¿Es Cali una 'sucursal del cielo' para los niños venezolanos?

¿Es Cali una 'sucursal del cielo' para los niños venezolanos?

Octubre 01, 2017 - 08:15 a.m. Por:
Yefferson Ospina Bedoya / Reportero de El País
Niños venezolanos en Cali

La mayor parte de los niños venezolanos en Cali no tiene acceso a educación ni a salud.

Jorge Orozco / El País

Shannon Luna nació hace poco más de un mes. El 19 de septiembre pasado, su madre, Sharon, de 26 años, sintió los primeros dolores y corrió junto a su esposo, Juan Carlos, de 28, al hospital San Juan de Dios, centro de Cali. Fue puro instinto. Shannon es venezolana y llegó a Colombia en noviembre del año pasado. Aunque tiene un permiso especial del Gobierno para permanecer en este país, que debe renovar cada tres meses, es básicamente una migrante ilegal. No sabía si sería atendida. No podía arriesgarse a un parto en su casa: antes de Shannon había perdido un bebé y durante este embarazo había tenido varias amenazas de aborto.

Así que fue puro instinto. Llegó al hospital. Los dolores eran cada vez más fuertes. La atendieron, al día siguiente nació Shannon Luna y, antes de que pudiera salir de la clínica, le dijeron a Juan Carlos que la cuenta era de unos cuatro millones de pesos. Él llegó a Cali hace un año. Ahora mismo trabaja preparando comidas rápidas en cercanías de la Galería de Santa Elena. Cuatro millones era – es – demasiado dinero. Juan Carlos también tiene el ‘Permiso especial de permanencia’ que le entregó el Gobierno cuando llegó a Colombia, hace un año. Les pidió a las enfermeras que le permitieran hablar con el gerente del hospital. Lo hizo. El gerente lo oyó. No sabe muy bien qué sucedió. Al final pagó unos $50.000 y pudo salir con Shannon Luna, su tercera hija, y su esposa, para el apartamento en donde vive en el barrio El Jardín.

Es allí, al lado de Martín, de 6, y de Mateo, de 3, los otros dos hijos de la pareja, donde hablamos. El apartamento son dos cuartos, una sala sin muebles que es a la vez un comedor sin mesa, una cocina sin nevera y un baño. Son las 11:00 de la mañana. Mateo juega con un pequeño carro mientras la madre de  Juan Carlos, que llegó hace un mes de Venezuela, dobla la ropa de la pequeña Shannon. Sharon, entonces, me cuenta. Martín va a un colegio público cercano. Mateo aún no puede porque no ha encontrado cupo. Ambos, como todos en la familia, están de modo ilegal en Cali. A pesar de eso pueden ir al colegio porque el Gobierno colombiano permite desde 2016 que todos los niños venezolanos lo hagan.

Para Sharon y para Juan Carlos aquello es un alivio. Les preocupa otra cosa: Shannon Luna. Aunque haya nacido en Colombia no es colombiana. No. Nuestra Constitución dice que para serlo debería tener al menos un padre colombiano. Por ahora tampoco es venezolana. Básicamente no tiene patria.

Debe ser bastante extraño. No es algo que la gente se pregunte. La nacionalidad parece que está ahí, siempre, como una extensión del hecho de existir. Shannon Luna, sin embargo, no pertenece a ninguna patria. No aparece en las estadísticas, en los registros. Técnicamente, burocráticamente, es como si no existiera. Sin embargo, empieza a llorar bajito, a despertarse. “Es que a esta hora siempre toma el tetero”, dice Sharon, su madre.

El problema - uno de las decenas de problemas – es que hay muy poca información. Migración Colombia sabe que entre 2012 y agosto de 2017 ingresaron a Colombia 1.939.602 venezolanos y salieron 1.733.604. Es decir, tendrían que haber más de 200.000 aún en el país. A Cali, dice Migración, durante ese mismo período entraron 10.836 personas, de las cuales 852 serían menores de edad. Pero estas estadísticas solo permiten conocer el número de venezolanos que han ingresado legalmente a Colombia y a Cali. De los otros, de los ilegales como Sharon, su esposo, su suegra, sus dos hijos, un amigo que vive en su apartamento, se desconoce el número. Tampoco se sabe muy bien cuántos salen de modo ilegal hacia países como Ecuador o Perú o Chile, hacia el sur de América del Sur.

