"Ahora quiero conquistar Cali": escritor Santiago Gamboa

Febrero 08, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Paola Guevara | Editora de Vé.

escritor, filólogo, columnista, diplomático y corresponsal Santiago Gamboa.

El escritor, filólogo, columnista, diplomático y corresponsal Santiago Gamboa llevaba 30 años viviendo fuera de Colombia. Y acaba de regresar, no para vivir en su natal Bogotá sino en Cali.

Algunos coleccionan sellos, otros monedas. Pero tal parece que a Santiago Gamboa le gusta coleccionar ciudades, no en vano ha vivido en siete. Bogotá, donde nació; Medellín y Roma, donde creció; Madrid, donde estudió filología; París, donde fue periodista de la Agencia France Press (AFP) y Radio Francia Internacional. Delhi, donde cumplió labores de cónsul. Y ahora Cali, la ciudad de su esposa, la diseñadora Analía Restrepo. Cercano a los 50 años, el autor de obras tan celebradas como ‘Perder es cuestión de método’ (llevada al cine), ‘Vida feliz de un joven llamado Esteban’, ‘El síndrome de Ulises’, ‘Hotel Pekín’; ‘Necrópolis’, ganadora del premio La Otra Orilla; ‘Plegarias nocturnas’ o la más reciente, ‘Una casa en Bogotá’, ahora se sentará a pensar y a escribir en un café de Cali. Será normal encontrarle por ahí, quizá en la Biblioteca del Centenario, caminando por La Tertulia o paseando con su hijo por el Gato de Tejada. Le propusimos un recorrido por las ciudades de su vida para conocer la forma en que cada una de estas han marcado su obra y su existencia. Enhorabuena por Cali, que lo acoge ahora como hijo adoptivo. BogotáAunque tengo entrañables amigos que viven allí, cuando llego me siento culpable, inquieto, como si hubiera desatendido algo importante... no sé por qué. Puede ser un asunto para discutir en terapia psicoanalítica, pero al llegar al aeropuerto y recorrer la Avenida El Dorado empiezo a sentir una opresión en el pecho y me falta el oxígeno.No tengo familia en otras partes de Colombia, toda la mía es bogotana, pero es una ciudad a la que percibo con angustia. Nací en Bogotá y viví solo 5 meses antes de que mis padres se mudaran a Medellín por trabajo. Más tarde regresé para estudiar literatura en la Universidad Javeriana. Antes solo había bogotanos en Bogotá, usaban gabardina y sombrero y tengo la sensación de que todos vivían ofendidos. Ese estereotipo del bogotano es el que aún sobrevive, pero Bogotá es diferente, ha cambiado, ahora está llena de personas provenientes de todas las regiones del país, es la ciudad de todos los colombianos y eso hace que se haya alegrado, que se haya llenado de color. RomaCuando cumplí 8 años fuimos a vivir a Roma, pues mis padres aplicaron a una beca. Roma es mi infancia, es un gran lugar para ser niño porque no hay uno solo que no ame la pasta, que no muera por la pizza. Recuerdo el olor de las neveras de las tiendas, donde guardaban le leche fresca al lado de los helados, entonces cuando corrían la puerta se percibía ese olor que me fascina y que busco cuando regreso. Viví allí de nuevo cuando nació mi hijo y hasta los meseros lo alzaban en brazos, los italianos son gente muy amorosa con los niños. Allí uno adquiere un sentido del gusto muy especial, porque la comida para los italianos es religión. Todos los italianos cocinan, sobre todo los hombres; ellos se reúnen a hablar de política, de fútbol y de comida. Discuten la receta de la salsa amatriciana y si alguno le añade cebolla y el otro no, se arman verdaderas peleas al respecto, debaten y se apasionan, se toman muy en serio la comida. También son gente muy sana, no tienen los problemas de obesidad ni la obsesión con los sabores industriales de países como Estados Unidos. Además tienen un culto por la belleza, sobre todo los hombres. Mi padre decía que los policías italianos no tienen un bolillo sino un secador de pelo en el bosillo, porque llevan ese pelo así, hacia atrás, impecable... Los italianos son muy sensibles con el café, les gusta fuerte y saben prepararlo. Tienen el gusto muy bien educado en muchos sentidos. MadridMadrid es un gigantesco bar. Hay comida y alcohol las 24 horas del día, la gente es feliz y lo grita. Yo pasé de la Javeriana de Bogotá a la Complutense de Madrid, donde en la cafetería vendían anís, vodka, cerveza; donde un profesor sentía pena de entrar a clase con el vaso de whiskey, entonces lo llevaba en la taza del café; se fumaba en las clases, y a veces oía uno ruidos extraños en la parte de atrás del salón porque las parejas aprovechaban para hacer de todo. En la Javeriana a uno lo forman crítico, contestatario en lo intelectual, confrontador con los profesores y, por el contrario, en Madrid los estudiantes eran dóciles, suaves. Mejor dicho, era una sacristía que por las tardes se convertía en un bar. Estudié filología, una carrera muy extraña porque no sirve para nada aparte de ser enseñada a otros, es como una enfermedad de transmisión sexual. En Madrid aprendí a ser latinoamericano. En Colombia era colombiano, pero al estar en Madrid tuve complicidad inmediata con todo aquel que viniera de Perú, de México, de Ecuador, solo por el hecho de ser