanete en el pie izquierdo y desviación de columna. Por eso ya no hace cepillados de mujeres. Aunque parezca un oficio noble, quienes empuñan unas tijeras para dedicar su vida a cuidar la imagen de otra gente, sufren padecimientos inocultables que paradójicamente nadie ve. Son pequeños mártires que ayudan a resolver los problemas más elementales y a la vez más grandes que frente al espejo se reflejan en el comienzo del día de algunas personas; no importa que los suyos deban esperar bajo el delantal del uniforme. Gustavo es un cliente de sesenta y pico de años que todos los días paga, por ejemplo, para que María del Carmen lo afeite sin falta a las siete y media de la mañana. Otro de los sellos de la Nueva York es un pasón de Piedra Alumbre por la piel recién rasurada para evitar la irritación.En un principio don Jesús, el fundador, solo contrataba hombres. Pero con el tiempo fue cediendo, no sin antes cerciorase a través de dos de sus barberos más antiguos, Samuel y Salamanca, que las señoritas que fueran a encargarse de su refinada clientela tuvieran pulso de cirujano con la hoja de afeitar. En la Nueva York hoy trabajan 15 personas: 5 peluqueros, 4 peluqueras, 4 manicuristas, la aseadora y la administradora. Hay quienes creen que desde que abrió, allí han sido contratadas al menos mil manicuristas.Don Jesús fue un barbero tan estricto en el orden del negocio, que entre sus peluqueros y peluqueras nunca se formó una pareja que terminara en matrimonio. La primera barbería, que se llamó La Nueva, quedaba frente a la Plaza de Cayzedo, en el edificio Lloreda. Allí tuvo un éxito que interesó al dueño del hotel de la esquina, que le propuso trato para que se mudara adoptando el nombre que en honor a la capital del mundo él le había puesto a su negocio de alojamiento. Ese fue el segundo bautizo de la barbería más antigua de la ciudad que aunque tras la muerte de don Jesús cambió de manos y hace cinco años atiende a la vuelta de donde siempre funcionó, sigue igual: con picadura de tabaco Captain Black ofrecida en el mostrador de la entrada. El nuevo dueño es un cliente de toda la vida.José Evis, que tiene cinco juegos de tijeras, calcula que en estos años ha hecho una clientela que va por los 500 nombres. Y aunque muchos se habrán muerto y otros viven lejos, piensa él, asegura que va sin falta a la barbería porque nunca se sabe: “Hay clientes que se han perdido años y de un momento a otro llegan buscándolo a uno”. Este lunes, en algún calendario de inventos comerciales se celebra el día del peluquero. José Evis dice que ese día son todos los días así que mañana él estará de pie, como todos los lunes, haciendo el trabajo que lo mantiene con vida: “Hace diez años estuve 15 días en la clínica por un infarto que me iba dando. Eso fue muy aburridor”.Con un poco menos de pelo, a veces la cabeza se refresca. La labor de un peluquero como él, como los de la Nueva York, de pronto no solo consiste en tijeretear y pulir, devastar y componer los remolinos que nos revuelcan el pelo, sino recordarnos de dónde venimos, peinarnos la memoria a través de un acto tan sencillo y a la vez tan complicado como seguir existiendo. Media hora después, José Evis termina mi corte con dos rociadas de Hugh Parsons en el cuello y la nuca. Antes de las siete de la noche, cuando todo empieza a oscurecer y la barbería se alista a cerrar, vuelvo a aspirar el recuerdo de mi abuelo.

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