Albeiro, el joven contrabajista de Potrerogrande

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En un barrio donde la principal causa de homicidio es la guerra de pandillas, un joven de 19 años que toca en Batuta vivió tras recibir un balazo. Sonata de un recuerdo.

Albeiro, el joven contrabajista de Potrerogrande

Abril 23, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Margarita Rosa Silva | Reportera de El País
Albeiro, el joven contrabajista de Potrerogrande

Albeiro Rodríguez Segura, contrabajista de la Orquesta Sinfónica Batuta de Potrerogrande.

En un barrio donde la principal causa de homicidio es la guerra de pandillas, un joven de 19 años que toca en Batuta vivió tras recibir un balazo. Sonata de un recuerdo.

Parado en la esquina, a unos pasos de su casa, la música salsa que sonaba de fondo se distorsionó en su cabeza cuando enfrente suyo vio el revolver apuntándole. Solo pensó en correr. Salvarse. La bala atravesó su muslo derecho y pasó al izquierdo para quedarse por siempre. “La bala era para el parcero”, cuenta Albeiro, mientras muestra las tres cicatrices: por donde entró, por donde salió y por donde volvió a entrar y se quedó, como un recordatorio. En cuanto a su amigo... ese no se salvó de que le pegaran tres tiros. Lo mataron el día del padre, el año pasado.Hoy, a sus 19 años, Albeiro Rodríguez, el contrabajista de Potrerogrande, dice que ya no tiene miedo. Que tampoco siente rencor. Que el Mi, el La, el Re y el Sol de su instrumento le ayudaron a olvidar, como quien pasa el borrador por el pentagrama para escribir una canción.Ese día pudo morir, como su ‘parcero’. Como las 43 personas que según el Observatorio Social fueron asesinadas el año pasado en Potrerogrande. Gracias a Dios, dice su mamá, la bala no le perforó el hueso y pudo correr y esconderse en la casa de un vecino. “Tuvo suerte”.El búnker musical El contrabajo, ese instrumento con cuerpo de mujer grande, es más alto que el colombiano promedio. Y fue el instrumento, en cierta forma, el que eligió a Albeiro. Porque de todos los niños que la Fundación Batuta reclutó hace dos años en el barrio, él era el único con la corpulencia necesaria para sostener el armatostre. Mientras acaricia las cuerdas con un arco hecho con cerdas finas de caña, recuerda que antes de llegar a la orquesta no tenía idea qué era ese pedazo de madera. Lo había visto, sí. Pero pensaba que la música clásica era “pa’ locos”. En un barrio donde el reguetón retumba en las casas, él tiene discos de Tito Nieves que reproduce en un viejo equipo de sonido. Le gustan Los Van Van y Los Lebrón. Se ha imaginado un par de veces tocando para un grupo como ellos. Pero no es allí, en su casa de dos plantas con paredes sin acabado, cocina de cemento y cortinas en vez de puertas, que Albeiro practica. No. Es unas cuadras más allá, en el Tecnocentro Somos Pacífico, que es algo así como un templo de conocimiento cuya misión es alejar de las calles a los jóvenes de la zona. Se trata de un edificio de dos pisos que, en medio de un barrio con casas de 10 x 10 metros cuadrados, se ve enorme. Allí, como en un búnker musical, se alojan las violas, los cellos, los violines y los contrabajos. Allí, como en un búnker en una zona donde casi a diario las balas se estrellan contra los ladrillos, Albeiro frota cuerdas que vibran produciendo un sonido grave, una melodía melancólica.De allí, del sector 9 donde queda el Tecnocentro, era el joven que le disparó. Tenía unos 14 años. Según cuentan, no es un secreto que los del sector 9 y los del 1, donde vive Albeiro, son enemigos, como es usual en Potrerogrande, donde hay 12 sectores y pasar del uno al otro es una osadía. Todo porque cuando poblaron esta zona revolvieron unas comunidades con otras, explican algunos. Y porque los separaron “por sectores”. “¿Qué habría pasado si nos traen acá y no separan a nadie por zonas? Seguro nadie se agarraba con nadie” reflexiona el joven del contrabajo que, a pesar de los problemas, se graduó del colegio el año pasado. Los sociólogos y los funcionarios les llaman a esos límites imaginarios “fronteras invisibles”. Dicen que es esa la principal razón de deserción escolar, porque los niños, atemorizados, prefieren quedarse en sus casas. En el Valle del Cauca, el Ministerio de Educación estima que por los menos 105.000 niños no asisten a las aulas de clase, siendo Buenaventura y Cali los municipios donde más chicos se quedan sin estudio. A los amigos de Albeiro, por ejemplo, les pasa con la música. Muchos dicen que quisieran ir a aprender como él. Pero