latinoamericanos. Era una sensación muy poderosa, sabíamos que los españoles estaban de aquel lado y nosotros de este sin que hubiéramos cruzado una sola palabra. Descubrí que Latinoamérica es una patria ampliada, potente, muy fuerte. Y en Madrid también encontré las librerías, porque en Bogotá había unas pocas pero era difícil conseguir las novedades y los clásicos, así que en la Javeriana leíamos montañas de fotocopias. Madrid, en cambio, me entregó los libros, los puso a mi alcance, en una sola librería encontrabas todo. Y estaban los museos, el Greco, Goya, Velásquez, la arquitectura andaluza. Allí supe que había una comunidad de naciones unidas por la misma lengua. Nunca me he sentido de las Américas porque no tengo mucha identidad con Estados Unidos y Canadá, en cambio sí me identifico con la lengua española.Aprendí que España no era el país conquistador que me habían enseñado a ver, sino un país que perdió la guerra y que recién salía de una historia durísima. Comprendí a Lorca y la tragedia de España. Leía a San Juan de la Cruz, el poeta más grande de la lengua española y me tocó todo el rock en español. ParísLa gran ciudad. Donde pasé 10 años de mi vida. Llegué como estudiante de literatura en la Sorbona y me convertí en Periodista. Es una ciudad de mucha tradición de escritores que tuvieron que ganarse la vida como periodistas. Era la ciudad que yo anhelaba, era mi rito de iniciación, pero al llegar no vi eso por ninguna parte. No es una ciudad que ponga cosas a tu alcance, es una ciudad que te invisibiliza, es costosa, está llena de extranjeros, de prisa, de caras duras, es la piscina de los tiburones. Pero me terminé haciendo a una vida en esa ciudad y finalmente la literatura llegó. Fueron años de leer muchísimo, desarrollé una visión del mundo y comprensión del pasado gracias a la exigente prensa parisina. En París descubrí la identidad de la lengua española, allí los españoles estaban de mi lado. Mi formación es afrancesada en lo histórico, en lo político; fue la ciudad donde me hice adulto, donde fui fiador por primera vez, donde compré algo a cuotas por primera vez (un carro), donde pagué impuestos y me hice un ciudadano. Allí me casé con una francesa y me divorcié a los 3 años... discutir en francés con un nativo te deja en clara desventaja (risas). Me identifiqué con la Francia socialista de Mitterrand, que te cobra mucho en impuestos pero te lo devuelve. Ese para mí sigue siendo el sistema mejor en términos de utopía política: incluso si un inmigrante se accidentaba lo atendían gratis en el hospital, porque es un sistema que piensa primero en el ser humano, y uno paga impuestos con gusto porque quiere vivir en un país que trate así a las personas. Me acostumbré a los gobernantes franceses, que son cultísimos. Gabriel García Márquez decía que Mitterrand era un gran escritor que expresaba su arte en el discurso; extraño a ese tipo de político cosmopolita, cultísimo, humanista, un intelectual de talla impresionante. DelhiFui como diplomático en el 2008, yo fungí como cónsul y fue una de las experiencias más interesantes de mi vida, porque pude comprobar la infinita capacidad de los colombianos para meterse en problemas. El turista que llega a la India es muy particular, no se parece al de otras ciudades porque llega a buscar iluminación, a buscarse a sí mismo, llega tras un divorcio, llega tras la bancarrota de su empresa. Estuve en una fábrica de problemas, pues tuve que conocer casos de mujeres que llegaban a meditar con un gurú y terminaban con el gurú metido en la cama. Muchas colombianas que fueron a meditar salieron de Delhi con un hijo de su gurú (risas). O conocí casos de gente que simplemente perdía la razón, al introducirse de lleno en ese mundo de experiencias místicas. Me tocó el caso de una muchacha que tuvimos que hospitalizar porque quedó loca, quería salir a la calle desnuda, vivía eufórica, estaba feliz. Aprendí que los jóvenes de hoy viajan a todas partes con tres pesos, lo cual es una maravilla, como el joven que nos llegó en bicicleta desde Pekín. La mayoría venía a verme porque se le perdía el pasaporte, pero una vez una lectora de mis novelas vino porque quería un pasaporte que tuviera mi firma (sonríe con ternura e inclina la cabeza hacia la derecha). CaliMi mujer es caleña y vinimos para estar cerca de su familia. Además Cali es una ciudad muy atractiva, tiene la altura perfecta, un clima maravilloso y me encanta hacer el ejercicio de conquistar ciudades nuevas. Llevo 30 años fuera de Colombia, he viajado por 70 países y el que menos conozco es este, qué bueno regresar a Colombia pero a descubrir una ciudad nueva para mí. Cali tiene la amabilidad que me recuerda lo que algún día fue Bogotá cuando era más pequeña, cuando no era el monstruo en el que se ha convertido. Mi más reciente novela la escribí en Roma, se llama ‘Una casa en Bogotá’, pues sentía que Colombia me estaba llamando, menos mal que me llamó a Cali y no a Bogotá. Roma, Madrid, París, Delhi, Cali, a lo mejor lo que me gustan son las ciudades de dos sílabas.

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