Así firmaron la paz los colegios Antonio José Camacho y el Santa Librada

Marzo 09, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Luz Jenny Aguirre Tobón | Editora de Entorno
Así firmaron la paz los colegios Antonio José Camacho y el Santa Librada

César Augusto Ocoró Lucumítiene 52 años. Es el sexto de siete hijos. Nació en Cali e hizo gran parte de sus estudios en el Cauca. Es licenciado en Bioquímica. Inicialmente trabajó en colegios privados y luego pasó a dar clases de química en el Antonio José Camacho. Eso fue hace 25 años. Después fue coordinador y desde hace diez años es el rector de la institución.

César Augusto Ocoró, rector del Antonio José Camacho, fue premiado como Rector Compartir por liderar una estrategia para mejorar la convivencia entre ambas instituciones, enfrentadas históricamente.

¡Una foto con el Profe! ¡Vení!...Y en segundos ya era una docena de alumnos posando sonrientes al lado de César Augusto Ocoró Lucumí.-¿Para qué es la foto? Ah... ¿por lo del premio? Bacano, Ocoró es bien. Diga eso, que él es bien, diga que yo dije...Y el muchacho sale corriendo. Cuando se es adolescente, como aquel, no se suele ser tan gentil con el rector del colegio en el que uno estudia. Ocoró camina hacia su oficina para dar esta entrevista y al tiempo va tocando cabezas, saludando con la mano, llamando al coordinador a ver por qué hay tanto muchacho afuera de los salones. Ahora sí, dice, pregúnteme. Abre el diálogo con una sonrisa muy blanca que no lo abandona. Hace apenas unos días recibió el premio Compartir al Rector de Cali, junto al directivo del colegio Ideas, Jahuira Duque. En el auditorio del Centro Cultural Comfandi se aparecieron alumnos, padres y docentes a hacerle barra, convirtiendo aquello en un momento inolvidable. Lea también: Paz y ecología, la apuesta modelo de dos rectores caleños reconocidos por Premio Compartir¿Qué habrá hecho el sonriente Ocoró para que esto pasara? Los documentos del premio Compartir hablan de un proyecto llamado Calibra, hacen referencia al fin de las peleas entre los alumnos de su colegio, el Antonio José Camacho, y su vecino, el Santa Librada. Entonces uno se acuerda de que cada rato los estudiantes de ambas instituciones la emprendían a piedra unos contra otros en plena Calle 5 o Carrera 15. Que de cuando en vez dañaban los buses del MÍO y que por eso había trancón. Comienza la charla.¿Qué significa para usted la escuela pública?, esa de la que siempre se habla mal, como usted dice...Mire, los niños de los colegios privados tienen en su mayoría un elemento a favor y es el recurso económico casi resuelto. Eso les da algo de ventaja. En el sector oficial tenemos niños que llegan con el sueño de mejorar su calidad de vida, sin que anhelen ser los multimillonarios del mundo, sí quieren ser mejores personas y aportar a su comunidad. El niño del sector oficial es mucho más agradecido de lo que se le aporta en su formación y llega con ganas de que le demos abrigo en lo emocional. En el sector oficial pasan muchas cosas buenas, lo que pasa es que no siempre las decimos. Los medios se escandalizan con cualquier cosa negativa que proviene desde este lado y muchas veces desde los colegios privados tienen la política de no contar esas cosas que también les pasan. Como cuando el Camacho salía en las noticias, porque los estudiantes peleaban a piedra con los del Santa Librada...Las peleas emblemáticas eran entre el Camacho y el Santa Librada, pero eso en realidad ocurría en toda parte y nadie se daba cuenta. Tal vez esto es por nuestra ubicación en la ciudad. En esto los chicos nos dieron una gran lección. Después de mucho reunirnos docentes y directivos a tratar de encontrar soluciones, una vez hubo una reunión en un coliseo y un alumno propuso el ejercicio de ver qué nos unía y qué nos separaba como instituciones y era mucho más de lo primero. Ese fue el comienzo para buscar una buena convivencia. Tuvimos muchas situaciones duras que enfrentar. Luego hubo un momento crítico en que nos reunimos en la biblioteca del Santa Librada con los chicos, había incluso un enfrentamiento externo y en esa reunión llegó el momento en que los dejamos solos. Allí se conformó el grupo Calibra que significa Camacho y Santa Librada.