A través de elpais.com.co, los caleños recordaron el paso de Juan Pablo II por Cali

Mayo 01, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Andrés Álvarez | Elpais.com.co

A tan sólo horas de la beatificación del Papa que marcó la vida de miles de personas en el mundo, los caleños que tuvieron la oportunidad de verlo a su paso por la ciudad en 1986 nos contaron su experiencia.

Muchos aseguran haber sido bendecidos, otros le atribuyen milagros en sus vidas, pero todos coinciden en relatar la suerte que tienen por ser unos de los pocos seres humanos vivos que conocieron a un Santo.El papa Juan Pablo II, desde este domingo nuevo beato de la Iglesia Católica, dejó una huella inolvidable a su paso por Cali, el 4 y 5 de julio de 1986. Elpais.com.co desempolvó las historias de cientos de caleños que aseguran haber tenido contacto con el ‘Papa viajero’ en su visita a la Sucursal del Cielo. Quienes se encargaron de atenderlo, de su descanso y su alimentación, lo describen siempre como un hombre sencillo y bondadoso. Y la alegría de los caleños se manifestó a través de comentarios en elpais.com.co, donde incluso un lector contó una anécdota desconocida registrada en el lugar donde el Papa descansaba. La noticia de la beatificación fue también una de las más compartidas en la red social Facebook, donde miles de caleños recordaron que vieron al nuevo beato, en su paso por Cali.“Mi mano de cuatro dedos es mi orgullo”La historia de cómo Gabriel Cardona perdió el dedo anular de su mano derecha se hace cada vez más famosa por estos días. Han pasado casi 25 años desde la noche en que la baranda de un camión se lo cercenó de un tajo; la misma noche en que los médicos se lo dieron por perdido desde la raíz, suturaron el muñón y le dijeron que, con suerte, la gravedad de la herida no afectaría el resto de la mano.Gabriel es un conductor y trabajador de servicios generales en el Seminario San Pedro Apóstol de Cali desde hace cerca de tres décadas. Él dice que ese accidente fue un golpe de suerte en su vida porque, desde entonces, cada que mira su mano derecha recuerda que fue bendecido por un santo.El 3 de junio de 1986, cuando le ocurrió el accidente, Gabriel Cardona completaba varios días sin descanso preparando todo para el hospedaje del Papa Juan Pablo II en las instalaciones del Seminario. El Sumo Pontífice llegaría a la capital del Valle al día siguiente proveniente de Tumaco, como parte de un periplo de siete días que estaba programado por once ciudades de Colombia. “Por un momento llegué a pensar que mi familia y yo nos íbamos a perder la visita del Papa por la cortada de mi dedo, pero ocurrió todo lo contrario. Por eso mi mano de cuatro dedos es mi orgullo”, asegura Cardona, mientras cuenta que, ya en su lugar de reposo, al máximo jerarca de la Iglesia Católica le llegó la noticia de la desgracia que le había ocurrido a este humilde trabajador mientras dejaba todo a punto para su recibimiento. Fue entonces cuando Gabriel y sus familiares fueron llevados ante su Santidad.“Cargó a mi hijo que tenía un año y luego me pidió que le mostrara mi mano que aún tenía los puntos y estaba vendada. La tomó entre sus manos y me dijo que me quedara tranquilo que no me iba a pasar nada. Desde ahí no tuve que tomar más medicinas ni hacerme curaciones. Eso fue un milagro del Papa, él sí que es un santo”, añadió el trabajador.“Tal cómo se veía, él era un hombre sencillo”Desde temprano en la mañana del día de la llegada de Juan Pablo II, las calles de Cali lucían abarrotadas por millones de feligreses de todas las edades que esperaban con devoción ver por lo menos durante un segundo la imagen de aquel hombre vestido de blanco que tanto se repetía en afiches y vallas de la ciudad con mensajes de bienvenida.Banderas blancas, de Polonia y de Colombia, se ondeaban sin cesar aún cuando el Pontífice ni siquiera había pisado suelo caleño.En ese momento, el padre José González, hoy miembro de la Arquidiócesis de Cali, era un joven de 23 años que recién empezaba su carrera como seminarista. Él recuerda como si fuera hoy el momento en que vio por primera vez al “Santo Padre”, como aún lo llama. “Llegó sin mucho protocolo y saludó a todo mundo por encima de las recomendaciones que le hacía su equipo de seguridad y acompañantes. Su español era muy claro y prefirió hablarnos, bendecirnos y bendecir el Seminario antes de descansar”, manifiesta el padre José, con una alegría que ilumina su rostro, según dice, cada que narra la historia de su primer encuentro con el Papa.El primero y más importante, asegura. Porque aunque años después realizó estudios en Roma y tuvo un nuevo contacto con él, “la primera vez que uno lo ve lo deja marcado para toda la vida”.Lo mismo cree el Padre Gustavo Isaza, actual rector del Seminario donde pernoctó el Papa de la Paz durante su estadía en Cali.Dado el significado que tendrá el próximo domingo 1 de mayo para la historia de la Iglesia Católica, y sobre todo para el Seminario Mayor San Pedro Apóstol, el Padre Isaza aprovecha para hacer un recorrido por los pasos que Juan Pablo II dio por las instalaciones del claustro hace 25 años.En aquel entonces, el actual rector