20 años del 'Gato de Tejada': esta es su historia secreta

Julio 10, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Paola Guevara | editora de VE.
20 años del 'Gato de Tejada': esta es su historia secreta

Todos quieren una foto con el felino de gran tamaño, pero pocos conocen la historia que esconde tras 3 toneladas y media de peso.

Buhos, mariposas, colibríes, serpientes. Iguanas, peces, leopardos y rinocerontes. Micos, grillos, insectos y hasta dinosaurios. Mucho le gustaban al maestro Hernando Tejada los animales, y de ellos está repleta su obra.

Entonces, ¿por qué un gato? ¿Por qué se obsesionó por regalarle a Cali -como símbolo de su paso por este mundo y de su amor por la ciudad- un gato, un enorme felino, un maullador superlativo de 3,30 metros de alto y 3,5 toneladas de peso?

Con esa pregunta en mente partí al encuentro de  amigos de Tejada, ‘Tejadita’ o ‘Teja’, como lo llaman con cariño. Y me enteré de  las extrañas similitudes entre el comportamiento gastronómico, místico y socio-sexual del maestro  y los gatos.

Empecemos por lo sexual, que sería por donde quizá comenzaría el mismo Tejada, consuetudinario seductor de mujeres altísimas  y quien compensaba su baja estatura y su escasa capacidad para llevar el ritmo en la pista  con una forma felina de acomodar la cabeza en el pecho  de su pareja de baile.

Dicen que el maestro Tejada -que adoraba a las mujeres y  era adorado por ellas-  estuvo una sola  vez cerca del matrimonio, siendo muy joven, pero huyó veloz con el lomo erizado. 

En cambio, amantes tuvo muchas, muchísimas, “casi siempre clandestinas” como las novias del gato,  confiesa su amiga la pintora María Thereza Negreiros, que tras décadas de la más entrañable amistad no llegó a conocer a ninguna de sus “brujitas”, como  llamaba el maestro a sus compañeras  de la noche para diferenciarlas de sus “ángeles”, que eran sus amigas del alma.  

Entre sus  confidentes circulan anécdotas tan divertidas como la vez que ‘Teja’ llegó a  un almuerzo todo rasguñado,  como el Ecce Hommo. Lo habían aruñado  desde la calva hasta la cintura  y tuvieron que hacerle curaciones con mertiolate rojo. A la “brujita” que causaba tales efectos la  bautizaron con gracia “La Pantera Rosa”. 

“Tanto su vida como su obra estaban llenas de realismo mágico. Lo fue mucho antes del auge de  García Márquez.  Tejada fue  único como persona y como artista”,  recuerda con admiración la maestra Negreiros, con quien el maestro almorzaba farofa brasilera todos  los domingos.

El maestro ‘Teja’, como los gatos, evitaba a toda costa ser domesticado y poseído. Por eso, sin ataduras pero con gran apetito, cada día de la semana este sibarita se aparecía en la casa de un amigo distinto  a la hora del almuerzo. Anfitriones tenía muchos y muy fieles, así que las buenas viandas y el buen vino no le faltaron nunca.    

Con frecuencia almorzaba en la casa de su gran amiga Soffy Arboleda, historiadora de arte y consagrada gourmet, quien recuerda que alimentaba a ‘Teja’ sin pedir más a cambio que escuchar sus historias increíbles y disfrutar su sentido del humor, a menudo picante pero jamás ofensivo. 

Como el gato, animal nocturno y erótico por naturaleza, el maestro Tejada era uno en las mañanas (concentrado, trabajador) y otro distinto a partir de las 5:00 p.m., cuando la brisa de las tardes caleñas lo llamaba a la conquista amorosa de sus “brujitas”.

No tuvo hijos. Y dijo nunca haber tenido reclamos de paternidad. Cuentan que un día Tejada sacó a bailar a una mujer grandota, como le gustaban a él, y ella respondió que no bailaba con chiquitines. A lo que el maestro, siempre con un apunte  genial  en la punta de la lengua, respondió: “Seré bajito pero desproporcionado”. También se le oyó decir que no era bípedo ni cuadrúpedo, sino “un trípode”.

