Amores que matan

Junio 26, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas

En Cali, durante los últimos cinco años, casi 500 personas intentaron suicidarse aduciendo conflictos de pareja. ¿Acaso amar es perjudicial para la salud? Historia de corazones rotos.

Entonces le dijo que se iba. Así no más: “Me voy. Me cansé de no quererte. Finalmente nunca pude. Sí, prometí intentarlo pero me rindo: no te quiero y no te voy a querer. Perdona. Tu siempre fuiste un buen hombre, pero prefiero que lo sepas. Conocí a alguien. No se si él me ame, pero yo sí. Supongo que el amor es así. Adiós para siempre”. La nota está escrita en una servilleta. Y la servilleta, doblada en cuatro partes, está guarda en una caja de zapatos bajo la cama de la mamá de quien recibió la nota. El papel ha sido arrugado una y otra vez, pero aún puede leerse. Lo firma una tal Patricia.El mensaje estaba dirigido a un tipo de 35 años, alto como árbol, con la mandíbula cuadrada y la nariz larga y puntiaguda como la de esos príncipes tristes de los cuentos infantiles. Afeitado y vestido con otra ropa, tal vez se vería así, como un príncipe. Es rubio y el cabello le cae sobre la frente. Su piel es rosada y tiene una dentadura que parece salida de un aviso de dentífricos. Habla tres idiomas y antes montaba a caballo; también cantaba opera. Pero ya no.Hace un tiempo que sólo permanece recostado en una silla mecedora, cubierto con una manta que le cubre hasta el pecho, tomando el sol junto a una ventana de su cuarto. La casa queda en un exclusivo sector del sur de Cali. A las afueras crecen flores: rosas rojas, blancas, amarillas, que la mamá cultiva. Pero aquello es ignorado por el príncipe triste. Como otras tantas cosas. Sus días, si pudieran resumirse, transcurren en una dimensión que gravita entre la oscuridad, el sueño y la inconsciencia producida por calmantes y antidepresivos. Hace dos años, cuando leyó la nota de despedida de su esposa, el tipo quiso morirse y se tomó varias onzas de raticida. Los médicos lo salvaron pero perdió la vista. En su caso, eso de que el amor es ciego, es más que una metáfora.***Ahora Ele lleva las muñecas tatuadas. Son unos brazaletes que le dan la vuelta a ambas manos dibujando una secuencia de olas de mar. La tinta es negra y entre al agua embravecida se asoman las aletas de dos delfines. Lo de los animales tiene una razón: Ele, una profesora de baile retirada que vive en Siloé, dice que cuando se desmayó después de cortarse las venas, se soñó siendo arrastrada por delfines que la sacaban de una turbulencia en la que se hundía. Todo eso pasó hace tres años. Ella, una jovencita con cuerpo de sirena, trató de acabar con su vida mientras estaba sumergida en un tanque de agua sobre la terraza de su casa. Los delfines fueron sus hermanos que la rescataron. Y por eso el dibujo sobre las cicatrices. A ellos les ha explicado que lo de la turbulencia, como si fuera lógico, fue aquel amor perdido. Arrebatado.La pérdida no es retórica. Sus hermanos cuentan que ella era feliz con un novio. Tenían uno de esos romances de película donde él le llevaba chocolates, le escribía grafitis con corazones atrevesados por una flecha y le dedicaba serenatas. Se iban a casar. Pero un día, saliendo de la casa de ella, al enamorado le pegaron un tiro por robarlo. Parece una escena de Corín Tellado pero la juran cierta: el disparo le entró en medio del pecho. Un mes después, convencida de que se encontrarían en algún lugar del más allá, la chica buscó la muerte. ***A.O., su mejor amigo, dice que D sigue siendo un suicida en potencia. Y que por eso no es raro verlo beber y drogarse como si una y otra cosa fueran a acabarse esa misma noche. En los últimos meses, el cuerpo del chico se convirtió en una suerte de caneca de basura a la que son arrojadas sustancias que ya tendrían que haberlo derrumbado. A.O. piensa que su amigo quizás no ha muerto porque debe aprender una lección. Pero quizás no lo haga. Todo empezó hace un año cuando D, recién graduado del colegio, se mudó a una unidad residencial del nororiente y conoció a una muchacha y se enamoró y los padres se opusieron y hubo amenazas y lágrimas y golpes y encierros. Entonces un día ella le propuso que viajaran a un sitio donde no los pudieran encontrar. Juntos, tendidos en la terraza de un edificio, decidieron inyectarse un insecticida bajo la luz de la luna. Ambos se salvaron. Ella perdió un dedo de la mano izquierda. Él, después de varios días en una casa de reposo, fue ‘exiliado’ por sus papás a los Estados Unidos. La entrevista con A.O, un músico con atuendo de rockstar, fue hace una semana. Dos días antes de escribir este artículo, él se enteró de que su amigo había sido recluido en una clínica del sur del condado de Miami-Dade, como consecuencia de una sobredosis; tuvo un paro cardíaco. El corazón, entre otras cosas, es un músculo terco.Poco