Advertencia por consumo de medicamentos restringidos entre jóvenes del Valle

Junio 09, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera | Reportera de El País
Advertencia por consumo de medicamentos restringidos entre jóvenes del Valle

Una sustancia de medicación tiene una vida media de seis horas en el organismo y alcanza su pico máximo de concentración en sangre entre la primera y segunda hora.

Los adolescentes son víctimas potenciales de la tendencia de drogarse con medicamentos psiquiátricos.

No dejar los medicamentos al alcance de los niños. Esa advertencia, que suele ir impresa en los empaques de los fármacos, hoy bien podría ser extendida a los jóvenes.De lo contrario, un padre de familia puede ser sorprendido con una llamada para decirle que su hijo está tirado en una calle por el efecto del consumo de fármacos de uso siquiátrico, combinados con otras sustancias psicoactivas.Es lo que ellos llaman “estallar la pepa”. Y después viene el olvido, la inconsciencia total. Inconsciencia en la que quedaron sumidos 19 jóvenes, diez de ellos menores de edad, de los barrios Villa Diana y Harold Éder del Palmira hace dos semanas. Todo pasó porque a uno de ellos le recetaron Haloperidol, un medicamento para esquizofrénicos, y él decidió compartirlo con su ‘parche’. Luego todos fueron desfilando por urgencias del Hospital San Vicente de Paúl. Unos hacían movimientos involuntarios, como un mimo sin libreto. Otros permanecían rígidos, cual estatuas. Otros llevaban muchas horas sin conciliar el sueño. Otros presentaron mareos o dificultad para hablar, entre otros síntomas, debido a los problemas neurológicos que sufrieron.Incidente que pone en evidencia la nueva tendencia juvenil de drogarse con medicamentos que pueden estar en el nochero de su habitación o en el gabinete del baño de la casa.De acuerdo con el médico toxicólogo Maurixe Fernando Rojas, jefe de la Unidad de Toxicología del HUV, los fármacos de prescripción más usados por los adolescentes para efectos distintos para los que son recetados, se agrupan en tres familias: las benzodiacepinas, los analgésicos opioides y los neurolépticos. Todos actúan como depresores del Sistema Nervioso Central, SNC, y causan efectos de relajación y euforia, en forma ascendente mientras la ansiedad y la angustia disminuyen. En resumen, proporcionan una sensación de bienestar. “Es una forma de embriaguez no alcohólica, que no produce tufo ni ojo enrojecido, solo mucha euforia”, dice el doctor Rojas.Aunque la mayor frecuencia de casos de consumo adolescente de fármacos se hace con benzodiacepinas, los otros ya no son extraños. El caso de Palmira fue con un neuroléptico, con el agravante de que no fue un accidente aislado, fue masivo al involucrar a 19 jóvenes, algunos de apenas 12 años.La médica toxicóloga Delia Hernández, directora del Centro de Rehabilitación Fundar del Valle, coincide en que los jóvenes en nuestro medio usan más las benzodiacepinas, también conocidas como los tranquilizantes menores. En su experiencia clínica, son más recurrentes los casos de jóvenes dependientes de tranquilizantes menores y que además los consumían a la par con alcohol y heroína. Una ley de las adicciones es el policonsumo. Casi siempre los jóvenes llegan a unas drogas empezando por otras. Y los fármacos a veces son el punto de partida o de llegada a otras sustancias.“He tenido muchos jóvenes dependientes de tranquilizantes menores y que además la consumían con alcohol y hasta con heroína. Generalmente son policonsumidores”, dice la doctora Hernández.El abuso, por ejemplo, de las benzodiacepinas causa compromiso del juicio o alteración de la conciencia y de la capacidad de coordinación motora fina y gruesa si conduce bajo efectos de estos tranquilizantes. “La mezcla de alcohol con tranquilizantes puede generar agitación, alucinaciones, y el riesgo es la accidentalidad de tránsito, la conducta violenta y crear la dependencia”, dice la doctora Hernández. El mayor riesgo clínico es una depresión respiratoria. Si ha mezclado sustancias depresoras del SNC con alcohol, puede poner en riesgo su vida, dependiendo de qué otras patologías tenga.“Uno de los síntomas que noté en mi primo de 22 años, era que no podía hablar, torcía la lengua y botaba babaza”, dijo Johanna Riascos, una de tantos familiares que llegaron angustiados con alguno de los intoxicados en Palmira, cuyas edades oscilan entre los 12 y los 25 años.“Este medicamento puede llegar a producir una depresión del sistema nervioso y llevar al coma o a la muerte”, advirtió Juan Carlos Arciniegas, médico de ese centro.“En altas cantidades, un tranquilizante menor produce en los muchachos cuadros de agitación, episodios alucinatorios o de temeridad y del comportamiento que pueden llevarlos a conductas agresivas, peligrosas e ilícitas muchas veces”, explica la doctora Hernández.Expertos y autoridades han encontrado que el uso indebido de estos medicamentos por parte de adolescentes es fuente de muchas riñas y vandalismo callejero. Como los desórdenes en los estadios antes, durante y después de los partidos de fútbol, y en algunos conciertos.Esta tendencia de ‘estallar la pepa’ viene siendo la más usada por algunos miembros de barras bravas. Eso explicaría los hechos delictivos en los que incurren y que han derivado hasta en homicidios de hinchas del equipo contrario. John T. es un chico del barrio Siloé. Cuando despertó hace ocho días en la sala de observación del Hospital Universitario del Valle, HUV, su reacción fue de estupor: no recordaba nada. No vio cómo la Policía lo recogió en la vía pública y lo ingresó al centro hospitalario.Allí llegó con baja tensión arterial, frecuencia cardíaca por debajo de la normal y una disminución marcada de la temperatura corporal (hipotermia). Le administraron líquidos y le estabilizaron los signos vitales. El riesgo era que ese estado de relajación llegara al punto de que comprometiera los centros respiratorios y pudiera llevar al joven a un estado de coma o pudiera sufrir un paro cardiorrespiratorio.John T. superó la crisis y solo refirió que estaba con unos amigos, que bebió licor, fumó marihuana y se tomó una ‘Roche’, nombre popular de una benzodiacepina, o pasta para pacientes siquiátricos. Así se desconecta del mundo ocasionalmente los fines de semana este joven de 18 años. Este es el diagnóstico clínico, pero el diagnóstico social es que solo hizo estudios de primaria, está desempleado, apareció sin documentos, con una familia disuelta, y con muchos, muchos conflictos familiares. “El bienestar que el joven no encuentra en su hogar, lo halla en un frasco de pastillas”, declara el doctor Rojas.Esa es la razón por la cual las benzodiacepinas ya figuran en el cuarto renglón de preferencias de los consumidores en el uso, abuso y dependencia de drogas. La mayor prevalencia la marca el alcohol, seguido de la cocaína y su derivado, el basuco. En tercer lugar aparece la heroína.Los motivos son los mismos que inducen a los jóvenes a consumir cualquier cosa. “El deseo de experimentar sensaciones novedosas, la disponibilidad en el mercado ilegal, la capacidad de relajar del medicamento”, dice la doctora Hernández. El mensaje es tener cuidado para que el remedio no salga peor que la enfermedad.

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