Sin credo político ni religioso, lo realmente sagrado para Tejada era el amor. Prueba de ello es que, cuando se inauguró el Gato del Río, andaba con trapo y betún en mano para borrar los  mensajes que garabateaba  la gente en el lomo y las patas de su escultura. Hasta que un día encontró un mensaje que decía: “Este gato fue testigo de cómo hice el amor con mi novia”.

[[nid:554563;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/07/ep001148045.jpg;left;{Oswaldo Paez | El País.}]]

Cuenta su  amigo Luis Guillermo Restrepo que el maestro se sintió tan feliz y realizado al saber que su gato había inspirado y a la vez testimoniado la consumación carnal entre  dos amantes al aire libre, que desde ese instante   abandonó la obsesión por ocultar los rayones de la escultura.

De su carácter profano y librepensador hay varias anécdotas, pero ninguna como la de Soffy Arboleda, quien le encargó al maestro una mesa con cuatro patas, cada una de las cuales debía representar a un evangelista. 

El maestro Tejada, a pesar de ser un hombre cultísimo, dijo desconocer por completo los asuntos bíblicos y no tenía ni idea de quiénes eran “los tales evangelistas”. 

Soffy tuvo que explicarle con paciencia que a Marcos lo representaba el león; a Lucas, el buey; a Juan, el águila y a San Mateo, el ángel.

El maestro tomó atenta nota pero cuando llegó el turno de tallar en madera la figura de Mateo, le pareció terrible darle un ángel masculino por compañero y en cambio le regaló al evangelista una “ángela” morena y seductora que vuela sobre su hombro. 

El desinterés de Tejada por los temas bíblicos no es casualidad, recordemos que de los centenares de animales mencionados en la Biblia el único que no aparece registrado es el gato. 

Vanidoso, no le gustaba que compararan su físico con el de Gabriel García Márquez, a quien consideraba genial pero  poco agraciado, y tampoco aceptaba hablar de su edad. Como el gato, tenía largos bigotes y, de hecho, sus sobrinos le llamaban “tío bigotes”.

   Tanto le gustaban los gatos que los pintó y esculpió en todas las formas, tamaños y situaciones a lo largo de los años. Dormidos, despiertos, agazapados, a punto de dar un salto, acostados sobre jaulas y espejos, o reposando sobre sábanas en compañía de una bella mujer  desnuda.

  Los suyos no eran gatos huraños y escurridizos  sino  sociables, amigos de los pájaros, de las mariposas y los insectos. Y también hizo gatas, estilizadas, juguetonas y hasta embarazadas.

Dicen sus amigos que Tejada no creía en el más allá y temía a la muerte, tanto que le habría gustado tener las siete vidas del gato. Cuenta Negreiros que si el maestro veía un anciano enfermo en la calle se tapaba los ojos con la mano y aceleraba el paso para no recordar que la vida se acaba, que la salud se extingue, que el corazón se detiene. El suyo lo hizo en 1998. 

  Pero el que está más vivo que nunca es su Gato del Río, visita obligada para propios y ajenos, y el felino más fotografíado de Colombia en sus escasos 20 años de existencia.

  Tejada quiso ubicar la escultura  en el punto intermedio entre su casa (en el barrio El Peñón) y su taller artístico (en el barrio Normandía), trayecto que recorría a diario para escuchar el rumor del Río Cali. Por que el de Tejada es un gato al que sí le gusta el agua.

Allí lo encontrarán siempre sonriente, libre, de buen humor, sentado y con los ojos bien abiertos, de espaldas al Cristo Rey pero abierto a recibir los piropos femeninos, la visita de los recién casados, el abrazo de los niños  y los disparos de todos los flashes. Tejada es el Gato. Y el Gato es de todos.   

 

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