Así fue como la Avenida Sexta de Cali pasó de zona rosa a zona roja

Así fue como la Avenida Sexta de Cali pasó de zona rosa a zona roja

Abril 03, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Felipe Salazar Gil | Reportero de El País

Los comerciantes tradicionales que quedan en la que fue la zona rosa emblemática de Cali dicen que este es ahora un corredor de nostalgias. Inseguridad, drogas y prostitución ahora priman en el paisaje.

Hace mucho tiempo que la Avenida Sexta dejó de ser la zona rosa de Cali y su color, como la peor de las metáforas, se deslució tanto hasta convertirla en una zona roja. 

Atrás quedaron las fuentes de soda, los cafetines, las colas para ver ‘Prisionero de Guerra’ y ‘The Delta Force’ de Chuck Norris en los teatros Calima y Bolívar y los paseos de las jovencitas que eran admiradas por los hombres que tomaban café y al mismo tiempo acomodaban sus cabellos despeinados por la  brisa de las cinco de la tarde. Tampoco están ya las casas antiguas de techos altos que pintadas de tonos asalmonados fueron  la inspiración  del mote de ‘la zona rosa’ de Cali.  

Cuenta Remo Balocco, administrador desde hace 32 años de un restaurante que lleva su apellido, que “este sector era una delicia, se veían familias enteras caminando día y noche, como si no se quisieran ir a la casa. En las tardes, el plan era caminar por toda la Avenida, comer algo y seguir viendo pasar la gente; sobre todo a las mujeres, que usaban vestidos coloridos y elegantes”. Lea también: Avenida Sexta quiere recuperar su brillo ante anuncio de desmonte de Ley Zanahoria

Remo, quien administra Balocco con su hermano Livio, recuerda cómo a mediados de los 80 en sus mesas estilo art déco no era raro encontrarse con Faustino Asprilla, Miguel Ángel ‘Niche’ Guerrero o Albeiro ‘Palomo’ Usuriaga, comiendo el plato del día. En el caso del América, el equipo pagó a Balocco la alimentación de sus futbolistas de reserva e inferiores hasta 1996, cuando cayeron por 2-1 contra de River Plate en la final de la Copa Libertadores. Ese fue el último año que allí se vieron caras conocidas del fútbol.

Paso a paso, la Avenida Sexta es un anecdotario del pasado. Uno que se va viendo en las palabras de la gente y también en las formas de las cosas. Hasta los andenes hablan con sus grietas, pues el granito rosado que se instaló en el piso hace más de veinte años hoy luce grisáceo y resquebrajado.

Lo mismo pasa con las 76 barandas metálicas rojas, las 53 bancas de cemento y las 72 columnas revestidas de mármol que hay entre la Avenida 4N y la Calle 20. En su momento, esas columnas alojaron lámparas y teléfonos monederos, pero hoy no hay más de cinco bombillas y uno que otro teléfono. Todos esos elementos  no aguantan otro rayón y huelen a orines.

  Carlos Ríos, quien desde hace 28 años se gana la vida lustrando zapatos y cuidando motos en la Calle 18, dice  que esto no solía ser así. “La Sexta tenía encanto, romanticismo. Había muchas boutiques y almacenes exclusivos, la gente siempre andaba bien vestida y el que se ponía jean era un gamín”.

También recuerda la época en la que solía recoger hasta 60 mil pesos en un día solo sacándoles brillo a unos cuantos zapatos y cae en cuenta de que hoy solo alcanza a recoger 10 mil pesos en la mejor de sus jornadas.

[[nid:523136;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/04/deterioro-av-sexta.jpg;left;{A pesar del nuevo horario de rumba, los negocios de a Avenida Sexta carecen de demanda. Foto: Jorge Orozco | El País}]]Justo a unos pasos del puesto de Ríos yace el ‘cadáver’ de uno de los hitos de la Sexta: el Oasis, ese ‘drive in’ en el que se comía perros calientes, hamburguesas y malteadas. El lugar que dejó el inolvidable sabor del pollo apanado con papas a la francesa en el paladar de Lyda Gil, tanto que recuerda cómo al salir de su trabajo en el Centro de Diagnóstico de Sameco solo añoraba tener los dos mil o tres mil pesos que costaba ese pollo servido en una pequeña canasta de mimbre.