Las estadísticas, además, pueden variar de oficina en oficina. La Gobernación del Valle dice que entre Cali y Palmira hay alrededor de 4000 venezolanos, una cifra que obtuvieron en las votaciones de julio por el plebiscito venezolano, en donde 3600 votaron en Cali y 400 en Palmira. Por supuesto, no todos lo venezolanos en Cali votaron, y tampoco lo hicieron los niños.

La Secretaría de Educación registra 178 niños venezolanos o colombovenezolanos en colegios de la ciudad. Si suponemos que la cifra de Migración Colombia de menores de edad en Cali es correcta, entonces esos 178 son casi una quinta parte del total de niños venezolanos que han llegado a este municipio.

La Secretaría de Salud, por su parte, no tiene registros de chicos venezolanos que hagan parte de algún sistema de seguridad social. Se desconoce todo de ellos: ¿tienen problemas de salud? ¿De alimentación? ¿Cuáles son sus necesidades? Eso se desconoce.

Mateo, uno de los hijos de Sharon y Juan, nació en medio de la crisis venezolana. Su madre trabajaba en un restaurante y su padre era guarda de seguridad. En 2014, cuando nació Mateo, la economía venezolana ya estaba en un abismo: la leche y los pañales y el arroz y la carne y la ropa podían conseguirse luego de largas filas o compradas a contrabandistas a precios que podían triplicar el del mercado. Sharon y Juan intentaron resistir. Dos años después era imposible: no siempre podían comer tres veces al día, no podía conseguirse ropa para los niños y la escuela estaba a punto de cerrar. “Y la delincuencia estaba disparada, te podían robar en cualquier parte y, además, ya no tenía trabajo. Entonces decidí venirme”.
Juan Carlos tenía una amiga caleña que había vivido en Venezuela. La contactó, le ayudó a viajar a Cali. Empezó a trabajar en un restaurante de comidas rápidas. Dos meses después viajó Sharon, su esposa, y Mateo, de 3 años, y Martín, de 6, se quedaron con sus abuelos. Ocho meses después la abuela materna decidió viajar con los chicos: tomaron un bus hasta Cúcuta, otro hasta Bogotá y uno más hasta Cali. Mientras ascendían por el Alto de la Línea Martín vio que al respirar exhalaba vapor. No podía creerlo. “Me dijo que este país era muy lindo”, dice la abuela.

Mientras intenta armar un rompecabezas de Spider Man le pregunto a Martín si quiere regresar a Venezuela. Dice que no, que aquí le parece todo muy bonito. Mateo dice lo mismo, dice que aquí está mejor con sus papás. Mateo no sabe que es un migrante ilegal. No sabe que los permisos que tienen sus papás durarán por dos años y, para entonces, podrían ser deportados, a menos que puedan legalizarse en el país. Tampoco sabe que su papá, que trabaja en comidas rápidas, busca con cierta urgencia otro trabajo. Mateo ignora también que toda su vida, sus tres años, la ha vivido en medio de crisis, en medio de la carencia de cualquier certeza.

- ¿Ustedes son chavistas? - le pregunto a Sharon.
Me dice que no, que ella no votó por Maduro.
- ¿Piensan regresar?
- Uno extraña su tierra y la familia que queda allá. Pero yo no creo que las cosas mejoren en poco tiempo. Por ahora lo que más me preocupa es que a mi hija le den nacionalidad y que mis hijos no tengan problemas de salud. Ojalá mi esposo encuentre un mejor trabajo, pero al menos con el que tiene estamos sobreviviendo.

