Adictos a los juegos de azar: crónica de abstinentes a una enfermedad sin cura

Septiembre 29, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz, reportero de El País

La adicción a los juegos de azar destruye vidas y familias mucho más rápido que el alcoholismo o la drogadicción. La pandemia afecta al 3% de la población. En Cali, un grupo de jugadores compulsivos se reúnen tres veces a la semana para controlar esta enfermedad sin cura. Juran que hay esperanza. Crónica de abstinentes.

El Jugador 1 dice que llegó al punto de idear un plan para que los dueños de los casinos de la ciudad no lo mataran el día que los dejara sin un solo centavo. Enseguida empieza a reírse a carcajadas, se inclina sobre el escritorio en el que está sentado, no puede detener la risa. - Imagínense mi grado de locura, imagínense. El plan era sencillo. Cuando llegara el día en que el Jugador 1 le quitara todo el dinero a los casinos, se iría de ciudad en ciudad. Una ciudad tras otra, hasta cansar a sus perseguidores. Después viajaría al exterior a disfrutar de toda su riqueza. Un día antes, en una biblioteca del centro de Cali, el Jugador 2 contaba que su fantasía era dejar sin un solo dólar a los casinos de Las Vegas. También al de Monte Carlo, en Mónaco, así jamás hubiera ido a Estados Unidos o Francia. Fantaseaba con los dueños de las casas de apuestas rogándole para que no jugara más, por el amor de Dios, no más. Incluso el mismísimo príncipe de Mónaco aparecía en escena para suplicarle que se fuera, que no apostara más, por favor. En su delirio, el Jugador 2 reía como ahora, mientras escucha al Jugador 1 terminar de contar su historia. Cuando asistía a los casinos tenía un Peugeot 206 último modelo. Pero no estaba satisfecho. Quería un Mercedes Benz. Y estaba seguro que en los casinos lo conseguiría. El Jugador 1 perdió el Peugeot 206 en las apuestas. Ahora anda a pie. Es miércoles en la noche y en un local del tamaño del garaje de un carro ubicado frente al Parque Versalles del norte de Cali los hombres asisten a una reunión más de Jugadores Anónimos, un grupo que lucha contra una adicción que devasta vidas y familias mucho más rápido que el alcoholismo y la drogadicción: la ludopatía.IILa mente del jugador compulsivo es fantasiosa. Delira comprándole mansiones a su familia, viajes a Europa a sus hijos, un diamante a su mujer, un traje de diseñador para sí mismo, no importa que mientras lo imagine tenga las suelas de los zapatos resquebrajadas. Pasa mucho tiempo para que se tropiece con una realidad: nunca alcanzará esos sueños. Nunca alcanzará el más pequeño de ellos. Porque nunca estará satisfecho. La mente del jugador compulsivo es insaciable. Como un mafioso, así haya ganado mil millones, querrá mil cincuenta millones. Y apostará los mil que ganó para conseguirlos. Y entonces perderá. Inevitablemente perderá. En el fondo de todo hay un vacío existencial, una incapacidad para amarse a sí mismo. Ganar en la ruleta es una búsqueda para sentirse importante, querido, llenar lo que no se tiene. Pero nunca sucede. Nunca se gana dinero. El jugador compulsivo es un perdedor nato. Entre los Jugadores Anónimos lo saben. Puede que se gane un tiempo, unas noches, pero ese es el engaño. El Jugador 1 se volvió adicto justamente así. Compró un computador por partes. Y cada que iba al centro comercial por una impresora, por una memoria, por una tarjeta de video, entraba a jugar un rato. Y ganaba. Al principio ganaba. Pequeñas sumas que las destinaba a un solo asunto: las prostitutas. No quería que el pago saliera de su propio bolsillo. Siguió ganando. Entonces pensó que ese dinero debía pagar, además de las prostitutas, el trago de toda una noche. Después supuso que se podría comprar una casa, el Mercedez Benz. En ese punto ya estaba perdido. Él, su bolsillo, la familia. Su madre tuvo que pagar las deudas. El jugador compulsivo, cuando gana, volverá a apostar pensando que seguirá su racha y entonces llegará el momento en que saldrá sin un centavo, con ojeras, derrotado y un sentimiento implacable: culpa. Sintiéndose cucaracha. Y como su mente, la vida del jugador compulsivo está llena de mentiras. Es miércoles, en la mañana, y el hombre de al lado le introduce billetes de 50 mil a una máquina de un casino del centro. Mientras lo hace contesta su celular. Dice que está en un banco, haciendo una vuelta. Que más tarde va. Que el papel que necesita ya se lo van entregar. Lo dice sin inmutarse mientras oprime una y otra vez el botón de apuesta y la máquina da vueltas y el tipo no gana y en diez minutos vuelve a meter otro billete de 50 mil pesos que saca de un pequeño fajo de su bolsillo