Actualizado en 2007-11-09 17:22:01 / Por José María Baldoví

Están estrenando cubiertos, vajilla y mantel y claman por un sacrificio propiciatorio. Hay sed de degollina purificadora. Las hogueras se encienden de nuevo y andan buscando corderos para las redivivas llamas inquisitoriales. No más negros, no más sudacas, no más chinos, no más polacos, no más que españoles de raza, ley y cara al sol.
Mientras el jefe del estado recorre como arrogante Pedro por su casa, las calles subnormales, rotas, deprimidas y malolientes de Ceuta y Melilla, tan olvidados como despreciados enclaves de España en Marruecos, y que hacen parte “orgánica” de la nación peninsular desde que la primera se incorporó a la ahora emergente potencia mediante plebiscito, y la segunda fue capturada por el Comendador de la Casa Ducal de Medina Sidonia, don Pedro Estopiñán y Virués en 1497, los gamberros rapados, neo franquistas y de botas militares transitan a su aire y alentados por la furia xenófoba por las avenidas de Madrid con bate en mano en busca de presas fáciles y miserables.
Ambas manifestaciones de poderío son el tránsito regio por las posesiones transmediterráneas y la fanática amenaza anti sudaca: la una de contenido simbólico, político y colonial, la otra revestida de la supremacía del hispánico puro y duro frente al inmigrante trasatlántico.
Qué fracturada, confundida, racista, glotona, drogada, imbécil, desagradecida y violenta se ha convertido esta España europea.
Mestiza, múltiple y cerrera, como antes, como siempre y ahora más crispada, vulgar y soberbia que nunca.
Una España democrática, libre, ubérrima que bajo el gobierno de un paniaguado socialista Rodríguez Zapatero de nuevo saluda con el brazo en alto. Esta vez sin el pavor del bolillo de los maderos, esos displicentes y gritones miembros de la benemérita Guardia Civil que se creen la mama de Dios.
Esta vez la víctima de los salvajes ibéricos fue Jaime Saa Rodríguez, de 56 años, quien resultó atacado por una pandilla de alegres jóvenes durante la madrugada del domingo cuando el colombiano regresaba a su casa con su esposa.
“Cuando salimos de una fiesta ahí estaban ellos en un carro gritando ‘¡Viva España!’”, relató acobardado el vallecaucano.
“Se bajaron, cuando vi que me iban a golpear me protegí la cara y grité: mija, me van a matar”.
Y los cochinos chavales continuaban chillando ‘¡Viva España!’, ‘¡Viva España!’, ‘¡Viva España!’ cada vez que le rompían un hueso al colombiano y le encajaban una patada en el estómago, en la espalda, en la clavícula, en el rostro, en el cuello.
Lo mismo dirían a voces, pero en la intimidad de sus casas, los españoles detrás de sus televisores al ver el regio cortejo de sus graciosas majestades durante su serenísima visita a los últimos recuerdos, a las postreras ruinas, a los deprimentes restos de un imperio colapsado para la historia, pero más vivo que nunca en las mentes y en los corazones rencorosos y hambrientos de oropeles majestuosos de los recientes y majos ciudadanos comunitarios.
Jamás se había acordado el Rey de posar sus espléndidas plantas en tan moreno y negruzco suelo norafricano.
Ahora lo hace para distraer la atención, para clamar por la unidad de la santa, única y cojonuda España, para levantar una oportuna cortina de humo frente a la desbocada corrupción, la incapaz justicia y la descuadernada política interna del reino católico.
¡Qué el mundo se entere de una buena vez de qué va España!, seguramente se dicen en corrillos, pasillos, plazas y socavones los españoles que ahora se muestran como son. Ya lo había dicho Franco en alguna ocasión de su dictadura: “no es fácil gobernar a 20 millones de reyes.”
A pesar de las lesiones sufridas por Saa Rodríguez, que no trabaja hace cinco meses por una hernia discal, los paramédicos llamados por su familia dijeron que no necesitaba atención, que no era para tanto joder, y se marcharon.
Luego, en un hospital, le enyesaron el brazo izquierdo.
De manera que el comportamiento criminal de los rapados españoles no es un asunto aislado, esporádico ni menor. Es un comportamiento premeditado y compartido por varios sectores de la fastuosa sociedad hispánica.
Como para enmarcar también en el muro de la infamia la ominosa omisión de las autoridades barcelonesas con relación al matón que arremetió contra la ecuatoriana.
El gravísimo tema ya ha quedado bien enterrado y olvidado por los medios españoles que ahora denigran de las cortes de su país por no haber condenado como tocaba a los autores de los atentados terroristas de aquél 11 de marzo de 2004.
Si ni siquiera para los españoles mismos opera la justicia, ¿qué esperanzas le puede caber a un sudaca que vive como puede y calla todo para no llamar la atención y cumplir con el pan para su familia?
Pero no sólo los españoles puros consideran de tercera a los sudacas inmigrantes y a los negritos de Ceuta y Melilla, emblemas de “la unidad y permanencia de todo el territorio español” como escribió un catedrático de Derecho Público en un artículo para el monárquico diario ABC.