La mujer atiende un carro de venta de arepas frente a La Ermita. Alrededor de ella tres chicos delgados de menos de 9 años juegan, corren, gritan; un adolescente de 14 años le ayuda a atender a los clientes. Se llama Dayana, 30 años, 4 hijos. Hace tres meses llegó a Cali desde Charallave, a menos de una hora de Caracas. Estaba harta, dice. Trabajaba como comerciante: compraba frutas en zonas rurales y las vendía en Caracas. A partir de 2012 las frutas empezaron a encarecerse, luego a escasear. Después, en 2015, el gobierno de Nicolás Maduro ilegalizó la venta, así que ella se quedó sin trabajo. Ese mismo año la escasez de alimentos elevó su precio a más de cinco veces el valor normal. El gobierno empezó a vender las ‘Claps’, unas cajas con harina, pasta, arroz, aceite y otros alimentos que cuestan alrededor de 15.000 bolívares. Las ‘Claps’ se venden mensualmente, pero en una familia de tres personas se agotan en una semana.

Dayana, entonces, empezó a hacer lo que todavía hace: improvisar. Como muchas de las escuelas venezolanas han empezado a cerrar, sus hijos no asistían a clase. De modo que, para que la comida no se agotara tan rápidamente, preparaba el desayuno a las 11:00 a.m., arepas y un poco de café. Luego, como a las 4:00 p.m., almorzaban, y esperaban las 11:00 a.m. del día siguiente. Sin embargo, incluso de ese modo, la comida no alcanzaba. Dayana siguió improvisando: se enteró de que si licuaba algunas sardinas con cebolla y tomate y sal, podría obtener una especie de carne molida más duradera.

Luego, también, vio cómo otros venezolanos asaban los plátanos maduros, les retiraban la cáscara y la picaban en pequeños cuadros a los que añadían sal. “Se veía como carne desmechada”, dice.

Luego se hartó. Tiene un amigo en su Facebook que vive en Cali. Lo contactó. Él le dijo que hiciera lo posible por llegar a la ciudad y aquí él la ayudaría. Dejó a sus tres hijos pequeños al cuidado del de 14 años y tomó un bus hasta Maicao, en la frontera norte con Colombia, con unos 250.000 bolívares en el bolsillo. Su hijo Erick, el de 14, le había empacado un poco de pasta y arroz para que no gastara dinero en comida. Cuando llegó a Maicao, con unos cinco mil bolívares, hizo el cambio a pesos colombianos. Le dieron mil pesos. Los usó para entrar al baño. Luego, en la terminal de transporte, se sentó a llorar.

En Maicao otra venezolana la vio, la invitó a almorzar, le pagó un tiquete de bus hasta Honda, Tolima. Allí se separaron. Ella no supo qué hacer. Buscó al gerente de una de las compañías de buses en la terminal. Le contó, llorando de nuevo, que venía de Venezuela y que sus cuatro hijos estaban en Caracas esperando porque ella pueda encontrar un trabajo. Él la envió en un bus a Bogotá. Allí hizo lo mismo y otro gerente de otra compañía le regaló el tiquete hasta esta ciudad.

El primer día no lo podía creer. Fue con su amigo a una panadería y con $2000 compró lo que en Venezuela compraría después de trabajar toda una semana. Luego, cuando visitó un supermercado quiso llorar. Sabía que mientras en casa de su amigo comía, sus hijos seguían desayunando a las 11:00 a.m., y almorzando a las 4:00 p.m. Empezó a trabajar en un restaurante durante el día y vendía arepas en la noche para enviar dinero a los chicos y ahorrar para traerlos. Hace un mes que ellos están aquí, junto a su cuñada y su hija.

Dayana, sin embargo, sigue improvisando.

Los chicos son Alan Gabriel, de 5; Jade, de 6; Alfredo de 7 y Érick, de 14. Junto a ellos, en una pequeña casa del barrio Montebello está Elizabeth, de 23 años, cuñada de Dayana, con su hijo, Adonis, de 5. Hace dos semanas que viven allí, que duermen en colchones que alguien les regaló, que cocinan en una estufa que alguien les regaló, que los niños visten ropa que alguien les regaló. Dayana no quiere sonar lastimera, solo le sorprende que la gente se porte de ese modo con ellos. “Desde que llegué a Cali nunca he pasado hambre, y mis hijos tampoco”, dice. Todos han podido resolver, en esta ciudad, la que es quizá la más elemental y brutal de las necesidades: comer. Elizabeth, por ejemplo, lo primero que hizo al llegar a Cali fue prepararse una pasta con tocino.