izquierdo. El ludópata es un mentiroso capaz de engañarte mirándote a los ojos. Te dice lo que sea para ocultar su adicción o para conseguir plata prestada y jugar. Y siempre lo consigue. Algunos ludópatas son clientes preferenciales de los prestamistas gota - gota. El hombre de al lado se da media vuelta y advierte que tenga cuidado: el juego envicia. Lo dice y sin embargo le introduce un billete más a la máquina. Para estos obsesivos, un casino es en realidad una gran fogata que consume sueldos, ahorros, plata ajena en minutos y los jugadores compulsivos lo saben. Sin embargo no se pueden detener. Aseguran que una fuerza superior los domina y los hace ir a la ruleta para estar tranquilos. Los científicos dicen que la enfermedad también puede ser genética. El ludópata es alguien que entre otras cosas presenta alteraciones químicas en su cerebro. El Jugador 2, en la biblioteca, contó que le daban ganas de orinar cada que pasaba por un casino. Y solo podía orinar allí, no en otro sitio. Ahora, en cambio, pasa sin inmutarse. Completa doce años de abstinencia al juego y él se lo agradece al grupo Jugadores Anónimos.IIIEs una pandemia. La ludopatía la padece el 3% de la población mundial. Es decir que son millones. Los adictos se cuentan por millones. Y se ocultan fácilmente. No huelen a tufo como los borrachos y tampoco tienen los ojos rojos como algunos drogadictos. Tal vez físicamente se noten cansados, trasnochados, con ojeras, pero se escabullen con facilidad. “Es por el trabajo” “Es por el estudio”.Y se destruyen mucho más rápido que los drogadictos o los alcohólicos. Por el consultorio del psiquiatra Pablo Rodríguez han pasado pacientes que en cuestión de semanas, incluso días, perdieron su casa, la cuota inicial del apartamento, carros, empresas y después de eso su pareja, sus hijos, la familia, la autoestima. El ludópata es un hombre o una mujer que necesita afecto para recuperarse. Se siente demasiado culpable para que otro se lo recuerde. Por el desespero de recuperar lo perdido, por la ilusión de volver a ganar, el jugador compulsivo pierde la lógica de pensamiento, dice el psiquiatra. No se le hace extraña la historia de un hombre que había comprado una camioneta en un concesionario en 80 millones de pesos y que tres días después la vendió en 35 esperanzado en que con ese dinero podría recuperar lo que había perdido en las cartas. O la del empresario que hizo una fortuna vendiéndole insumos químicos al Cartel de Cali y sin embargo perdió bodegas, una mansión en Ciudad Jardín, carros, una fortuna. Ahora vive en una finca que le quedó y su familia no le permite manejar dinero. En una clínica, dopado por los medicamentos, le hicieron firmar un papel para que traspasara los pocos bienes que tenía y así impedir que los vendiera para apostar. La ludopatía es una adicción sin fondo. Se puede caer más y más y más, advierte Pablo Rodríguez. A veces, en los casos extremos, se requiere que el paciente sea internado y medicado. En la mayoría de los casos funcionan los tratamientos ambulatorios, las consultas semanales, las reuniones con Jugadores Anónimos, el afecto pero también la firmeza: la familia no debe pagarle las deudas a un ludópata. El Jugador 3 está sentado en una de las mesas de una heladería del Centro Comercial Centenario. Va vestido de camisa azul y pantalón, tiene una cadena de plata, un teléfono inteligente, canas, ojos claros, porte de lo que es, empresario. Completa ocho años de abstinencia y nadie sospecharía que alguna vez robó a su propia familia para jugar e intentar recuperar la imprenta que perdió apostando. Los jugadores compulsivos parecen ciudadanos ejemplares pero la adicción los puede llevar a convertirse en delincuentes. El Jugador 3 enumera con los dedos de su mano derecha los dos posibles finales de los ludópatas que no busquen ayuda: uno, indigencia. Dos, suicidio. Él mismo lo llegó a pensar. Tomar su camioneta, llegar a la recta Cali – Palmira, apretar el acelerador a 140 kilómetros por hora, darle un giro brusco al timón y volcarse. Era mejor así. Que dijeran que era un accidente. Así sus hijos no tendrían el inri de un padre suicida. En Cali, durante 2012, no se saben los motivos, se mataron 87 personas.El Jugador 3 también asiste a Jugadores Anónimos. Dice que gracias al grupo dejó de jugar y su vida es otra: mejoraron sus finanzas, la relación con sus hijos, su estado de ánimo. Aunque le debía a financieras que ya no tenían cómo cobrarle, cómo embargarlo, él mismo se dirigió a ellas para cancelar sus deudas. A una le pagó con trabajo. A otra con dinero. Reparar a los que se les ha hecho daño es una de las premisas de Jugadores