También los habitantes de las islas canarias son vistos por sus compatriotas continentales como sudacas y africanos. Una hija de canarios nacida en Venezuela me cuenta que al trasladarse con los suyos a Madrid, la hostigan doblemente por su ancestro y por venir de Sudamérica.
Henchidos se muestran ahora los españoles de sangre limpia (sangre fenicia, goda, romana, árabe) porque ya queman la bandera española como aquí cuando queman banderas de Estados Unidos.
En medio de su nostálgico delirio imperial se codean en las tascas los Pacos, Migues, Santis, Pascuales y Manolos para celebrar a carcajadas el odio que despiertan allende los Pirineos y al otro lado de los mares.
A Jaime Saa los facinerosos le iban a pasar el carro por encima. Pero su señora pidió socorro y se volaron. Como buenos cobardes que atacan y retroceden en manada.
En febrero, los retrofranquistas, que se autoproclaman defensores universales de los obreros, ya habían dejado tetrapléjico a un congoleño y a un menor peruano que denunció hace una semana que los famosos maderos lo había maltratado e insultado.
“Ya no podré salir con tranquilidad”, ha dicho Jaime Saa. Es decir, los nazis capullos indóciles están logrando su cometido: aterrorizar a los inmigrantes, hacer que se arrepientan de haber llegado a la generosa y espartana España, y deshumanizar al otro, al diferente, al desconocido, al pobre, al enfermo, al anciano, al negro, al asiático, al tartamudo, al lento, al genio y a la estrecha.
A mi blog llegan mensajes de españoles que dicen que así no son ellos, que allá la mayoría trabaja, pagan sus impuestos, se maneja bien y no se meten con el vecino. Ahhhh, y que nos dan de comer a los latinoamericanos porque su banca, sus industrias y empresas vienen a quebrarse aquí.
En la Alemania de los años 30 sucedía lo mismo. Y algunos desadaptados, apenas un puñado de camisas negras y pardas correteaban y apaleaban a los zánganos y usureros judíos. Y otros insignificantes bandoleros se desahogaban masacrando gitanos. Luego unos cuantos radicales germanos sin importancia empezaron a destrozar los locales en donde se tocaba jazz y otras músicas negras. Tampoco les caían muy bien los homosexuales y había que emprenderla contra ellos. Y se acordaron de los incómodos e insatisfechos intelectuales, que mucho menos compaginaban en el Reich de los mil años. Fuera de eso estaban los peligrosos comunistas. También tuvieron su merecido porque no dejaban progresar a la iluminada Alemania hacia su destino manifiesto.
Limpieza étnica y cultural parece que claman ahora, como ayer en la Sacra Germania hitleriana, en la remozada y exacerbada España. Una mesa del Rey Salomón no apta para los pobres diablos de esta orilla del mundo que no fueron a pedir limosna.
De la falta de personalidad y carácter de la cancillería colombiana no hablo.
Los inmostrables gobiernos que en Colombia han sido jamás han defendido a los connacionales decentes en el exterior.
Pero eso sí: que con los dólares y euros que se ganan nuestros exiliados políticos y económicos en Estados Unidos y Europa que compren casitas y apartamenticos en Colombia. Que abran aquí cuenticas de ahorro. Qué se endeuden adquiriendo terrenitos en zonas rojas. Que le sigan dando de mamar al Estado y al sistema que les hizo la vida imposible hasta expulsarlos de su país.
Así es la patria de Santander y de los finqueros de ahora.
Digna y vertical, en cambio, fue la postura monolítica del gobierno de Quito cuando hace quince días una ecuatoriana fue agredida por el hampón barcelonés, que hoy se muere de la risa porque las autoridades aplaudieron su conducta al dejarlo en libertad condicional.
Ya lo dije la vez pasada y lo repito: lo que se le viene a España, por culpa de su sorda, ciega, muda y tarada justicia, es un trágico choque entre los neo franquistas de bate bajo el brazo y los sudacas mil veces resentidos. La ferocidad ibérica está de vuelta y probablemente los españolitos se ahoguen en su mala leche.
Y nada de que son casos aislados, raros, invisibles, extraordinarios, mínimos, como vienen pregonando algunos medios en Colombia, desconociendo la magnitud del problema xenófobo.
Al contrario, la violencia contra los inmigrantes tiende a convertirse en una conducta social que el día menos pensado se presentará como una saludable y quirúrgica política de partido y más tarde de Estado.
Que nos digan a los sudacas de una buena vez que no nos reciben más en su paraíso terrenal y santas pascuas. Y a otra cosa. Pero que por lo menos reconozcan de La Moncloa y El Pardo para abajo que su paraíso es un poco o mucho mejor gracias al sudor de los sudacas.
Otro Luís Buñuel es lo que le hace falta a esta España malcriada, cachonda y matona.
Allá ellos con su caldera del diablo. Y ¡Arriba España!, como decía el Caudillo.