Ayudar a los adictos de Cali es la misión de este ciudadano, ¿cuál es la tuya?

Ayudar a los adictos de Cali es la misión de este ciudadano, ¿cuál es la tuya?

Abril 28, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Alda Livey Mera Cobo - Reportera de El País
Ayudar a los adictos de Cali es la misión de este ciudadano, ¿cuál es la tuya?

Ayudar a otros a salir del infierno de la droga, es la misión de Henry Aristizábal Lago, el 'pescador de hombres'.

Ayudar a otros a salir del infierno de la droga, es la misión de Henry Aristizábal Lago, el 'pescador de hombres'. Sumáte también a #PorCaliLoHagoBien.

Hacer a todos los drogadictos el milagro que Dios le hizo a él. Ese es el primer pensamiento de Henry Aristizábal Lago al abrir los ojos todos los días: sacar a muchas almas de ese infierno, darles la mano para que salgan de  ese calvario y vuelvan tener paz sin drogas.

Lo anhela porque él lo vivió. Durante 20 años tuvo una doble vida. El   exitoso empresario imobiliario, egresado del Colegio Colombo Británico, administrador de empresas y con estudios en la Universidad de California, UCLA, probó las drogas por ociosidad,  se volvió un consumidor de cocaína que creía que podía manejar socialmente su consumo y cayó en ese pozo sin fondo de la adicción.

Henry lo perdió todo: su matrimonio con Josefina León,  los mejores años de la infancia de  su único hijo, que apenas tenía  3 años; los   amigos, su familia, todo. De empresario pasó a un adicto que ya no compraba una bolsita de $2.000 sino un kilo de cocaína para el mes. Una vez consumió $100 millones en un mes.

En los últimos cinco años de adicción, pasaba más tiempo debajo del puente de la Calle 25 consumiendo como cualquier habitante de la calle. Un día, desesperado, compró un seguro de vida de $400 millones con la idea de  quitarse la vida: era la única salida que veía. Para Henry ganar dinero era una pesadilla,  un martirio, que lo conducía a consumir más y más.

“Le entregué el seguro a mi esposa, dejé pasar los tres meses necesarios para hacerlo efectivo y me encerré con toda la cocaína, el basuco y el mercurio que pude y desafié a Dios, le hablé muy fuerte y hasta con palabras soeces y le dije que no tenía poder porque muchas veces lo había buscado y no me había ayudado.

Miré las drogas sobre el escritorio y le dije: ‘Este es mi brindis y te recomiendo mi alma porque si me voy al infierno, eres responsable de eso también’. Cogí el primer basuco para  coger fuerza y poder tomarme ese mercurio y...”

Henry se despertó a las 6:00 de la mañana del día siguiente. Abrió los ojos, vio el techo y el primer pensamiento que le vino a la mente fue: “Dios, me sanaste”. No volvió a sentir ansiedad ni deseo de consumir nada. Se fue a trabajar, volvió a las 7:00 de la noche y tampoco le provocó.

Pero como todavía no creía en el milagro que Dios había hecho en él, lo retó: “Te voy a probar, voy a dejar la droga ocho días aquí para ver si es verdad que ya estoy sanado, no la voy a botar por el baño porque qué tal que después quiera volver a consumir y no tenga...”.

Pasó la semana... y la prueba. La droga ya le era indiferente. Se asomó a la ventana y vio a uno de los que ya eran sus compañeros de vicio en la calle, lo llamó y se la regaló. “Vi la sonrisa en ese hombre y me dije: esa era mi alegría antes, pero ahora es otra porque ya tengo paz”, recuerda ahora en su casa.

Como un ángel, un amigo lo llamó para ayudar en la obra social Servidores del Servidor, para ayudar a habitantes de la calle,  adictos como lo  había sido él hasta  días antes. Fue por cumplir, porque le daba pena decirle al amigo que no. Henry pensaba volver a ser el esposo, padre, hijo y empresario de éxito que había sido y ya.

Pero allá  comprendió que lo que Dios había obrado en él, era más que un milagro. Era un don que le había regalado para pescar hombres para el Señor.

Y así, hace ocho años,  creó su Fundación Jesús, Pescador de Hombres, para  compartir su testimonio y así ayudar a otros, para hacer alabanza y dar gracias a Dios por ese rescate. “No se trata de llevarles solo comida, sino la palabra de Dios, la oración, para que obre en ellos como obró en mí”, argumenta Henry.

El líder empezó su repesca en la Calle 25 con Carrera 5a. Allí donde él había estado muchas veces preso del desasosiego por el vicio. Lo acompañaron seis personas, entre ellas su amiga Olga Velásquez, su esposa y la esposa de su amigo Mauricio Hincapié. Llevaron 15 desayunos y salieron ocho habitantes de la calle, que comieron ración doble. A los ocho días salieron 50 y después fueron más.

Ocho días después de su sanación, también se fue con su hijo, que ya tenía 8 años, a recuperar el tiempo perdido a una  finca en Silvia, Cauca. Compartieron delicioso y fue el niño quien le insistió: Papá, ¿por qué no invitas a mi mamá? Él  le respondió que tal vez ella ya no estaba interesada en reiniciar su vida de pareja. Pero el niño perseveró. Y tenía razón.

Henry y Josefina volvieron a salir como cuando eran novios y cuatro meses después reorganizaron sus vidas  y hasta se casaron con una linda fiesta pagada por sus  amigos y con 600 invitados. “Ya no nos casamos por razones sociales, sino por cumplir de verdad el mandamiento de honrar a Dios. Todo eso me lo regaló el Señor”, afirma Henry ahora.