Anónimos. También pedir ayuda. Al consultorio del psiquiatra Pablo Rodríguez llegan en promedio dos personas al mes adictas al juego y en los últimos 5 años, asegura, las consultas se han incrementado exponencialmente. Aunque no existen estadísticas sobre ludópatas en la ciudad, los casinos del centro permanecen con público desde muy temprano. La mayoría son ancianos pensionados. La soledad puede ser una de las razones que empuje a muchos a jugar. En las tardes, los casinos del sur están repletos pero de jóvenes. Los universitarios que empiezan a trabajar y tienen pocos gastos porque aún viven con sus padres son otras de las potenciales víctimas de la pandemia, que se expande con facilidad entre otras cosas porque tras el narcotráfico se arraigó en la sociedad la ilusión del dinero fácil.Meter la moneda, escuchar el timbre de la máquina, las trompetas del que gana, los aplausos, convertir centavos en fortunas en menos de diez minutos es una anhelo de todos. La sociedad envidia al que gana en un dos por tres. El ludópata puede ser visto por algunos como modelo de éxito cuando tiene los bolsillos repletos y la actitud sobradora de un rey. La poca presión social es otra razón para entender el ‘contagio’. También la falta de campañas de educación y prevención. Hay campañas contra el Sida, la drogadicción, el alcoholismo, poco se hace contra la ludopatía. Los casinos y casas de apuestas en Colombia no tienen restricción de horarios. Algunos abren 24 horas y en días como el 31 de diciembre. Aunque se les exige tener relojes para que el jugador sea consciente del tiempo que pasa ahí, no todos cumplen. Sin embargo, solamente en el primer semestre de 2013 esos casinos y esas casas de apuestas le transfirieron al Estado $80 mil millones en impuestos que financian un sector en crisis: la salud. En todo el 2012 fueron $163 mil millones, según datos de Coljuegos. El Estado, dijo un especialista en adicciones que pidió no ser citado, está maniatado o de repente no está interesado en advertir a los jugadores sobre la amenaza ludópata. En Cali, por cierto, existen 393 establecimientos legales dedicados a los juegos de azar y las apuestas. En Ecuador no existen los casinos. La misma población los prohibió mediante un referendo. En Monterrey, México, también los prohibieron.En Cali el único sitio que se dedica exclusivamente a tratar la ludopatía es el grupo de Jugadores Anónimos.IV El Jugador 4 dice que asistir a esta reunión es una manera de reducir la ansiedad que genera la adicción. Contar lo que le pasa, compartirlo con otros que viven lo mismo, es liberarse del peso. Dejar de mentir como se hace a diario allá afuera también es descansar, sentirse aliviado. El grupo se formó hace 12 años y la única sede en la ciudad es esta del Parque Versalles. Actualmente, calculan, son casi 20 personas activas. En los 12 años, dice el Jugador 1, han pasado cientos. El programa de rehabilitación a la adicción es similar al de Alcohólicos Anónimos. Solo por hoy no juegan. Es la promesa. Y al siguiente día la renuevan, y al siguiente. También siguen doce pasos que ellos llaman espirituales, no religiosos. En Jugadores Anónimos se cree en un poder superior no importa si se llama Dios o Alá o Changó. El primero de los pasos es reconocer que se tiene un problema al que no se le puede vencer solo. Y la mayoría ya completa años sin jugar pero no se confían: como el alcoholismo, la ludopatía es considerada una enfermedad que se controla pero no se cura. Cualquier frustración, la separación de la pareja, la pérdida del empleo, una simple discusión, los podría hacer ir de nuevo al casino, a la sala de bingo. Mejor se reúnen lunes, martes y miércoles. Si alguien está en una crisis y no es día de reunión, puede llamar a algún compañero y mientras hablan la tentación por jugar se esfuma. Al menos es la idea. También se envían mensajes de texto motivadores. El teléfono es también una terapia.La reunión inicia con la oración a la serenidad. Enseguida meditan durante 5 minutos. Leen el programa de rehabilitación, el libro de los doce pasos. Reflexionan sobra la lectura. Después cada uno cuenta su experiencia del día. Y al final vuelven a orar. A un par de cuadras del local está uno de los casinos más famosos de la ciudad. Cuando salen, los Jugadores Anónimos caminan hacia otra dirección y lucen tranquilos, contentos. Aseguran que el grupo al principio es una manera de dejar de jugar, pero después cambia el sentido: es una manera de ser mejores seres humanos. Es lo que intentan, aunque nunca lo logren del todo. Somos inevitablemente imperfectos.

CONTINÚA LEYENDO
Publicidad
VER COMENTARIOS
Publicidad