¿Cuál era el origen de ese enfrentamiento histórico?Los del Camacho inventaron que su emblema era la biblioteca, porque tenía una reja muy especial, con labrado y tintas de no sé qué cosa, y el Santa Librada tenía el águila. Un chico de uno de los colegios pelea con otro y llaman a los demás y dicen, vamos a dar piedra. En una de esas se meten con la amada biblioteca o rompen el pico de águila. Son historias, claro, como la del florero de Llorente. Investigué y al parecer el águila tenía el pico quebrado hace 50 años (risas). Dentro de lo jocoso que pudiera ser, también era preocupante, eran enfrentamientos fuertes y había agentes externos aprovechándose, amigos de los amigos, gente de la calle, del microtráfico. La Secretaría de Educación tuvo que apoyarnos, dada la gravedad.¿Y qué hicieron?Empezamos a ver cómo manejar y resolver los conflictos con la participación de los alumnos. Si había un problema entre dos estudiantes no tenían que meterse los siete mil alumnos a pelear. Y empezamos a mediar, ¿por qué le pegaste? ¿qué pasó? Muchas veces el problema era en el barrio, no en el entorno escolar. La solución empezó a darse cuando los que se sentaban a pensar en qué hacer no eran solo los docentes y directivos, sino los propios muchachos.¿Qué hace Calibra?Por ejemplo, participar en charlas sobre cómo resolver los conflictos, incluyendo a los padres de familia. Había trabajo cultural y deportivo, pensando en cómo ocupar el tiempo libre. Las relaciones entre ellos cambiaron muchísimo y empezamos a tener olimpiadas del saber conjuntas. Hacíamos trabajo de formación política, saber de mis derechos y deberes. La universidad del Valle y el IPC pusieron todo su equipo a disposición nuestra: danzas, pintura, dibujo, lo que quisiéramos. Hoy hay una familiaridad entre los colegios, no hay ese temor, porque además nos dimos cuenta de que mucha gente externa estaba aprovechando el conflicto. Había robos cometidos por gente con nuestros uniformes y no eran los muchachos, sino alguien externo y ese era un elemento para enfrentarse al otro día. ¿Hace cuánto se no se dan las pedreas?Diría que hace unos cuatro años. Las generaciones nuevas que están llegando además tienen otro sentido, se unen y logran cosas, como mejorar los refrigerios escolares o las tarjetas del MÍO.¿Cómo manejan los conflictos internos y problemas como el matoneo?Con Calibra también tenemos la estrategia de mediación escolar. Les enseñamos que ellos son parte del problema y de la solución. Construimos juntos para la comunidad. La escuela debe ser garante de los derechos humanos. Si hemos cometido el error en Colombia de estar más de 50 años sin sentarnos y ahora alguien dijo ‘vamos a hablar’ y se ha logrado ese diálogo, ¿cómo no lo va hacer la escuela? Así hemos logrado altos niveles en el Icfes. Somos una de las cinco mejores instituciones educativas de la ciudad desde hace rato. Estamos en nivel superior en las pruebas Saber y eso que somos un colegio técnico industrial, donde mucho de nuestro tiempo se va en la parte técnica.Ocoró sigue conversando y advierte que no nos confundamos, que no significa que ahora todo sea un paraíso en esta institución de 3600 alumnos. -Pero con todo, la vida aquí ya es otra cosa, explica.Cuenta con orgullo que hay familias de zonas muy alejadas, como de los corregimientos de Jamundí, que se dan la pela para tener su hijo en el Camacho y que eso pasa porque la gente le tiene fe al colegio y cree que vale la pena estudiar allí. Confiesa que no quiso ser docente, sino que entró a Licenciatura en Bioquímica queriendo pasarse algún día a Medicina. Pero una cosa llevó a la otra y aquí está. En medio de las angustias propias de su día a día, afirma, lo sorprenden a veces en la calle abrazos de exalumnos a los que ya no reconoce.-Me dicen “profe, mire, ¡ahora soy un profesional!”. Eso no tiene precio, por eso es que uno se siente feliz con lo que hace.

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