Allí, donde se podían ver los mejores carros de Cali y a los ‘cocacolos’ planeando dónde rumbear.  Ese sitio, en el que se flecharon parejas como la de Miriam Rojas y Humberto Pérez cuyo amor duró cuarenta años intacto, hoy es tan solo una memoria perdida entre los huecos del techo, los taburetes partidos y la basura que arrastran los carros que atraviesan la avenida.

Años más tarde se acabaría el Dari Frost de la Avenida Estación, que empezó a vender helados con salsa de fruta el 19 de diciembre de 1955. Cuentan que la fatídica tarde que el primer Dari de la ciudad cerró sus puertas, las máquinas, como negándose a morir, siguieron botando crema sin cesar, por lo que hubo una hora feliz de helado gratis.

 Un negocio que ha perdurado a pesar de las probabilidades es Brisas de la Sexta, el grill donde Tulio Zapata se tomó su primera cerveza tres décadas atrás, cuando solo tenía dieciséis años.

Allá, en la esquina de la Calle 16, sigue la droguería Ibérica, donde pocas cosas han cambiado desde que  empezara a vender medicamentos y preparaciones. Allí todavía se exhiben  agujas, esterilizadores, jeringas y un estetoscopio antiguo, que reposan en las mismas vitrinas blancas de metal y vidrio que se compraron hace 40 años para renovar los viejos boticarios de madera.

Diógenes Mosquera, quien trabaja desde hace 28 años en la Ibérica, asegura que sus manos y las de sus tres compañeros inyectaron  a  personas como  Amparo Grisales, los hermanos Rodríguez Orejuela y hasta Diego Armando Maradona. Dice que de haber tenido una cámara fotográfica, las paredes estarían llenas de instantáneas con celebridades.

 En esa época, el narcotráfico ya se había asentado en la Sexta y había cambiado las casonas antiguas y de techos altos por construcciones brillantes de dos y tres pisos. Entonces, como en la actualidad, era más fácil conseguir marihuana, coca, prostitutas y travestis, que una cajetilla de cigarrillos.

Diógenes dice que la decadencia de este corredor se remonta a los años 90. Y no olvida aquel  29 de octubre de 1996, cuando la inseguridad se había apoderado tanto de la Sexta, que dos hombres en una motocicleta se bajaron y lo ataron a él y sus tres compañeros para robarles la venta del día. Eso los obligó a cambiar el horario de cierre de las 11:00 p.m. a 9:30 p.m.

   “Después se llevaron los desfiles y todos los atractivos de la Feria para el Sur y le terminaron de dar el golpe de muerte a la Sexta. La gente no volvió y todos los días vemos que los negocios cierran porque no pueden vivir. Los que nos sostenemos es porque entablamos contratos con empresas”, asegura Mario Agudelo, administrador de La Aragonesa, la panadería que le vende el pan francés a Crepes & Waffles y ha sabido sortear el ocaso de la Sexta desde hace 31 años.

Sin embargo, hay casos como el de  Ana Milena Martínez, quien hace tres semanas cerró una sede de El Desbarate porque en cuatro días alcanzó a ganar solo 10 mil pesos arreglando dobladillos y pegando cierres.

Las cuentas siguen sin cuadrar, por lo que ha recurrido a los ‘gota a gota’ para cumplir con sus cuotas en los bancos y pagar servicios. La máquina de coser Pfaff que heredó de su abuela guarda en uno de sus cajones millón doscientos en recibos.

Pero otras cosas no mueren. Una tarde cualquiera, recorriendo las veintiocho cuadras de la Sexta es posible encontrarse con un grupo de jubilados que en el Café Gardel, en la esquina de la Calle 13, bajo un parasol vinotinto, capuccino en mano y escuchando tangos, todavía acuden a esa vieja avenida, para ver  las mujeres, y sus recuerdos,  pasar.

Los líos de la noche Para Alejandro Vásquez,  asesor de la Alcaldía en temas de la noche, en la Avenida Sexta  “la ilegalidad y el deterioro en la oferta nocturna  acabaron por dañar la rumba sana que se vio hasta los 80. De las 25 discotecas que había  entre las calles 16 y 19, pasamos a no tener ni 10. A esto hay que meterle más seguridad e iluminación, porque ni siquiera se puede caminar en la noche sin miedo a ser atracado”.

[[nid:523134;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/04/sexta-deterioro.jpg;full;{Por este corredor de la rumba hay gran cantidad de prostitutas y travestis. Foto: Jorge Orozco | El País}]]

La apuesta para recuperarla

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