Actualizado en 2008-07-31 11:25:18 / Por Olga Lucía Criollo
Hace cinco años, nueve meses y once días, Carlos Alberto Cendales le dio una lección de valentía y patriotismo al país. Él fue el intendente de Policía que murió degollado porque se dio cuenta de que quienes se estaban llevando a los diputados del Valle eran guerrilleros. Él es quien aparece en la dolorosa imagen que sale en los noticieros de televisión cada que surge una noticia relacionada con la forma en que se produjo el secuestro de los asambleístas.

Una imagen que, para fortuna de su familia, cada vez sale menos, porque cada vez el país se acuerda menos de que once compatriotas fueron asesinados cuando las Farc los mantenían en cautiverio y que de Sigifredo López, supuestamente el único sobreviviente de aquella masacre, no se ha vuelto a saber nada desde aquel fatídico 23 de junio, cuando un eco de muerte llegó desde la selva para quedarse para siempre en once hogares de nuestra región.
Todo lo cual reafirma la frágil memoria que tenemos los colombianos y, en el caso de los asambleístas, especialmente los vallecaucanos. Nosotros deberíamos asumir la bandera de mantener vivo el recuerdo de esa tragedia, no para regodearnos en el dolor, sino para asegurarnos de que las Farc nunca más vuelvan a hacer algo tan abominable. No porque ellas recapaciten sobre el valor de la vida o se den cuenta de los réditos que perdieron a nivel internacional por tamaña brutalidad, sino porque nosotros, los colombianos de carne y hueso, no se los vamos a volver a permitir.
Pero eso no va a ser posible mientras actos tan heroicos como el de Carlos Alberto Cendales pasen tan rápidamente al anonimato. Y mientras acciones tan atroces como el asesinato de los diputados terminen siendo sólo un capítulo más en la cruenta guerra que vive el país. Tanto quien intentó defenderlos como casi todos los asambleístas plagiados están muertos. Y la verdad es en buena parte eso sucedió porque sus coterráneos no hicimos lo suficiente para que nos los devolvieran vivos, libres y en paz. Por eso ahora, además de que sigamos rodeando a sus familias, lo mínimo que ellos merecen es que Colombia y el Valle del Cauca hagan más en su memoria.
Y la mejor forma es exigiendo que más compatriotas no tengan ese triste final. Ni aquellos que por su condición política o económica se vuelven ‘objetivos’ de los grupos armados ilegales ni quienes cada día ponen en riesgo sus vidas por cuidar los 44 millones de almas que habitamos este país. Éstos últimos, tristemente representados en los 13 soldados y 20 policías que llevan años pudriéndose en la selva, con la ridícula disculpa de que son “enemigos de guerra”, deben ser suficientes para que la Nación entera se movilice y les grite a las Farc, pero también al ELN, a los paramilitares, a los narcotraficantes y a la delincuencia común –como si todos los grupos anteriormente mencionados no fueran unos vulgares delincuentes- que tienen que liberar hasta e último colombiano que esté ilegalmente alejado de sus seres queridos. La marcha anunciada para el próximo 4 de febrero será una muy buena oportunidad para hacerlo, si se le da el valor real que tiene y si no se desvía su objetivo. De eso, les hablaré la próxima vez...