era un joven Palmirano que iniciaba su camino por la vida religiosa y, como el padre José González, también pudo atestiguar en carne propia el suceso que hoy se revive.La primera estación de la ruta del Papa está ubicada en uno de los amplios jardines del Seminario. Un frondoso chiminango se convirtió en lugar de visita obligado de cada persona que entra al lugar; este árbol fue sembrado por las manos de Juan Pablo II. “Ahí el Papa demostró el valor que le da a la mano obrera. Él fue un hombre humilde y tuvo que luchar mucho en su juventud, así que dejarnos el recuerdo del árbol es algo maravilloso para nosotros”, manifestó el rector. Luego de mostrar un par de placas que fueron instaladas conmemorando la visita para que el Sumo Pontífice las viera y las bendijera, el Padre Gustavo se dirige hacia el tercer piso del seminario, exactamente, hacia una de las esquinas donde un aviso, junto a una puerta cerrada, dice: “Aquí se hospedó su Santidad Juan Pablo II durante su visita a Cali”.Es un cuarto sencillo, sin mayores lujos, que se mantiene intacto desde que el ilustre visitante lo abandonó para no regresar jamás.Como una pieza de museo, se conservan la cama, las toallas, el reclinatorio en el que el Papa oraba en las mañanas, el clóset donde guardó sus túnicas y el escritorio donde atendió a las más importantes autoridades de la iglesia Vallecaucana.Junto a la habitación, la capilla donde el Papa Viajero rezaba durante horas antes de acostarse. Como a él le gustaba, en completa soledad.“Eso demostraba la vocación de santidad del Papa. Estaba todo el día de viaje, en aviones, helicópteros, dando misas, recorriendo las calles, pero llegaba directo a la capilla a encontrarse con Dios”, dice el padre Isaza.“El Papa cambió mi vida, él merece ser un santo”Otro de los lugares que se hizo famoso en el Seminario por la ‘Santa Visita’ fue la cocina. Pero en este lugar, no es al rector a quien corresponde desempolvar los anales de la historia.Cuando la cocinera y aseadora Aura Ligia escuchó el motor del helicóptero y sintió la vibración de las ventanas producidas por las hélices, supo que el momento de ver al Papa había llegado. Sin embargo, y como todos los días previos al evento, seguía ideando la forma de acercarse a él y pedirle su bendición.De repente, la puerta de la cocina se abrió y quienes estaban adentro quedaron estupefactos. Después de saludar, el papa Juan Pablo II abrió la llave del lavaplatos, se lavó las manos y luego se secó con un paño de limpiar, pese a que en su habitación todo estaba preparado bajo los más exigentes requisitos de asepsia.“Después de eso le pedí a un señor de seguridad que me dejara acercarme a él para pedirle la bendición. Era un hombre increíble, lleno de paz. Mucho más alto que todos nosotros y muy limpio, muy lindo. El Papa cambió mi vida, él merece ser un santo”, asegura hoy Aura Ligia.Sobre sus exigencias gastronómicas, la cocinera las recuerda como “normales, así como usted y yo comemos”. Dice que pidió trucha, atún, habichuelas y otras verduras, pero que no era nada del otro mundo, nada que no se pudiera conseguir.“El día que me enteré de su muerte yo estaba mercando y casi me da algo. Me puse a llorar de una manera desconsolada de la tristeza tan grande que me dio. Pero desde que anunciaron que el 1 de mayo se va a convertir en un santo, mi familia y yo esperamos esa fecha con mucha alegría. Ese día estaremos desde temprano en misa y yo voy a agradecer a Dios por haber tenido la oportunidad de haber conocido a este Santo”, concluyó la cocinera.El Papa calmó una peleaSegún relata uno de los lectores de elpais.com.co, identificado como Péndulo, el Papa incluso intervino en un conflicto que surgió entre los miembros de su guardia personal llegados de Roma, y el personal de seguridad que le fue asignado en Cali.El lector relató su experiencia personal como oficial del Ejército encargado de coordinar la custodia del Seminario donde se alojó Su Santidad, al sur de Cali. "En mi ronda para revisar el descanso del santo padre, su propia seguridad se me interpuso en el camino, a lo que los soldados reaccionaron enfrentándose en una discusión. De un momento a otro, el papa salió de su habitación y en español, tranquilizo los ánimos alterados, se nos acerco y sacando de un bolsillo un rosario me lo regaló, luego se dejo tomar una foto a mi lado. Para mí fue lo máximo. Días después, con pesar, me di cuenta que la foto no salió, el que la tomo, en su nerviosismo, coloco un dedo en el lente. Me quedaron el rosario, sus palabras y bendición. Es mi mejor recuerdo", relató el usuario.La huella que Juan Pablo II dejó en Cali es tan profunda como la que se aprecia en el resto de la humanidad. Hoy las historias que narran estos y otros tantos caleños sobre el paso del santo por Cali resplandecen tanto, como los vitrales de la pequeña capilla donde oró durante horas y horas, como la copa del chiminango que sembró en el suelo de ‘La Sultana del Valle’.Hasta este domingo su muerte era símbolo de tristeza. Pero ahora, los fieles en Cali ya empezaron a llamarlo en sus oraciones San Juan Pablo II.

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