Su esposa comenzó a compartir su misión con él y  han visto de todo. Solo unos sábados después de empezar, pasó una camioneta y al ver a los Pescadores de Hombres, se bajó alguien y preguntó:

 –¿Qué hacen?

–Aquí, trayéndoles alimento a los habitantes de la calle.

–Y yo, ¿en qué puedo ayudar?

Cuando Henry miró, se dio cuenta que hablaba con  el entonces alcalde Jorge Iván Ospina. Entonces le dijo que deseaba ver ese sector de las antiguas bodegas del Ferrocarril, limpia, accesible y recuperada para poder llegar a más habitantes de la calle que estaban escondidos en los viejos furgones abandonados.

Días después, llegó un operativo del Secretaría de Gobierno, Policía, Dagma, Emcali, y muchas entidades más que recuperó la zona. Eso le facilitó su misión.

Entonces Henry ya iba, micrófono en mano, y les hablaba de Dios a tantas vidas destrozadas. Ya ha perdido la cuenta de cuántos se han sanado milagrosamente, como él en estos ocho años. Solo el año pasado resucitaron a la vida de nuevo 66 personas de los que la ‘gente de bien’ mal llama desechables. 40 de ellos sirven los sábados, es decir, ayudan a llevar alimento a los que siguen sepultados en vida.

Mientras tanto, su esposa Josefina comienza a mostrar los videos con los testimonios de muchos recuperados. Un exsicario porque su papá le enseñó desde niño a matar y lo obligaba.

“Me confesó  que antes de sanar me quería hacer daño (asesinar), porque un día le eché agua bendita y comencé a orar y él a renegar; y le cantaba el canto ‘Renuévame Señor con tu espíritu’ y él maldecía: ‘qué, a mí qué me van a renovar’. Pero al tiempo  apareció en mi casa  limpio y transformado a pedirme perdón”, dice Henry.

Un profesor de lenguas que da su testimonio en perfecto inglés, un   economista,  muchos más. Pero, él que ve  milagros  todos los días, el sábado pasado vio lo que no lo había visto desde hace ocho años que pesca hombres.

Hace unos días arrimó a su casa a las 4:00 a.m. un joven que le pidió orar por él. “El hombre soltó su costal,  se arrodilló, le impuse las manos e hice una oración y se fue”, cuenta Henry.

El sábado siguiente llegó un joven  bien arreglado, con su esposa, sus dos niños y sus padres y dijo: ‘Vine  para decirles que sí se puede salir de aquí, Dios lo escucha a uno,  yo era el que vivía debajo del árbol, quiero darle las gracias a mi padrecito –así llaman a Henry los de la calle–, mi familia quiere conocerlo y agradecerle’.

Hasta ahí, todo era normal. Pero al final, el joven dijo: ‘Todos queremos darles las gracias y a contarles además que también venimos por mi hermano’  y se  acercaron a un joven que justo Henry  abrazaba en ese momento. “Esa familia  tenía a dos de sus hijos en la adicción, era sobrecogedor. Ahí lloraron todos y  el otro muchacho dejó ese costal y se fue con ellos”, cuenta el pescador de hombres.

Pero hay casos, como el de la joven  de Dagua, con  dos bebés,  que llegó hace poco a las 7:00 a.m. llorando por una oración a Dios ‘para que me alivie o  me lleve ya’.  Mejoró unos días, recayó y luego “tuvimos que ir con la Policía a sacarla de El Calvario y la internamos en la Fundación Yolima, pero me cuesta más de $700.000 al mes”, dice Henry, quien  pagó la mitad mientras consigue el resto.

Lo hizo porque “cuando alguien te dice: ‘ayúdeme a salir, no puedo más’, podemos decir que el 50 o 60 % de  su recuperación está garantizada.

Pero se estrella con dificultades como esa: que no hayan sitios dispuestos a recibirlos para rehabilitarse. Si tienen Sisben, no los acoge ninguna entidad. Solo Alcohólicos Anónimos le ha abierto cupos en una casa en Cali, otra en Palmira y en una finca en Pradera, pero no hay muchos cupos.

Henry vive de las donaciones de gente solidaria como don Juan Manuel Suso, que le dona Arroz Blanquita; dos empresarios azucareros que le mandan fríjoles, lentejas y garbanzos y envases para la comida y donaciones esporádicas de otras personas.

Pero nunca ha logrado apoyo de las entidades del Estado, pese a que tiene personería jurídica, a los resultados visibles y a que   ya fue certificado por el Sena como Operadores Comunitarios Terapéuticos.

Y cuando pide ayuda, muchas veces ha escuchado por respuesta: ‘Para qué les da comida, déles veneno para que acabe con esa gente’. Hasta tuvo que enfrentar una demanda. Un sábado llegó la Policía con una orden de arresto.

Pero cuando los agentes vieron su obra, al contrario, se pusieron a ayudarle a repartir las comidas y llamaron a su superior diciendo: “Mi coronel, ojalá hubiera más personas como él, así no tendríamos tanto problema”, seguidas de las disculpas del oficial: “Disculpe, fue un error, siga sirviendo en nombre de Dios”.

Por eso su sueño es que el Estado le asigne una finca, donde él pueda implementar muchos programas terapéuticos, deportivos, formación técnica y una granja de autobastecimiento y la atención integral a esas ovejas perdidas en el abismo infernal de la droga. Por ahora, sigue pescando hombres apoyado solo  con la fe en Dios.

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