Así es la fábrica de ataúdes 'ecológicos' que opera en Cali

Así es la fábrica de ataúdes 'ecológicos' que opera en Cali

Abril 14, 2016 - 12:00 a.m. Por:
José Luis Carrillo | Reportero de El País

Los hace Guillermo Castillo con bagazo de caña y cascarilla de arroz. Ha vendido más de cinco mil, muchos de los cuales vienen con figuras, como los escudos de equipos de fútbol.

[[nid:526655;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/04/ataudes.jpg;full;{En apariencia, los ataudes ecológicos son muy similares a los convencionales, sin embargo, no se utiliza madera para su elaboración. El material se elaboró con resinas empobrecidas, bagazo de caña, cascarilla de arroz, fique y cerca de 140 productos más. En su 99 % es biodegradable. Soportan hasta 250 kilos de peso. Fotos: Oswaldo Páez | El País}]]

La industria de los cofres fúnebres  tiene su lado ecológico. Uno que se moldea con bagazo de caña, fique de cabuya y cascarilla de arroz. Se trata de los ataudes ecológicos de  Guillermo Castillo, quien asegura que  los  elabora  sin talar un solo árbol.   

“Somos la única empresa en Cali que construye  ataudes ecológicos. No utilizamos madera ni puntillas para fabricarlos y ya pensamos en bisagras de cuero para sustituir las actuales de metal.  Nosotros los elaboramos con una fibra que contiene 140 productos naturales, el principal es el bagazo  de la caña, la fórmula la creamos nosotros”, dice Castillo mientras muestra la documentación con la que busca patentar su producto. 

Cinco kilos de material se  necesitan para construir la caja mortuoria. Es un trabajo meramente artesanal, donde la maquinaria eléctrica no es necesaria. Solo se trata de verter sobre un molde la sustancia, fundir, esculpir  y listo. Pese a su tamaño, el cofre fúnebre es rígido y la fuerza de un brazo basta para alzarlo.

 Dice que cada caja puede soportar hasta 250 kilos de peso, suficientes para contener  hasta al más pesado de los  humanos. 

La idea de este cofre fúnebre  no surgió de la noche a la mañana; es, lo que se podría decir, una combinación del conocimiento  heredado de dos generaciones en la industria de la carpintería y de la experiencia como obrero de construcción en Europa de Guillermo Castillo. 

“De mi familia heredé el negocio, un taller para la construcción de ataudes, desde niño viví en ese entorno. Después la situación se puso difícil en el país y viajé a Europa  a buscar una mejor fortuna. Fue duro, trabajé en la construcción, pero allí aprendí sobre el uso de los materiales. Ellos utilizaban los desechos del olivo para construir unas láminas rígidas que empleaban en las construcciones”, explica Castillo.

 Recorrió Francia, España y Portugal aprendiendo más sobre el uso de esos materiales y con la idea ya moldeada retornó a Colombia.

 “Ellos solo hacían láminas, como de tabla,  yo me dije: debe  haber una manera de que sean más resistentes y poder elaborar un ataúd. Ya en Colombia y después de tanto ensayo y error, de horas de trasnocho, perfeccioné el concepto”, dice don Guillermo, mostrando  un cofre fúnebre para niños que aún conserva en el escritorio de su taller. Fue su primer modelo  exitoso. ¡Eureka!  

    A la fecha, sostiene, ha construido 5000 de estas cajas mortuorias. Sin decir nombres, asegura que inclusive ha tenido pedidos desde la Costa Atlántica donde su producto es muy apetecido por juglares de la música  vallenata. 

“Resulta que la fibra permite moldear figuras religiosas en la tapa de estos ataudes en corto tiempo y esto les atrae mucho a los clientes de esta zona del país”, comenta.

[[nid:526653;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/04/ataudes-3.jpg;full;{El material se elaboró con resinas empobrecidas, bagazo de caña, cascarilla de arroz, fique y cerca de 140 productos más. En su 99 % es biodegradable. Foto: Oswaldo Páez | El País}]]

 Y es que con  solo pasear por este taller se puede constatar que los gustos, inclusive para después de la muerte,  son tan variados como una  tienda de dulces. 

       Hay figuras talladas que van desde La Última Cena, de Leonardo Da Vinci, hasta equinos briosos y paisajes rurales del Valle del Cauca.

Estas figuras salen de un molde donde se vierte el material, posteriormente se pule con lija en mano y se pinta si es necesario. A  golpe de ojo se podría jurar que se trata de  madera tallada, pero no es así. 

 También varios de estas cajas mortuorias tienen  en sus tapas escudos de equipos de fútbol como el Deportivo Cali, Atlético Nacional y América. 

“Algunos dicen que es  de mal gusto, ordinario,  ponerle una calcomanía a un ataúd, pero nosotros lo hicimos. Y a mi criterio no se ve mal. Si usted desea, puede traernos la imagen en vida del difunto que nosotros se la estampamos en el féretro. Esta innovación se utiliza mucho, sobre todo, cuando la persona que falleció tuvo un accidente que afectó su apariencia y prefieren quedarse con una mejor imagen”,  explica.

Un promedio  de 48   horas de trabajo  hombre y al menos la madera que pueda suministrar un árbol se necesitan para construir un ataúd tradicional. Para ello es necesario contar con las herramientas  y un bien dotado  taller donde se pueda cortar, pulir y tallar el noble material. 

Los precios varían según el tipo de madera: cedro del Caquetá, amarillo y pino para los cofres más lujosos; zajón y atobo para los más modestos. 

  Los ataudes de Guillermo Castillo se construyen en ocho horas hombre  y no necesitan de herramienta especializada que requieran de  energía eléctrica. Eso sí, ambos se asemejan en su valor. Uno sencillo, sin mayores adornos u ornamentos puede comprarse en $280.000 y los más elaborados hasta los $1,2 millones. 

 “Muchos de estos cofres los compran directamente las funerarias y los incluyen dentro de sus paquetes comerciales. Pero hay también quienes en vida los compran directamente con nosotros. Algunos por razones ambientales, otros por los diseños que podemos moldear o estampar”, explica este artesano, que brinda trabajo a ocho personas en la elaboración de este producto.  

  Dice que al igual que un ataúd de madera el suyo lo absorbe la naturaleza en un lapso  menor a los cinco años. “Sale totalmente desbarato en este periodo de tiempo, que es cuando los restos mortales son trasladados a una urna familiar”. 

 Ahora, este hombre que busca innovar con sus ecológicas  cajas mortuorias   busca un socio que le permita exportar su idea a otros países. 

 “El ataúd es como un vestido,  el que lo usa no le ve, pero es la última imagen de nuestros seres queridos cuando mueren, por eso muchos lo quieren hacer de forma especial y sobre todo respetando el medio ambiente”, concluye Castillo, quien asegura que  busca otras formas de emplear su material, como por ejemplo, en la construcción de mesas y objetos de la vida cotidiana.

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