Al final del día, el oriente seguía igual de revuelto por paro de transportadores

Al final del día, el oriente seguía igual de revuelto por paro de transportadores

Marzo 20, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País

¿Cómo sortear la movilidad en un día con las principales vías paralizadas? Así vivieron algunos caleños el gran paro de transportadores.

Frente al coliseo María Isabel Urrutia, las busetas seguían parqueadas. Unas frente a otras, ‘besándose la trompa’, cortando la vía. La gente les pasaba por el lado sin fijarse. Finalmente había una urgencia mayor que le impedía a tantos levantar la mirada: caminar. Caminar y caminar. En Cuatro Esquinas, en el medio de otro bloqueo, un mecánico que vive de arreglar busetas como esas que ya no se mueven, alzaba las manos arengando a otra gente. “Estamos dispuestos a hacernos matar por nuestro trabajo. No nos movemos y mañana va a ser peor”, gritaba el hombre. Al fondo, una llanta sobre el pavimento se derretía en llamas. En El Poblado, a unas cuadras de la estación Troncal Unida, donde media docena de buses del MÍO fueron atacados con rocas y ladrillos, unos encapuchados seguían atrincherados en una esquina, amenazantes con caucheras y piedras. Un poco más allá, dentro de uno de los buses perforados, un agente se resguardaba para comer algo que en su momento tuvo que ser un almuerzo caliente. Era el final de la tarde, el comienzo de la noche, y en el oriente de Cali nada, o muy poco, había cambiado. Los vidrios rotos seguían en el piso; una mezcla de miedo, furia e incertidumbre, casi podía tocarse en el aire.Sandra Ruiz, que se gana la vida como empleada doméstica, faltó ayer al trabajo. Temprano, cuando supo de las protestas, llamó a su patrona y le dijo que no podía llegar a su casa. Sandra vive en El Poblado y según ella, sin las busetas que ayer no se movían, no tiene cómo llegar hasta el barrio Junín, donde trabaja. Sandra, además, a esa hora ya no solo protestaba por eso sino “por los abusos de la Policía”. En la Carrera 28D1, ella y otra docena de gente lo denunciaba a esa hora de esta forma: “Es un muchacho de por aquí, todos lo conocemos, se llama John Edinson. Venía corriendo de las protestas con la mujer, que está en embarazo. Yo abrí para socorrerlo y ahí mismito se vino la Policía y cogió la puerta a pata, rompieron la ventana, nos apuntaron”, contaba aterrada Liseth Collazos, dueña de la vivienda, con un par de casquillos en la mano que, asegura, quedaron en la sala.Separados por una caminata de un minuto, un puñado de policías seguía cerca de los buses atacados. Uno de ellos, sin dejar de ver hacia las cuadras de donde afirma vinieron las piedras, contaba lo que le pasó a un compañero: “Un disparo en una pierna, creo que le partió la tibia. Creo que el disparo salió de una pacha”. Su comandante lo confirmó: “Un muchacho de 19 años, recién graduado de la escuela de oficiales. Va a quedar posiblemente con problemas para caminar por esto, por esto…”.En Cuatro Esquinas, mientras el mecánico protestaba, un conductor que pidió la reserva de su nombre hablaba de la muerte del ayudante de la Coomoepal, que en la tarde había resultado herido de un disparo. A esa hora, poco antes de las seis, de ese lado de la ciudad se supo que el chico no se salvó y el hombre lo decía indignado: “Estamos más ofendidos, ahora sí que menos nos movemos”.Detrás de todo eso, el miedo, la rabia, el humo de las llantas, los brazos en alto, los gritos, las caras encapuchadas, motorratones y transportadores piratas se movían en las calles con la felicidad de niños en Navidad: “Ciudad de Cali, Ciudad de Cali, hay cupo, hay cupo”, gritaban junto a vendedores de agua, cerveza, gaseosa, Vive100, minutos baratos. Lo que para unos es drama, para otros se vuelve una oportunidad.Gina Hernández, en el barrio San Luis II, respiró tranquila, pero ya tarde. Su hijo, Nicolás Rueda, de 14 años, que estudia en el colegio Almirante Colón de Rozo, llegó finalmente gracias a una serie de maromas. Como el colegio es militar, gracias al Ejército los niños más pequeños fueron evacuados en helicóptero. Los más grandes, como su hijo, fueron despachados en buses que llegaron hasta Yumbo. De ahí hicieron trasbordo a otro que los trajo a Cali. Nicolás se bajó en La 14 de Calima y caminó hasta su casa. Todos los días, después de estudiar, Nicolás regresa a las dos de la tarde. Ayer llegó a las seis y media. Su mamá, aunque tarde, respiró tranquila.Pero no todos podían. A esa hora, la ciudad, una parte de ella, seguía revuelta. Por La Casona, también en el Oriente, se escuchaban tiros. Había gente corriendo, pasando por encima de las busetas que sus dueños acomodaron en la calle, besándose ‘las trompas’.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad