Adiós a los samanes de la Calle Quinta con Carrera 34

Marzo 16, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas

Tres árboles desahuciados por una plaga de palomilla, tuvieron que ser talados ayer para evitar que de un momento a otro se vinieran al suelo. Crónica de una muerte asistida.

A las 5 y 13 de la madrugada de este domingo, cayó sobre el pavimento el primer brazo del samán que durante casi ochenta años estuvo parado en la esquina de la Calle Quinta con Carrera 34, a un lado del Parque de las Banderas. Los dientes de la motosierra con que fue talado, mancharon la oscuridad con una nube de aserrín que segundos después quedaría sepultada por el estruendo que la parte más gruesa del tronco hizo al rebotar en la Calle Quinta. Saltaron hojas y trozos de madera en al menos tres metros a la redonda y aunque el crujido fue muy fuerte, en ninguna ventana del edifico residencial Panorámico, levantado bajo la extinta sombra del árbol, se encendió la luz. Hasta entonces en ese pedazo del sur de Cali, la ciudad amanecía muda a 21 grados centígrados. El samán, identificado en el censo arbóreo del 2014 con el número 85.799, tenía que ser cortado porque una plaga ya lo había matado por dentro y era cuestión de tiempo para que empezara a desgajarse de a pocos. El Departamento Administrativo de Gestión Ambiental, Dagma, le encargó esa labor a la firma de contratistas de Jaime Angulo, desde hace bastante dedicada a la tala, poda y cosecha de árboles en la ciudad. Diego Martínez, con diez años de experiencia en el oficio, vestido de casco, guantes y lentes de protección, decía que en la copa de otros árboles se ha topado con ardillas iguanas y murciélagos, pero que en la del samán seguramente no habría nada distinto a hojas enclenques. Y así fue. La plaga de palomilla que lo había devorado, se alimenta de la savia de los cogollos quitándole al árbol su capacidad de producir alimento: “Va secando las ramas y en las ramas secas van entrando los cucarrones y el comején. Es una cadena”, precisó el ingeniero agrónomo Juan Carlos Silva, interventor del corte.Durante el 2014, los árboles de Cali, pero sobre todo sus samanes, fueron atacados por plagas de palomilla y cochinilla que el Dagma y el Vivero Municipal intentaron conjurar mediante la aplicación de un tratamiento que empezó con la fumigación de productos biológicos, entre estos, una mezcla de jabón y ají para remover los bichos agarrados a la corteza; a los quince días les perforaban el tallo para inyectarles un suero que promovía la formación de brotes y la revitalización desde la raíz; y luego volvían a fumigarlos para después podar las ramas chupadas por los insectos. De esa forma, explicó Allison Rivera, del Grupo de Arborización y Zonas de Verdes del Dagma, muchos árboles se alcanzaron a salvar. Pero en otros casos todo resultó inútil. Las ramas más altas del samán de la Calle Quinta con 34, rozaban el piso sexto del edificio Panorámico. Si un hombre de 1.70 de estatura hubiera querido ofrecerle un abrazo de despedida fúnebre, sus manos no habrían alcanzado a unirse al intentar rodear la base de su tallo, calculado por el ingeniero Juan Carlos Silva en un diámetro de casi dos metros. Según él, con la infección que tenía, la tala, incluso, debió haberse hecho hace dos años atrás: “Era un peligro inminente”. Los dos samanes más pequeños que crecían a sus costados, pero con ramas que se elevaban a cuatro metros y medio del suelo, también estaban muertos en vida. Diez hombres conformaban la cuadrilla de corte. La tala en altura de los tres samanes le fue encomendada a Pascual Angulo Hinestroza y John Fredy Rodallega. A las 5 y 27 de la mañana cayó la primera rama del segundo samán: ¡¡¡¡Prrrrraaaaaccccc!!!! Un vagón del MÍO que rodaba en sentido norte-sur, tuvo que detenerse por un minuto mientras los trabajadores arrastraban los maderos más gordos hasta el andén y recogían con rastrillos los destrozos de ramas y hojas que llegaron a salpicar el carril del transporte masivo.A esa hora, John Fredy Cañas, de 34 años y ayudante de recolección de la empresa de aseso Ciudad Limpia, era el único curioso que miraba la forma en que los árboles se convertían en recuerdo. Con el uniforme todavía puesto, estaba sentado solo, sobre un muro de cemento a las afueras del estanco Licores Entre Nos. Había terminado turno a las cinco de la mañana y venía bajando por la Quinta desde el barrio El Peñón, cuando a las alturas de la Biblioteca Departamental escuchó el sonido de las motosierras; para ese momento, cuando ya no era uno sino cuatro de esos aparatos andando, la ruidamenta de los motores de cincuenta caballos de fuerza viajaba limpia hasta tres o cuatro cuadras más allá. En esta ciudad de accidentes y muertos tempraneros, antes de llegar a ver los samanes cayendo en trozos, John Fredy llegó a imaginarse un accidente y que las sierras sonando lejos estaban abriendo las latas de algún carro estrellado. “Es que no faltan… Y pues ya aquí, me quedé a chismosear”, decía detrás de un bigote de hebras distantes entre sí.Poco después empezaron a aparecer los tercos. A pesar de que cintas de alerta amarilla fueron extendidas para cerrar los carriles vehiculares de la Quinta y la Carrera 34, de la presencia de un guarda de tránsito y de las paletas de PARE que dos hombres de la cuadrilla de corte extendieron a lado y lado de la zona delimitada, un camioneta blanca y al menos tres motociclistas se colaron sin importarles el peligro al que se exponían y a regañadientes terminaron pasando por entre las ramas y hojas picadas. Jaime Angulo, jefe de los corteros, miraba incrédulo moviendo la cabeza de lado a lado: “Yo mismo, cuando pasaba por aquí en el carro, aceleraba. Los árboles habían perdido el follaje y eso era mal síntoma, había ramas a las que ya no le salían las hojas”.Los samanes se cortan desde arriba. Primero las ramas y luego su base. Para llegar a las copas, aperados con arnés de seguridad, Pascual Angulo y John Fredy Rodallega, treparon los troncos ayudados por escaleras metálicas; ya bien acomodados y seguros, soltaron sogas para que desde abajo les amarraran las motosierras Stihl, de más o menos seis kilos de peso, imposibles de subir de otra manera. Abajo, lo que caía, era a su vez trozado por sus compañeros, que como hormigas sobre un terrón de azúcar, iban reduciéndolo todo para acomodarlo en un arrume. “Ese es el trabajo más bravo de todo lo que hay que hacer”, dijo a las seis y media pasadas el jefe, Jaime Angulo. Los desperdicios de madera, que no cabían en el volco de una camioneta de estacas, fueron enviados a una firma de disposición de desechos orgánicos, en Puerto Tejada.A las 6 y 51 de la mañana, cuando el día se abría en un cielo azulito, cayó cobre la Carrera 34 el último de los tres samanes. La fuerza de seis hombres jalándolo de una cuerda templada desde su base hasta el otro lado de la calle, fue necesaria para evitar que al ceder a la muesca abierta en su tallo, terminara llevándose el poste de una luminaria que le daba besos a su parte media. Para ese momento, ya varias ventanas del Edificio Panorámico estaban abiertas y sus moradores, vecinos toda la vida de los samanes, se asomaban mirando en silencio con caras que desde abajo parecían tristes.Angélica Polanía, del sexto piso, bajó con el pelo recogido en una moña para pedir un pedazo de tronco, que rodando por el suelo, uno de los corteros le llevó hasta la puerta del ascensor. “Lo voy a poner en el balcón”, dijo. En el balcón, Angélica tiene matas que también han sufrido de palomilla, pero que ella pudo salvar limpiándolas con una mezcla de ají parecida a la que le infructuosamente le habían puesto a los árboles. El problema, dice ella, es que cuando trataron a los samanes ya era demasiado tarde. “Y eso que nosotros le avisamos con tiempo al Dagma. La palomilla se alborota con el verano y el año pasado las copas de esos árboles estaban tan invadidas que se veían como árboles de navidad”.La palomilla es una mariposita blanca, pequeña y persistente. Antes, mucho antes, cuando los árboles no tenían que pelear su espacio con los edificios y el humo de los carros, es decir, con indiferencia de la gente, los pájaros y las avispas se hacían cargo, manteniendo a los samanes con vida. Un samán, explica el ingeniero Silva, necesita de veinte metros a la redonda para poder crecer sin líos. Los tres samanes que ayer fueron talados, en su punto más cercano a la edificación, estaban a cuatro metros del Edificio Panorámico y sus 18 apartamentos. Y en los bajos, sobre la Quinta, casi a la misma distancia de un puesto de chance, un negocio fotográfico, dos estancos, una casa de cambio y una viejoteca. No todas las plagas que acosan a los árboles de Cali son diminutas, las hay también del tamaño de la ciudad. Sobre la base del más grande de los samanes, ya despojado de ramas y la mitad de su tronco, quedó una placa metálica atornillada con puntillas llenas de óxido. Alguien, quién sabe hace cuánto, consideró buena idea incrustar allí el aviso publicitario de un servicio para destapar cañerías.

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