saben que junto a ellos, en los últimos cinco años, cerca de 500 personas intentaron quitarse la vida en Cali aduciendo razones relacionadas con un conflicto de pareja. En el 61% de los casos contabilizados, los intentos de suicidio se llevaron a cabo a través de la exposición a agentes tóxicos. Pero también se registraron ahorcamientos, cortes, disparos. En esta ciudad a la que llaman Sucursal del Cielo, alguna gente insiste en buscar el paraíso en otra parte. ¿Acaso amar puede ser perjudicial para la salud?Espérame en el cieloAunque los registros de casos de suicidio que lleva el Hospital Universitario del Valle, HUV, no son propiamente alarmantes, tampoco son un asunto menor. Entre el 2004 y el 2009, 1.001 personas intentaron terminar con su vida. Cada mes, en promedio, se han dado 20 casos. Y el 20% han tenido como causa una pena amorosa. El último hecho sucedió el pasado 12 mayo. Alexandra Montilla y César David Quilindo se encerraron en las Residencias Palmetto, en el barrio Obrero, para tomarse un veneno que aún no ha sido determinado por las autoridades. Ella tenía 16 años y él 21.Edison Montilla, el padre de la chica, cuenta que habían sido novios desde el 2006 y que, contrario a las especulaciones, ella no estaba en embarazo, ni le había sido prohibida la relación. “Pero sí habían tenido problemas. Habían peleado varias veces, yo la vi llorar y con ganas de terminar, pero siempre volvían. Él le había dicho que si lo dejaba, se mataba”. En una de las paredes de la habitación 306 quedó una leyenda escrita sobre una nube y un sol flaco: “Mil disculpas a todos. No nos olviden”.Más de la mitad de los autoataques son llevados a cabo con la ingesta de tóxicos. En su orden: pesticidas, raticidas, insecticidas, antidepresivos, anticombulsionantes y tranquilizantes. Lo que no existe son patrones de edad. No al menos uno común. Sin embargo el doctor Henry Valencia, director de la Unidad de Salud Mental del HUV, hace hincapié en que el 30% de los intentos ocurren en adolescentes entre los 14 y 18 años. Y que cada día hay más consultas. Sobre todo de padres preocupados por sus hijos.“Las rupturas son el segundo evento catastrófico emocional revisado en siquiatría. Generan síntomas depresivos que pueden llevar a una pérdida de autonomía, de funcionalidad y de deseo de vivir”. Sí, el amor, o más bien el desamor, puede llevar a la muerte. El problema es que nadie sabe qué tanto.Carlos Miranda, subgerente científico del Hospital Siquiátrico del Valle, dice que aunque nadie lleva estadísticas los casos aumentan. Allí, donde mensualmente son atendidos 800 pacientes con síntomas depresivos, el 50% de esos usuarios llega argumentando un conflicto de pareja. Y el 40% de éstos, con ideas suicidas. A partir de las estadísticas la imaginación hace cálculos: en esta ciudad cada mes hay tantos despechados con deseos de quitarse la vida, que si se juntaran llenarían una sala de cine. La escena recreada, claro, es de una película de terror. Pero la realidad puede ser aún más perversa. Maurix Rojas, toxicólogo del HUV, tal vez el hombre que lleva el registro más detallado de los intentos de suicidio, cuenta de mamás que han tratado de matarse y matar a sus hijos. De acuerdo con sicólogos, un comportamiento aberrantemente clásico entre mujeres agredidas o abandonadas que intentan hacerle daño a su pareja a través de la eliminación de su entorno familiar. En los últimos dos años se presentaron tres casos. La sicoanalista Gloria Hurtado cree que mucho de eso tiene que ver con un problema cultural. Con la forma en que hemos aprendido a amar. Las personas, hace caer en cuenta ella, son “amoradictas” que piensan que sin alguien a su lado no podrán ser felices. Y cuando llega la ruptura les pasa lo mismo que al vicioso al que se le acaba la dosis. En su consultorio son comunes las consultas de hombres, mujeres, chicos, que todas las semanas repiten lo mismo: “Doctora, sin ella, sin él, me quiero morir”...Pero entre todos los casos, quizás el más inadvertido, es el de los abuelos que se matan después de perder a su pareja. Nadie sabe cuántos van. Ni en los hospitales, ni en los hogares geriátricos. La trabajadora social Milena Puertas dice que pasa mucho, demasiado. Sólo en la clínica privada donde trabaja, ella misma ha contado este año tres suicidios. Aquello de que el amor es sacrificio, resulta una sentencia que muchos siguen con devoción.Así pasó hace poco con el señor G. Tenía 86 años. Un mes después de que su esposa falleciera, se encerró en el garaje de su casa, prendió el auto y encendió la radio mientras inhalaba los gases de la combustión. Entonces durmió. Al otro día, cuando su nieto lo encontró, sonaban boleros. Antes de morir, el viejo había sintonizado una emisora que, en su caso, tenía nombre de ajustada fatalidad: Romance Estéreo.

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