luego se acuerdan de que tienen que pasar al sector 9, donde están los del “otro bando” y entonces prefieren quedarse en las calles.Pero Albeiro dice que él se siente “capacitado” para andar por todo el barrio. Que el que nada debe nada teme y que lo importante es no llamar la atención. De eso él sabe bien, porque los contrabajistas siempre se sitúan en la parte de atrás de la orquesta, a la sombra del violín y su dulce sonido. Cuestión de precisiónRe Mi Re Mi Re Si Si, Re La La, Re Sol Sol... Suena Apollo Suite, cuarto movimiento. Sentado en el ensayo de Batuta, uno se siente montado en una góndola en Venecia, en un carruaje en París o en un baile en la Londres del siglo XIX. Se olvida que a tan solo unos metros está esa Potrerogrande, donde las calles permanecen vacías como un campo minado. Donde la gente solo sale de la casa para tomar el bus, porque mirar fijamente a una persona o hablar en voz alta puede significar una bala. En la sinfónica tocan 60 niños, incluyendo la hermana de Albeiro, de 7 años. Valmore Escandón es el que mueve la batuta. Es también como un entrenador personal: él levanta quijadas, corrige brazos, hace sonar los dedos para marcar el tiempo... y escucha. Porque en la música, dice Albeiro, todo es cuestión de precisión. Hay que saber sentarse, agarrar el instrumento, poner el dedo con precisión milimétrica en la cuerda y pisarla bien, para que no se oiga como un chillido. Batuta es una organización nacional. Beneficia a 23.040 niños en todo el país, que es más o menos la población de un municipio como Toro, Valle. De ellos, 14.301 son víctimas del conflicto armado. Aquí en Cali, incluyendo los que están dando los primeros pasos, son 150 niños que toman la música como un liberador de la violencia. Valmore piensa que si algo hay en su filarmónica, son historias. De vida, de muerte, de esperanza. Que como algunos podrán ser grandes músicos, otros simplemente cambiarán la conciencia en sus casas y tocarán una melodía distinta a la de los otros ‘pelaos’. En el caso de Albeiro, la música evitó, quizás, que se hubiera ganado el infierno. Porque cuando le pegaron el balazo, la balada que cruzaba su cabeza era la del rencor. “A ese me lo bajo, me lo bajo”, pensaba cada vez que veía a su victimario. Fueron cuatro cuerdas metálicas las que salvaron su alma. Otra fue la historia del muchacho que le disparó, pues tiempo después apareció acuchillado en Mojica. Mientras tanto, Albeiro, que se graduó del colegio el año pasado, se pregunta qué pasará en el futuro. En su cama permanecen una regla y un cuaderno con los que pinta a lápiz los bafles viejos que hay en su cuarto. Porque esa es su otra pasión, y porque en la casa no hay un contrabajo para tocar. Valmore sueña con poder darles los instrumentos a cada uno y que se los lleven a sus casas. Que practiquen en la cama, después del colegio. Pero no es tan fácil, porque en ese barrio donde cada esquina es el cuartel de una pandilla distinta, pueden darles un balazo por quitarles los $2 millones que estarían cargando al hombro. ParadojasDe acuerdo con la encuesta nacional de Profamilia, acá en la ciudad con más homicidios de Colombia el 37% de los jefes de hogar son mujeres y 6 de cada cien niños no viven con los padres. Solo el 52 % de los menores de 15 años vive con ambos padres. Albeiro es parte del otro 49 %. Él habita con su mamá, su padrastro y su hermanita. Sus papás se separaron cuando él tenía 3. A su papá lo mataron a los 7. “Dicen que fue por mujeriego”, cuenta el chico. Y que no fue uno sino siete balazos. Resulta paradójico que a él, justo el día del padre, le hayan perforado una pierna, como una advertencia de que el pasado se lleva a cuestas atado con cadenas. Julia, su mamá, no deja de echarle ojo. Porque uno no sabe. Él ahora está dedicado del todo al contrabajo. Pero pronto se irá al ejército. Dice que no le da miedo, porque “si le va a pasar, le pasa allá o le pasa acá”. Igual ahí en la casa toca correr a esconderse cuando hay balacera, porque dicen que esos muros, los de interés social, se atraviesan fácil. Albeiro solo piensa en que, si va, será un año sin música. Y aunque en los ensayos se le caen las hojas de la partitura o se atrasa a veces en el tiempo, lo que siente en el pecho cuando toca es la energía con la que solfea sus notas. “Si el día en que me dispararon fuera un movimiento musical, seguro sería uno de esos en que comienza suave y se va alterando, alterando, hasta explotar en un estruendo violento. Así me lo imagino”.

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