Mientras el fotógrafo y yo hablamos con ellos, Érick sale y compra una gaseosa para ofrecernos. “En Venezuela no habían gaseosas y si se conseguía, para comprar una mi mamá debía gastarse la plata de un día de trabajo”. Ahora pueden darse ese ‘lujo’: comprar una para ofrecer a unos extraños.

Hay, sin embargo, otras necesidades que no han resuelto. Todos los chicos tienen unas pequeñas llagas en la piel con las que llegaron de Venezuela. Dayana me explica que se debe a la impureza del agua de la ciudad en que vivía. No solo son ellos: todos las personas que ella conoce en Charallave las tienen. “Es el agua sucia, que se junta con el hambre y entonces la gente se enferma de esas costras”. Las de Érick ya curaron. Alfredo todavía conserva algunas. En una droguería del centro les vendieron una crema y les dijeron que debían ir al médico.

Salvo que no pueden hacerlo, a menos que lo hagan en una consulta particular que podría costar $50.000 o más. Ni Dayana ni Elizabeth pueden, por ahora, hacer eso. Dayana gana entre $30.000 y $35.000 diarios. Elizabeth trabaja como mesera los fines de semana y gana $28.000 en cada turno. Por ahora no pueden darse ese otro exceso de acudir al médico.

Dayana no sabe cuánto pesan sus hijos, pero sospecha que tienen problemas de desnutrición. Están delgados, la piel y el cabello opacos. Lo importante, por ahora, es que desayunan temprano, almuerzan al mediodía, comen en la noche y pueden comer algo, un dulce, un chicle, un yogurt, en el intermedio.

-¿Usted es chavista? - pregunto a Dayana.
-No, para nada- Yo nunca voté por Chávez ni por Maduro.
-Y la situación, ¿sí es tan grave como aparece en la televisión? Dayana y Elizabeth ríen antes de contestar.
-Es mucho más grave - responden en un coro mal sincronizado. Dayana me explica que su madre tenía una panadería en Charallave y debió cerrarla por la falta de insumos. Ella, después de trabajar durante 15 años, pudo comprarse una casa. Ahora mismo la casa está abandonada y hay quien se ha ofrecido a comprarla. Le darían un millón de bolívares por ella. Si la vende y cambia ese dinero por pesos en Cali, tendría $150.000. “Por ahora no he pensado en venderla, me ha costado mucho”.
-¿Piensa regresar a Venezuela?
-No. Es que allá estamos muy mal. A mí me gusta Cali. En Venezuela para alcanzar el desarrollo que ustedes tienen aquí tendrían que bajar a Maduro y que pasar muchos años – responde. Por un momento dudo de si, en realidad, se refiere a Cali.

Como ellos son muchos. Dave tiene 40 años, era bombero y paramédico profesional en Maracaibo. Ahora vende dulces en el Bulevar del Río para enviarle a su esposa y a su hijo. Abner García es técnico informático. Lava carros y espera ahorrar lo suficiente para traer a su esposa y a su hijo. El día que fue a un supermercado, me cuenta, no pudo contener las lágrimas.

Todos coinciden en decir que les gusta Cali, que la gente es amable y, cuando menos, han podido resolver eso, lo elemental, comer. Dayana, al igual que Sharon y su esposo y Elizabeth, dicen que les gustaría que sus hijos al menos tuvieran acceso a un sistema de salud. Como quiera que sea, dicen estar agradecidos. El futuro, claro, les inquieta. Pero, dice Dayana, al menos el presente está resuelto. Por ahora nada de desayunar a las 11:00 a.m., y almorzar a las 4:00 p.m.

Niños venezolanos en Cali

Sharon hace parte de los cientos de venezolanos que han llegado a Colombia en las últimas semanas, con el endurecimiento de la crisis social, económica y política de su país de origen.

Redacción de El País

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